Metamorfosis de una nación

Metamorfosis de una nación

Seis de octubre de 1985. El ingreso sangriento de 35 terroristas del M-19 a la Casa de los Jueces de Colombia, comienzo del más trágico y amargo capítulo de la turbulenta historia política de Colombia, trazaba una funambulesca sucesión de imágenes que se grabaron, al fuego del edificio que al anochecer se proyectaba en llamaradas sobre el firmamento nocturnal, en la retina de la historia. La batalla feroz librada en su interior había concluido. No así las repercusiones que el episodio homérico tendría en el presente y el porvenir de sus protagonistas y de la nación que lo integraba a su interminable y doloroso vía crucis.

24 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Los colombianos habíamos seguido con angustia y pasión el rescate ordenado por el Presidente. Entendimos que era la única respuesta posible para el despropósito de entablar allí, en el Palacio de Justicia, un enjuiciamiento al mismísimo Jefe del Gobierno que en su frustrado empeño de lograr la paz otorgó al M-19 mayores beneficios, entre ellos el indulto y liberación de 250 guerrilleros condenados por delitos de rebelión y conexos.

Al alba del día 7, el presidente Betancur asumía la responsabilidad plena, sin restricción alguna, por el rescate del edificio que implicaba el de la propia democracia colombiana que no podía someterse al terror ni a la violencia. Los aplausos que el numeroso público prodigó a las tropas de regreso al Cantón Norte eran el tributo que, a nombre del país, rendían quienes esa mañana se consideraba salvadores de las instituciones democráticas. El vehículo blindado que derribó la pesada poterna del edificio para abrir paso a las tropas y al voluntariado de la Cruz Roja, no se recordaba con perfiles de innecesaria violencia sino como recurso que abría camino a la legalidad del Estado y a la salida de las decenas de civiles que el Ejército rescató de los secuestradores. Y la frase de su comandante, coronel Alfonso Plazas Vega, en respuesta a la intensa pregunta de un periodista, ¿“qué hace aquí el Ejército?”. “Defender la democracia, maestro”, no registró connotaciones adversas.

Entendió la opinión que los actos de guerra suscitan respuestas del mismo tenor. Como también que la dolorosa pérdida de magistrados insignes a manos de los terroristas era la consecuencia del asalto feroz de la guerrilla y de su demencial fanatismo suicida, no de la acción de soldados y policías en cumplimiento de una orden presidencial.

Aquella hora de claridad colectiva comenzó a cambiar cuando aún se hallaban incandescentes las brasas del incendio, suscitado por los asaltantes como parte de la misión concertada con capos del narcotráfico para incinerar los expedientes de extradición que los magistrados sacrificados adelantaban en cumplimiento de su deber. Infame holocausto que la nación condenó en forma unánime.

Era la metamorfosis provocada por quienes veían en el Ejército el valladar insuperable a sus aspiraciones de alcanzar el poder por la violencia, organizaciones no gubernamentales, colectivos de abogados de izquierda radical, antagonistas políticos del Estado de Derecho, enemigos del Ejército iniciaron una paciente labor hábilmente dirigida a alterar la percepción y significado que una opinión manipulable había involucrado a su juicio inicial. Hasta el vocabulario se trocó habilidosamente. Ya no se habla de rescate sino de retoma, palabra inexistente en español, para darle equivalencia con la toma efectuada por la guerrilla terrorista.

Al general Jesús Armando Arias Cabrales le abrió investigación la Procuraduría por excesivo empleo de la fuerza, para terminar destituyéndolo en providencia más tarde rectificada por la Corte Suprema de Justicia. Al coronel Alfonso Plazas se le persiguió no solo durante su servicio activo, sino ya en el retiro, obstaculizando su posesión para cargos diplomáticos para los cuales fue designado. Así hemos llegado a la situación actual, cuando la toma por los terroristas se eclipsa tras una nube de humo, y la fuerza pública se señala con índice acusador como culpable ante los crédulos ojos de las nuevas generaciones.

alvatov2@yahoo.com

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