Ayuno cerebral

Ayuno cerebral

Mucha gente ayuna ciertos días por motivos religiosos y, a la vez, higiénicos. Dejar de comer un día ayuda a limpiar el cuerpo. Para lograr lo mismo en el cerebro, puede resultar muy sano dejar por un día de leer prensa y apagar la radio y la televisión. Un día sin leer, ver u oír la publicidad actual, que cada día es más agresiva y ruidosa.

23 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

En su lugar, ir a alguna hemeroteca y ver los periódicos de hace 100 años para encontrar joyas publicitarias de artículos que ya no se consiguen, tales como máquinas de escribir Remington. “Es la máquina de escribir Original y Universal. Hace y vende una máquina a minuto. Almacén del Día, únicos representantes”.

En lugar de alharaquientas propagandas de burbujas, camperos y 4 x 4. O “polvos Marceau. Señoritas: usad los exquisitos, adherentes y perfumados polvos Marceau”; en lugar de la sobreoferta de cirugías plásticas, yesos para adelgazar y qué sé yo cuántas cosas más.

Pasar el día completo sin dejarse apretar por el “apretadito” logra desapretar el cerebro y les quita la cera a los oídos; así como dejar de ver televisión ayuda a ver con mayor claridad al siguiente día.

Un día sin leer sobre paramilitares ni oír ex presidentes (César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana o Alfonso López; gracias, Belisario, por haber optado por el silencio) y represidente tirarse piedras.

Un día sin Araújos, ni ex fiscales o ex directores del DAS dando inexplicables explicaciones sobre por qué no pasó lo que debió haber pasado.

Un día sin pollos vallenatos o sin los también vallenatos ‘Simón Trinidad’ o ‘Jorge 40’. Un día tranquilo sin saber la última repugnante noticia que sale de las cuevas del Congreso, sin enterarnos de la milésima fosa común encontrada.

Veinticuatro horas sin oír sobre curas pederastas ni falsos positivos ni negativos verdaderos. Mil cuatrocientos cuarenta minutos sin ver en la televisión inalcanzables e irreales hembras hablando sobre Brad Pitt o Angelina Jolie.

Definitivamente, un día sin periódicos, ni radio, ni televisión; sí, un día jugando al avestruz, un día dejando en reposo al presidente de los Estados Unidos, a Irán, Irak, Israel o al Líbano; un día descansando de la frivolidad generalizada de los medios. Un solo día así, uno cada cierto tiempo, dejando ayunar el cerebro puede ser refrescante. No pasa absolutamente nada grave; la realidad es como las telenovelas, perderla un día no significa perderse de algo.

Un día para leer la última sobrecogedora novela autobiográfica de Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos, editada por Planeta y recientemente publicada. La recomiendo a sabiendas de que entro en contradicción con todo lo dicho en esta columna. Pues nada más real, doloroso y lejano a la ficción que lo que leemos en estas páginas deliciosamente escritas.

Nota para el doctor Santamaría, quien se autoproclama frívolo. Frívolo, tomado del latín frivolus ‘fútil’ insignificante. Palabra que no aparece en Nebrija ni en C. de las Casas pero ya aparece en Covarrubias en el año 1611: “Palabra derivada de frivolidad: ‘Leve quiere dezir ligero, sotil de ningund valor’”.

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