La paradoja del café

La paradoja del café

Con el título ‘La paradoja del café: mercados globales, comercio de bienes primarios y la esquiva promesa del desarrollo’ se presenta en el Congreso Cafetero que delibera esta semana en Bogotá un interesante libro escrito por Benoit Daviron y Stefano Ponte, que ha sido editado recientemente por la Federación de Cafeteros, por la Organización Internacional del Café y por el Fondo Cultural Cafetero.

29 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

¿Cuál es la paradoja del café? Tal es la pregunta que responden documentadamente estos dos distinguidos profesores, el uno de la Universidad de Monpellier y el otro de la Universidad de Copenhaguen.

La paradoja del café -que es la misma de muchos otros productos básicos- consiste en que mientras los precios que reciben los productores de ‘productos básicos’ sin ningún valor agregado permanecen deprimidos en los mercados internacionales, quienes participan de las cadenas de valor agregado, es decir, en los procesos de selección de calidad, de certificaciones que acreditan para el café atributos tales como el de ser orgánicos, o de ser cultivados en condiciones amigables con la naturaleza, o el de acreditar su cultivo en una región determinada, o en condiciones de altura óptimas, o, en fin, el venderse con una marca acreditada o en tiendas amables y confortables para los consumidores, son quienes obtienen la mejor tajada de los precios internacionales.

Los países productores de materias primas tienen que procurar -argumentan convincentemente los autores- ingresar con apremio a estas cadenas del valor agregado si no quieren quedar relegados.

Según los autores que venimos citando, en el moderno mercadeo de los productos básicos pueden llegar a tener mayor relevancia en el precio final, más que los atributos intrínsecos asociados a la calidad del producto, factores tales como las etiquetas o el servicio personalizado. “En la vida diaria, argumentan los autores, las marcas registradas, los nombres de firmas y la reputación construyen la confianza del consumidor, y en alguna medida adquieren valor independiente de los atributos materiales del producto.

La tesis no es especialmente novedosa, pero respalda y ratifica el esfuerzo consistente que vienen haciendo las autoridades cafeteras colombianas para incorporarle cada vez más ‘valor agregado’ a las exportaciones del grano colombiano. Cafés tostado, molido y empacado en nuestro país, cafés industrializados (solubles corrientes y liofilizados), extractos de café, acreditación de la marca Juan Valdez a través de las tiendas y de la publicidad, cuidado permanente en no deteriorar la calidad y la percepción de los consumidores de que el café colombiano es de óptima calidad, son apenas algunos de las muchas maneras de entrar en las cadenas del valor agregado.

Si bien el café no representa actualmente un porcentaje tan alto de las divisas que se generan en el país como lo fue en la primera mitad del siglo XX, socialmente sigue siendo el tejido fundamental de la sociedad colombiana. No hay que olvidar que la mitad de los compatriotas que trabajan en labores agrícolas sigue haciéndolo en actividades asociadas a la caficultora. La mayoría del café que se produce en Colombia se exporta. Y la industria cafetera es una actividad que importa bienes del exterior en muy poca cantidad. De ahí que la afecte tan fuertemente cualquier ciclo revaluacionista como el que parece estarse reiniciando de nuevo en el país.

Esta es una razón adicional para buscar maximizar el ingreso del país por las exportaciones del grano. Y para lograrlo, resulta indispensable ingresar (cada vez con mayor determinación) a lo que los autores del libro La paradoja del café denominan las “cadenas globales del valor agregado”.

Cadenas en las que tienen que ingresar imperiosamente los países como el nuestro si no se resignan a recibir la parte menos lucrativa del negocio.

Afortunadamente esta idea se ha abierto camino con paso firme en el país; se está implementando con decisión por las autoridades cafeteras; un porcentaje creciente de las exportaciones del país ya no se hace bajo la forma de café verde sino con alguna incorporación de valor agregado. Y, seguramente, esta política será ratificada una vez más en el Congreso que delibera esta semana.

"La clave del futuro del café está en aumentar su valor agregado”.

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