Dos muendas electorales

Dos muendas electorales

Cuando la confusión hasta de vocabulario preside el debate político y, además, el pragmatismo ahoga y sustituye la competencia ideológica, resulta natural que se ponga de moda repartir irresponsablemente los calificativos de izquierdista, derechista o social demócrata, según convenga a los intereses de quien los otorga. No sobra, por eso, aprender de los grandes maestros -Bobbio, por ejemplo- para entender bien las dos muendas electorales recientes: por un lado, en la hiperpotencia mundial con el Partido Demócrata como victimario y, por el otro, con el triunfo arrollador del presidente Lula.

27 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Esto de los calificativos izquierda y derecha imponen para su uso, al menos, dos preguntas previas elementales: ¿izquierda y derecha de qué? y ¿qué significan, de verdad, la social-democracia y el centro democrático? Porque en el caso latinoamericano lo que ha venido traduciéndose en las urnas es una ‘ensalada de tendencias’ y de coaliciones que dificultan al máximo clasificar, con rigor, el contenido ideológico de sus elegidos: sobre todo ante las reformas urgentes que está demandando una democracia tan fragmentada, imperfecta y desigual como la de nuestro continente.

En los Estados Unidos se votó contra Busch y el neoconservatismo de mano dura de sus ‘halcones’ y en el Brasil, por el contrario, en favor de Lula gracias a una conducción sana, sin populismo, con decidido acento social de su economía. En la hiperpotencia se alineó una opinión variopinta contra la guerra en Irak, al fracaso en Afganistán, el déficit presupuestal, al marcado privilegio tributario de la clase rica, al marginamiento de 40 millones de seres sin cobertura social, al asedio a una clase media empobrecida, la congelación del salario mínimo etc.

En el Brasil, en cambio, el indiscutido liderazgo de su Presidente logró sortear los debates de corrupción adelantados contra el Partido de los Trabajadores y, en general, contra la clase política. Sus 57 millones de votos le servirán de aval para construir una ‘nación más fuerte que sea capaz de derrotar la injusticia social’, objetivo que nada tiene que ver con el sarampión bolivariano predicado por Chávez en Venezuela, o, con el mesianismo de López Obrador en México.

El laureado Jorge Edwards destaca en lúcido análisis a un Lula maduro, experimentado, con visión universalista, que no tiene porqué caer en la trampa de los años 60 y 70 cuando la izquierda apenas se asomaba al poder de inmediato pretendía ‘borrarlo todo y comenzar de nuevo’. Una izquierda moderna, fresca, realista, sin retórica trasnochada, que tanto en la América española como en la portuguesa es consciente de que han quedado atrás ‘los populismos febriles y los liderazgos de eterna e insuperable confrontación’.

Además, porque si se observa, sin miopía, el mapa latinoamericano aparece como positiva la presencia de una serie de ‘coincidencias’ geopolíticas y económicas del presidente Lula con Tabaré Vásquez en el Uruguay, Bachelet en Chile, García en el Perú, Uribe en Colombia, Torrijos en Panamá, Calderón en México, y, como si fuese poco, el resto de Centroamérica y, como es obvio, con unos Estados Unidos reponiéndose del balance catastrófico de Busch.

Vencer la pobreza, garantizar los derechos humanos y la libertad con equidad son factores de cohesión que autorizan a confiar que todos ellos van en contravía de lo que nada menos que Carlos Fuentes llama textualmente en la última edición de la revista Arcadía, refiriéndose a Chávez, el ‘criptofascismo’ a cuyo líder ‘le irá peor que a Juan Perón’. Son países curados contra los fundamentalismos de derecha e izquierda. Por esta razón, entre otras más, resulta necio hablar de un supuesto eje conformado por Cuba, Venezuela y Brasil y sí muy puntual encontrar afinidades con corrientes de la nueva izquierda como la liderada en Colombia por Lucho Garzón.

Ex ministro delegatario y ex embajador en E.U.

"En el caso latinoamericano lo que ha venido traduciéndose en las urnas es una ‘ensalada de tendencias’”.

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