GUERRA DE ESTRELLAS

GUERRA DE ESTRELLAS

Se aprestan para la guerra. Unos brillan sus arcabuces, tensan las ballestas y acarrean la pólvora. Otros cavan las trincheras, otean el movimiento de las tropas y preparan pertrechos y municiones. Todo está listo para el combate. Aunque en esta guerra las cosas son un poco diferentes. Una programadora contrata por millones de pesos a la artista de moda que sabe cantar, patinar, zurcir, hacer mohines. Casi todo. Menos actuar. La otra no se queda atrás y llama por una bolsa apetitosa al galán del momento que estremece con su mirada de cordero degollando a las quinceañeras, conmueve el corazón de las volantonas e inclusive alcanza a hacer estragos en señoras entradas en años y carnes. No importa que el galán recite, que apenas tenga matices en su interpretación, que sea tan plano como una mesa. Es el galán y en esta guerra todo vale.

25 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Otros más internacionales salen por el mundo a buscar estrellas. Tienen el olfato de los neoliberales. Por aquello de la globalización de los mercados. Al fin de cuentas piensan, la televisión es un mercado, los programas un producto y los argumentos y actores una estrategia de venta.

Las estrellas, como se sabe, brillan con luz propia. No importa que exijan apartamento en Los Nogales, cadillac a la puerta, chofer uniformado y sauna con aromas orientales. Son tan volubles las estrellas . Habrá que soportarles sus saudades (así se llaman las jarteras de las estrellas), las depresiones de siquiatra y la nostalgia de las lenguas de faisán (así se llaman los ajiacos de las estrellas).

Otros combatientes reciben con todo tipo de honores a sus libretistas extranjeros como si fueran la exótica delegación de algún pachá. Estos llegan, abren sus alforjas de plástico y le ofrecen a los deslumbrados gerentes, productos comprobados para todos los gustos.

Los hay para producir torrentes de lágrimas, sesiones completas de pucheros, verdaderas conmociones anímicas. Les pueden incluir hijos desconocidos, amnesias, tías pérfidas y algunas violaciones. Todo a petición del respetable.

Pueden durar cien capítulos, o cincuenta, hacerse en dos sets o en 10, comenzar por el final, intercambiar parlamentos perfectamente adecuados al signo zodiacal de la estrella de moda.

En fin, como la televisión es un negocio, la producción se puede hacer como las salchichas. No en vano la sabiduría popular habla de culebrones , largos como cualquier ranchera , o de enlatados.

Hace años, Walter Benjamin, el brillante pensador alemán habló de lo que acontece con el arte en las épocas de la reproductividad técnica. Sus análisis palidecen frente a lo que ha pasado con la televisión.

Equiparar la producción de mensajes culturales a las salchichas trae sus consecuencias. Por lo pronto, la lógica comercial es arrasadora: mientras las propuestas nuevas caminan por la cuerda floja, la mediocridad campea ofreciendo realizaciones previsibles, absurdamente fieles a los esquemas y sin asomos de ninguna creatividad dramatúrgica.

Una sociedad de lentejuelas se preocupará por estrallas a quienes hoy paga millones y mañana desecha con la misma facilidad con que los endiosó. Harán esfuerzos publicitarios para vender con propaganda lo que no pueden hacer por méritos de calidad. Repetirán las fórmulas exitosas sin arriesgarse.

Ahora que se habla de la guerra de las colas o, más prosaicamente, de los refajos , no se puede olvidar la guerra de las telenovelas. Algún día habrá que preguntarse por qué a los mismos que combaten en las cervezas les interesa tanto la televisión que en los balances de fin de año no les arrojaron mayores utilidades.

Esta es una guerra de otro tipo. Tiene que ver con tener presencia, manejar opinión, mercadear símbolos. Como toda guerra es cruenta y peligrosa.

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