De memorias y olvidos

De memorias y olvidos

En El libro de la risa y el olvido, Milan Kundera describió un momento memorable de la historia de la antigua Checoslovaquia. Se trataba de un discurso que pronunciaba el líder comunista Klement Godwald en 1948. Lo pronunció desde un balcón y lo acompañaba el camarada Clementis. De aquello se hizo una foto que circuló masivamente. Pero, cuatro años después, el camarada Clementis fue acusado de traidor y colgado. Entonces, el departamento de propaganda difundió otra foto del mismo discurso en donde sólo aparecía Godwald. A Clementis no sólo lo mataron, sino que lo borraron de la memoria colectiva. Y con los años ya nadie recordaba que había estado en ese balcón.

26 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Esa es la manera como los regímenes absolutistas acaban con el pasado. Es su estilo: borrar las evidencias históricas a toda costa.

Y es aquí donde entra la historia oficial de Colombia. Afortunadamente tengo 43 años y recuerdo algunas cosas que han pasado. Como la toma de la embajada dominicana por el M-19. Aquella embajada quedaba cerca de la Universidad Nacional, en una casa generosa, construida en los años 60. Y de la casa no queda nada: ni una placa memorable. Fue arrasada por un progreso inclemente, y en su lugar, hoy en día, hay un edificio cualquiera. Nadie dijo nada cuando la demolieron. El poco interés por la historia comenzaba a ser evidente. Podríamos decir en este caso que se trató de un negocio: una casa vieja se reemplaza por una nueva. Y podríamos decir que el Estado no participó directamente en eso. Pero hay más.

Tengo muy presente en mi corazón el momento cuando un tanque le disparó a la fachada del Palacio de Justicia y todos esos eventos funestos para el país.

Recuerdo que, cuando terminó todo, pensé que dejarían el edificio intacto.

Que aquella ruina estaría para recordarnos los estados de locura colectiva que hemos atravesado. Pero se trataba de un pensamiento adolescente, porque aquel edificio fue demolido con premura. Y creo que me dolió tanto como la toma, cuando las palas mecánicas derribaron las paredes. Con los años emergió una nueva construcción, de proporciones magnánimas, que no tiene ningún parecido arquitectónico con el antiguo palacio. Y ahí sí se notó la mano del Estado para derribar la memoria. Nadie se tomó el trabajo de sugerir, al menos, que levantaran un obelisco con los nombres de todos quienes perdieron la vida. Y, si alguien lo sugirió, seguramente lo miraron como a un loco, porque se trataba de un borrón y cuenta nueva, como si ese refrán fuera posible en la vida real. Y hay más.

El desdichado lugar de Bogotá conocido como El Cartucho ya no existe. Nada.

En su lugar hay un parque que da pánico. Porque es un parque que no se usa.

Y no se usa porque no hay barrios alrededor. Es una cosa desolada, que recuerda las fotografías de Brasilia recién construida: enormes espacios sin gente; esculturas sin admiradores, zonas verdes sin enamorados. Y cuando comenzó aquella demolición también pensé que el parque se llamaría El Cartucho. Pero no. Tiene el rimbombante nombre de Parque del Tercer Milenio para que nadie recuerde que una vez hubo un lugar triste, parecido a una ciudad bombardeada, lleno de sobrevivientes de la hecatombe. Gente de la calle, ñeros, indigentes: un producto más de la democracia más antigua de América Latina, a escasos metros del palacio presidencial. Recuerdo con mucha pena aquella calle y por eso para mí se llamará siempre parque de El Cartucho. En memoria de toda la desolación. La Fundación Mapa Teatro hizo un sentido homenaje a ese lugar y esas personas en su obra Testigo de las ruinas. Y cuando lo presentó al público hace pocos días, no hubo un solo asistente que no apretara el pecho, conteniendo las lágrimas por esa manera tan brutal de acabar con el pasado.

En fin, como decía Milan Hübl, intelectual checo: “Para liquidar las naciones, lo primero que se hace es quitarles la memoria”.

cristianvalencia@yahoo.com

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