El nudo gordiano

No conquistó Alejandro la mitad del mundo porque hubiera cortado el Nudo Gordiano, en aquel templo de Zeus a orillas del Sangario, sino porque era capaz de cortarlo. En política sucede que el que se empeña en deshacer primorosamente la trama perece atrapado en ella. Hay que saber usar la espada.

23 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

El Presidente es el campeón de la lucha contra los paramilitares, tan mal llamados de esa manera. Los que hoy más duramente lo censuran por el manejo de la paz fueron los grandes culpables de la guerra. Los que dejaron la Nación inerme, y a los campesinos abandonados a su suerte en las fauces del monstruo guerrillero, hoy gritan iracundos porque la furia desatada por la reacción ha podido controlarse. La política no conoce los límites del cinismo, desde que Maquiavelo enseñó a despreciarlos.

No ha sido bien manejado el tema, bien se sabe. El voluntario olvido de la cuestión mafiosa como componente del conflicto está pasando su cuenta implacable. Los que quisieron dejar el asunto de la cocaína para después maltrataron conceptualmente esa dura realidad.

La distinción forzosa, aunque difícil, entre las autodefensas que acudieron al narcotráfico para ponerse en igualdad de condiciones con las Farc, con los narcotraficantes que vistieron galas de autodefensas a la hora de los acuerdos, no se hizo como se debería. El Presidente pudo tener un equipo al que le quedara grande esa filigrana. Pero no es hora de llorar la leche derramada. Es la de las grandes soluciones.

Las autodefensas abusaron del poder que les otorgó su audacia, al amparo del abandono del Estado de vastas regiones del país. Y esos abusos fueron tan horrorosos como los que pretendían corregir. Y, al fondo de la escena, siempre las mismas víctimas. Los que sufrieron la guerrilla hubieron de padecer la fuerza enloquecida que la enfrentó. De lo que se trata, entonces, es de castigar aquellos desafueros y reconstruir el roto tejido de la relación social en media Colombia. Para lo que no es menester bendecir ese pasado de ignominia, ni perdonar sin contrición ni propósito de enmienda.

Nada fácil empresa, digna de un hombre tan grande como Álvaro Uribe Vélez.

Alguien harto ignorante de la realidad colombiana, o harto estúpido, dijo que las autodefensas eran un grupo de delincuencia común, como si no hubieran copado todo el espacio político de donde operaron; como si no hubieran dictado su ley brutal, con plena vigencia cruel; como si no hubieran asaltado los caudales regionales con la ayuda de una burocracia corrupta; como si no hubieran impuesto sus alcaldes y gobernadores y congresistas y diputados y concejales; como si no hubieran sustituido, en suma, una legitimidad cobarde, que se entregó, por la eficacia ciega de sus armas.

Y ahí está el nudo. En la distinción entre víctimas y victimarios. En la lucha de algunos por sobrevivir en el naufragio, y el detestable oportunismo de otros por aprovecharlo. En la inocente impotencia de la inmensa mayoría, y la culpable complicidad de unos cuantos. Es el momento de la espada para romper el mito.

El Presidente pudo ser mejor advertido. Su buena fe proverbial no le permitió dudas saludables en el hombre público. Pero esas faltas de perspicacia no lo pueden arrastrar a dañar irreparablemente la Nación. Debió escuchar cuando lo previnieron sobre cierto García nada confiable; debió tomar en serio la historia tétrica que se escondía tras las candidaturas únicas en dos departamentos mártires y cubrirse de las familias de ese entorno; debió tener a su lado gente más avisada, o más desconfiada, o más preparada, para intuir la política y medir la maldad humana. Pero todo eso es superable y perdonable. Es la hora de la espada, aunque empiece por sangrar el corazón. El hombre podría concederse ciertas sentimentales licencias. El gobernante, ninguna. ¡Qué le vamos a hacer!

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