EL MERCADO DEL COLOR

EL MERCADO DEL COLOR

Cuando el sol se toma todos los rincones, los turistas corren de un lado a otro en un mercado que no solo parece de artesanías sino de razas: latinos, rubios, suecos esbeltos, extraños de tonos imposibles, empiezan su transitar de asombro ante tanto color e imaginación. Instalados en sus tenderetes o en las bases circulares con sus blancos pantalones, sus impecables camisas y sus vistozos ponchos, los indios esperan en silencio hasta que se realiza la compra. Están seguros de sus mercancías, pues saben que una hora más tarde las mejores piezas habrán desaparecido y seguramente ya irán camino a los mercados de Tulcán, al norte, o Loja, en el sur.

06 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

La ciudad hierve con las conversaciones de las comadres. Parece que guardaran sus cajas de sorpresas hasta el sábado para contarse las historias completas. En tanto los turistas regatean se emocionan, escogen, se deslumbran ante los mares de sombreros y la generosidad de los colores; otras personas creyéndose más astutas se dirigen directamente a los talleres que existen en Otavalo, pero ignoran que ellos tienen su comercio organizado de tal manera que los precios están unificados para poder competir con las fuertes economías de los blancos. La gente alucinada camina por entre las tiendas y ese viento frío de la región.

Los niños corretean, las mujeres con sus cuellos cubiertos de chaquiras y ese aire de dignidad y distancia, observan cómo fachalinas, cobijas, interminables filas donde están los rectángulos de bayeta azul, desaparecen al igual que los lienzos y las mochilas hechas en cabuya apretada. Los pesados ponchos serán comprados principalmente por las mujeres de los valles andinos. Las telas, canastas y cuerdas se venden y se cambian por las hierbas para combatir el mal de ojo o tantos maleficios que viejas crónicas relatan o hacen trueque por chaquiras para satisfacer la vanidad femenina.

Una historia tejida La vida de este mercado tiene su origen en tiempos de la conquista española. Existía un pueblo ubicado a orillas de la laguna de San Pablo, de donde salía la nobleza que luego gobernaría la provincia de Imbabura. Favorecidos por las altas montañas y asentados sus territorios en fértiles valles, los pobladores sacrificaban gallos en honor al Taita de los nevados y le ofrecían tejidos y cestos elaborados a mano.

Después de permanecer varios siglos en aquel lugar, corrieron sus casas a los territorios ocupados por los Shiris, enfrentándose a ellos para extender sus tierras desde Pasto hasta Riobamba. El comercio de tejidos, los talleres familiares y el cultivo de la tierra ocupaban los días de estas pacíficas comunidades. De nuevo en 1748 estalló la lucha territorial con la llegada de los incas. A lo largo de 16 años se libraron cruentas luchas que terminaron con la fusión de estas dos culturas.

La sumisión que no lograron los incas casi la consigue la violenta conquista de los españoles. Esclavizados en sus propios telares por medio del obraje y los altos tributos, los indios de Imbabura veían lucir sus telas tanto al oidor como al más humilde de los soldados.

Sin embargo, este largo sometimiento no hizo más que acentuar esa profunda relación con la tierra y su antigua costumbre de ver el mundo a través de tramas y colores: el volcán Cotacachi, el maíz, la laguna de Yahuarcocha...

Arrastrando la dignidad de no mezclarse con personas ajenas a la comunidad, los señores de Otavalo arribaron al siglo XX, y al fin de su esclavitud, portando una de las pocas herencias generosas de aquellos tiempos de colonia: la organización de un sistema de mercado basado en el trueque y la venta de tejidos en ferias semanales, pero con un fondo que se acercaba más a las relaciones capitalistas de los blancos que a las comunales de los indígenas.

Hacia 1950 el gobierno ecuatoriano dio un importante impulso a los tejedores al prestar dinero y elevar a nivel turístico la región. Los indígenas a su vez comenzaron a extenderse y ensayar nuevas tecnologías y diseños. De manera que el mercado - que venía funcionando desde épocas prehispánicas- se convirtió en un rito que los distingue de los otros mercados andinos.

Entre semana la gran mayoría de los 22 parcialidades dedican su tiempo a los tejidos y en menor escala al campo. Es una labor de creatividad en la que husos, hilos naturales, tinturas y paciencia infinita crean los artículos que el sábado asombran y conquistan a las personas que llegan de todos los rincones del planeta, a la cita del color y la alegría de Otavalo.

SI USTED VA...

Transporte Bogotá-Quito: US$246, máximo dos meses de estadía, vía Saeta.

Quito-Otavalo: US$61 por persona.

Incluye: guía el día sábado de mercado con recorridos por los pueblos aledaños.

Calderón: con su artesanía en mazapán.

Ibarra: toda la artesanía en talla de madera.

Cotacachi: con sus trabajos elaborados en cuero.

Otavalo: famoso por sus artesanías en lana, como las cobijas de tigres, los sacos en alpaca y la joyería en plata.

Tiempo de recorrido: Quito-Otavalo: hora y cuarenta y cinco minutos.

Informes: 2187144, 2185633, Lubel Representaciones, Saeta.

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