Verdad a la carta

Verdad a la carta

No sé para qué exigen algunos la verdad y que confiesen los malos si cuando estos cuentan lo que saben y los jueces emiten su veredicto, no les creen porque no es lo que quieren escuchar.

26 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Cuando la Comisión de la Verdad de la Corte Suprema hizo público su informe sobre lo ocurrido en el Palacio de Justicia, salieron enseguida los ex M-19 a protestar y a sembrar dudas sobre los investigadores y sus testigos. Todo porque les duele tanto aceptar que Pablo Escobar les dio plata, como que asesinaron a un magistrado a sangre fría. Es como si quisieran disfrazar de operación pacifista lo que fue un crimen de lesa humanidad. ¿O acaso olvidaron que mataron civiles indefensos en el Palacio, como a una ascensorista embarazada, para realizar su locura? ¿O que son los principales responsables de las trágicas consecuencias de tamaña atrocidad? Los amigos de Belisario Betancur también se enfadaron porque deja mal al Presidente y han ofrecido aportar nuevos datos para demostrar que el mandatario siempre estuvo al mando. Así que a ellos tampoco les sirvió la Comisión. Y los militares siguen reacios a admitir que querían exterminar a los guerrilleros del M-19, aun a costa de la vida de los magistrados, y que por tal motivo son responsables también de lo ocurrido, además de ser los autores de las desapariciones. Es decir, cada uno coge la verdad que le conviene y devalúa la otra echándole agua sucia.

Pues, señores, la verdad y toda la verdad que el país exige sobre el paramilitarismo saldrá, sobre todo, de las bocas de los Mancuso, ‘Jorge 40’, ‘Macaco’, ‘Julián Bolívar’ y demás bandidos, y de sus colaboradores cercanos. Dado lo ocurrido con el informe mencionado, ya auguro que pasará lo mismo en este caso. Cada cual escogerá la verdad que se ajuste a sus intereses políticos o personales y el resto lo rechazará, excepto cuando haya pruebas documentales irrefutables.

Será difícil, pues, lograr un consenso sobre unos hechos demasiado recientes como para que cada quien no respire por su herida; hechos en los que no siempre hay verdades absolutas y en donde hay más culpables que los que ahora están en la picota pública. Nadie niega ya que la clase política o el DAS son solo una parte del engranaje.

Tampoco existe una línea nítida que determine cuándo comenzaron los fenómenos y cómo y quiénes dejaron que engordaran. Por ejemplo, para saber toda la verdad de Carlos Castaño y ‘don Berna’, tendríamos que remontarnos a la época en que colaboraron con las autoridades en la cacería de Pablo Escobar. En ese momento pareció adecuado aliarse con asesinos de medio pelo para matar a un asesino mayor. No preocupó que estrecharan lazos con mandos policiales y que esas relaciones fuesen luego utilizadas para otros fines menos santos.

El tumor que creyeron extirpar entonces reapareció más tarde y el país padeció de nuevo la enfermedad, pero con otros síntomas y otros desarrollos.

¿Contará ‘don Berna’ lo que sabe de aquella época y de esta? Y nosotros, ¿vamos a creerle o solo tomaremos lo que nos interese y descalificaremos lo demás por salir de labios de un asesino? Mirar atrás en algunos casos no significa poner el espejo retrovisor, como hace el Presidente en un vano intento por eludir sus responsabilidades políticas, sino escudriñar más allá de las investigaciones que adelanta la Justicia. Porque lo importante, además de ir hasta el final para desenmascarar la ‘parapolítica’ y sus ramificaciones, es evitar que el monstruo vuelva a mutar.

Nota. Lo mejor que podría hacer el ex presidente Samper es callarse. Resulta patético defendiendo su pasado, cuando no solo no contó la verdad ni asumió una mínima responsabilidad política en el 8.000, sino que la tapó a golpe de chequera pública. Y alguien debería recordarle que los del cartel de Cali no eran arcángeles sino criminales y, por ende, su plata chorreaba sangre.

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