GOBIERNO PARA LA CAPITAL DE LA REPÚBLICA

GOBIERNO PARA LA CAPITAL DE LA REPÚBLICA

La fatiga electoral de partidos y movimientos políticos, los unos por triunfadores y los otros por vencidos en las intensas jornadas del primer semestre, no ha incitado a prestar mayor atención a los comicios que se avecinan. Sin embargo, en cada municipio, en cada departamento, bullen las aspiraciones en torno de alcaldías y concejos, de gobernaciones y asambleas. Quizá sea Bogotá la única ciudad que se distinga por su indiferencia o por su escepticismo mientras dos candidatos se esfuerzan por despertar, cada uno en su favor, a una opinión desganada e incrédula. Paradójicamente, ningún otro centro urbano llena mejor la condición básica señalada para gobernarse por sí mismo. Dentro de la tesis de la gradualidad de la elección popular de alcaldes, se hablaba de autorizarla, en una primera etapa, para los municipios con más de trescientos mil habitantes. La población de Bogotá excede con harta ventaja los seis millones.

06 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Pero la misma circunstancia de ser capital de la República le impone compromisos y necesidades superiores. Abandonada como ha sido por ésta en los últimos años e incapaz de poner a tono sus mecanismos administrativos y sus rentas con las exigencias inherentes a su veloz crecimiento, no es extraño haberla visto de tumbo en tumbo, exasperada, desordenada e impotente. Sólo en los últimos días con signos de actividad pública, muy inferior todavía al ritmo acelerado de la privada.

El reclamo por el inequitativo trato nacional es justo. No obstante originarse en ella ingresos fiscales incomparables con los de cualquiera otra región o ciudad, se le discrimina y veja a la hora de repartirlos, sin tener en cuenta de dónde emanan. La solidaridad y unidad de las naciones obliga a transferir dineros de las comarcas ricas a las pobres y atrasadas, pero cuidando de no caer en el extremo de trasladar explosivamente sus males a las que han alcanzado mayor grado de civilización. Dados los arrolladores flujos migratorios, sin la asistencia de la Nación resulta difícil manejar sus implicaciones de pauperización, degradación y criminalidad urbanas.

De esta suerte resulta que la urbe teóricamente más apta para el auto-gobierno ha venido a ser la más complicada. Hasta el extremo de compartir con Cartagena la nostalgia de los tiempos en los cuales el alcalde era nombrado, como en México, por el Presidente de la República, quien hacía de su gestión punto de honor propio y se desvelaba por cuanto ocurriera en su rededor.

No por ello cabe, sin embargo, descalificar el régimen de democracia política local. Ni más faltaba que en una población en trance de convertirse en megalópolis no quisieran o no consiguieran sus ciudadanos cumplir la función que a nivel nacional desempeñan con decisión y de ordinario con acierto. También en Francia es popularmente elegido el alcalde de París, pero el Jefe del Estado no pierde de vista su curso. Lo vigila, apoya y refuerza.

Responsabilidad de elegir El presidente Samper ha optado por corregir el vacío institucional que se echaba de ver estableciendo la Consejería Presidencial para Bogotá y ofreciendo su respaldo a obras fundamentales. En esta materia queda por despejar el aspecto de la equidad rentística que supone obviamente la justa y adecuada contribución de sus habitantes. Pero de lo que se tratará el 30 de octubre será de elegir al Alcalde Mayor, a los concejales y los ediles en cuyas manos reposará el destino de la metrópoli. Es la gran responsabilidad de cuantos en Bogotá vivimos. Nadie distinto del mismo pueblo puede asumirla.

Aun, cuando el alcalde era seleccionado por el Presidente de la República, prosperaron feos vicios en el Concejo de Bogotá, a la sombra de la potestad coadministradora que le permitía incrustarse en los establecimientos descentralizados y a sus miembros hacerse a una suculenta cuota de poder. Tales vicios se extremaron con el correr de los años, en forma que dejaron de constituir medroso secreto sus corruptelas, tristemente compartidas por funcionarios deshonestos y venales.

Ahora se les presenta a los habitantes de Bogotá la oportunidad de elegir concejales y ediles auténticamente representativos, honrados y decentes. No hayan de quejarse después de haberse apuntado a cartas manchadas o de haberse situado al margen. Un buen Concejo sería prenda de eficiencia y pulcritud en el manejo de la cosa pública, recargada por la tugurización y miseria de tantas zonas. Pero es claro que se necesita una cabeza en la administración, una persona idónea, competente y reflexiva al timón de la nave. En una palabra, un alcalde.

A dónde lleva el camino? Por primera vez el enfrentamiento no es entre un liberal y un conservador. Lo va ser entre el candidato lanzado por el primero de estos partidos con la aquiescencia de diversas fuerzas políticas y el académico de la franja independiente e inconforme que aparentemente ha perdido su confianza en las colectividades tradicionales.

Como quien dice, un candidato de castigo, un nombre nuevo e impredecible, cuya primera credencial, aparte de su trayectoria profesoral, es la de no haber participado en la administración pública ni en las luchas políticas. Bisoño en tales menesteres, aunque con facilidad de comunicarse a través de gestos espectaculares y palabras prudentes.

Pese a la longitud de la campaña preparatoria, apenas comienza en serio y a enseriarse. Lo importante no es ya atraer las miradas, sino explicar cuál será la suerte de Bogotá en el mandato de cualquiera de los dos. A los pueblos, como a las individuos, les provoca en ocasiones jugar a la aventura. Más vale sin embargo atenerse a lo seguro, probado y previsible.

En el presente caso, a quien ha demostrado más conocimiento de los problemas de la capital de la República y más tiempo lleva dedicado a estudiarlos. No por liberal, ni por estar formando una coalición pluripartidista de fuerzas vivas, sino por lo que es y se propone hacer, la balanza se inclina resueltamente en favor de Enrique Peñalosa Londoño.

A Atanas Mockus, a quien un desplante le abriera las puertas de la celebridad, otros destinos le están reservados, junto con la posibilidad de adquirir experiencia en la administración y el gobierno. No hayan de determinar las encuestas la conciencia de los ciudadanos.

En el resto de los municipios, el cotarro se advierte muy agitado. No se oculta a los vecinos de cada lugar la importancia de contar con alcaldes y cabildos de entera confiabilidad por sus luces y virtudes. Si los partidos históricos aspiran a perpetuarse, deben caer en la cuenta de que actualmente el régimen democrático y además descentralizado comienza por ahí. Como sus deformaciones, corrupciones y equivocaciones.

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