La historia sin fin

La historia sin fin

La firma del TLC entre Colombia y Estados Unidos el miércoles pasado generó una avalancha de fotos y declaraciones grandilocuentes. Incluso algún funcionario del Gobierno colombiano, en un arrebato de ingenuidad, destacó que esta es la primera vez que la Casa Blanca firma de manera tan expedita un tratado comercial. Semejante júbilo contrasta con la desazón que generan las múltiples dilaciones que sufrió la negociación y el tortuoso camino que aún le espera al TLC.

24 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Cada día crece la probabilidad de que el Congreso de Estados Unidos, ahora con mayorías demócratas, se niegue a ratificar el acuerdo firmado. Si alguien tiene dudas, basta recordar que en los últimos años se ha ido reduciendo drásticamente el número de congresistas demócratas que han votado a favor de acuerdos comerciales; que varios de los nuevos parlamentarios de ese partido se han pronunciado contra los acuerdos comerciales; y que un grupo de congresistas demócratas envió una carta a la Representante Comercial estadounidense, pidiéndole que no firmara el acuerdo con Colombia.

El que no vea la realidad, es porque no quiere...

Ahora estamos ante una situación adversa: en el mejor de los casos, el TLC sería objeto de modificaciones que demorarían indefinidamente su implementación y abrirían un nuevo debate en Colombia justo cuando el gobierno de Alvaro Uribe sufre un debilitamiento político inédito; en el peor de los casos, el TLC simplemente se barajaría. Mientras tanto, en sólo 5 semanas vencen las preferencias del Atpdea -de las que depende más de medio millón de empleos colombianos- y su extensión está en veremos.

¿Cómo llegamos a esto? En un juicioso análisis publicado el martes pasado, este diario revisó las posibles causas de esta situación. Entre ellas hay una fundamental: la desconcertante dilación que sufrió la negociación. Desde hace rato se sabía que no convenía dejar el cierre del TLC para el 2006, porque era probable que los demócratas se hicieran a las mayorías parlamentarias. Pero la previsión no sirvió de nada. La negociación arrancó en mayo del 2004 y se estimaba que durarían nueve meses. Siendo generosos, era razonable esperar un retraso de algunos meses más, con lo cual el proceso habría terminado a mediados del año pasado. Pero la negociación en la práctica concluyó en junio de este año, ¡25 meses después de iniciada y 16 meses más tarde de lo previsto! Algunos han dicho que esa tardanza es el resultado de haber negociado bien.

Si el proceso hubiera sido dinámico y ordenado, yo estaría de acuerdo, pero quedan varias preguntas. ¿Quién responde por la posición inicial del Gobierno colombiano de excluir parte del sector agrícola del TLC -lo que implicó una tardanza y un desgaste innecesarios-, teniendo en cuenta que después hubo un giro oficial de 180 grados al respecto? ¿Quién responde por las rondas de negociación en las que no pasaba nada, mientras parecía que Estados Unidos no quería avanzar? ¿Y por las reuniones a las que llegaban los funcionarios colombianos y ni siquiera había quién los recibiera? ¿Y por el congelamiento del proceso entre el 27 de febrero pasado, fecha del supuesto cierre de la negociación, y el cierre efectivo 4 meses después? Y así sucesivamente...

Tiene razón Hernando José Gómez, jefe del equipo negociador, cuando afirma que hizo falta una posición unificada del Gobierno frente al TLC. Asimismo tienen razón quienes dicen que Colombia es menos importante para Washington de lo que muchos creen por estos lares. Y también tienen razón los cultores de la filosofía pambeliana que dicen que es mejor haber firmado el TLC que no haberlo firmado... Pero el camino que hay por delante es tan oscuro, que los flashes de las fotos de la firma no bastan para alumbrarlo.

Investigador Asociado de Fedesarrollo .

"Cada día crece la probabilidad de que el Congreso de Estados Unidos, se niegue a ratificar el acuerdo firmado”.

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