MARCHITARSE EN LA HABANA

MARCHITARSE EN LA HABANA

Cuando visitó La Habana en medio del fervor revolucionario de aquel verano de 1962, Maurice Halperin quedó soprendido con su desarrollo. Halperin, entonces un profesor norteamericano perseguido por el macartismo, acababa de pasar una temporada en la Unión Soviética. Para Halperin, La Habana era una capital cosmopolita de estatura internacional. La Unión Soviética, por el contrario, le pareció en muchos aspectos un país del Tercer Mundo. Algunas autoridades soviéticas, como Anastas Mikoyan, también se sorprendieron al descubrir los esplendores de un paraíso tropical, cuya revolución era un fenómeno no previsto por Marx . Según Halperin, sin embargo, sólo más tarde se haría claro que ese naciente socialismo seguía apenas gozando de la grasa acumulada previamente por el capitalismo cubano.

05 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Más de dos décadas después de su visita a Cuba, que se extendió hasta 1968, Halperin decidió regresar a La Habana. Las impresiones de su último viaje, realizado un poco antes de la caída del muro de Berlín, acaban de ser publicadas en un libro que mezcla el relato del viajero octogenario que recoge sus pasos con el riguroso análisis de quien es también un profundo conocedor de la realidad cubana (Retur to Havana, Vanderbilt University Press, 1994). Durante sus seis años de estadía en Cuba, Halperin trabajó como asesor del Ministerio de Comercio Exterior. Y, tras su retiro, escribió dos libros sobre el régimen castrista que, al lado de trabajos como los de K.S. Karol, Theodore Draper, Hugh Thomas y Tad Szulc, forman parte de cualquier bibliografía básica para el estudio del proceso de la revolución.

Como geógrafo y estudioso del desarrollo urbano, Halperin dedica especial atención a las condiciones de deterioro de La Habana, donde encontró pocas construcciones nuevas desde su estadía en la década de 1960. Algunas de sus anotaciones, como la del lamentable abandono del Hotel Habana Libre y la de la falta de una campaña contra los fumadores, pueden parecer triviales. Pero su análisis de la economía y de la sociedad cubanas contiene valiosas observaciones. El racionamiento es un símbolo del fracaso histórico de la revolución. Como lo es, sin dudas, la continua dependencia del azúcar.

Halperin enfatiza cómo los esfuerzos del Estado cubano en favor de la producción azucarera se hicieron a costa de otros sectores de la agricultura. En 1960, por ejemplo, Cuba logró una cosecha récord de arroz que prometía la autosuficiencia en este artículo. Cinco años más tarde, el cultivo de arroz había disminuido drásticamente. La famosa campaña por conquistar la meta de 10 millones de toneladas de azúcar en 1970 dejó al país en ruinas. Una revolución que se hizo, entre otras, para liberar a la isla de la dependencia azucarera, vive hoy más que nunca de este cultivo. Con una diferencia: en la década de 1950 los ingresos azucareros alcanzaban por lo menos para comprar más y mejores artículos importados.

Nada de esto es tal vez novedoso. Pero las observaciones de Halperin son oportunas para apreciar que la crisis cubana, lejos de ser la culpa exclusiva de los Estados Unidos, se origina en los mismos errores y fracasos de la revolución castrista, en los engaños de la economía central planificada. Y en Cuba estos errores tienen autoría indiscutible: Fidel Castro. Por ello Halperin sugiere repensar la figura de Castro, mientras dedica atención al uso que Castro ha hecho del terror, a la forma como explotó el juicio contra el general Ochoa, a las aventuras militares de Castro en el Africa y, por supuesto, al feroz odio de Castro contra los gringos .

Hace poco el líder socialista portugués Mario Soares, comparó a Castro con un dinosaurio, respetable sólo por su interés prehistórico . Si la historia le juzgara apenas por su capacidad de permanecer en el poder por más de tres décadas, enfrentado al imperio del norte a pocas millas de la Florida, Castro surgiría como uno de los grandes líderes de este siglo. Pero la historia no lo absolverá. Imposible ocultar los sacrificios de la población cubana durante su larga dictadura -ese dilema fatal entre socialismo o muerte - y los efectos negativos del castrismo en los procesos democráticos del continente. Testigos como Halperin darán testimonio de cómo, mientras en 1962 aún había esperanzas, tres décadas más tarde La Habana se marchitaba.

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