El chisme como industria

El chisme como industria

Por la profusión de las noticias en televisión, diarios, radio y revistas, parecería que el mundo entero estaba pendiente de la boda romana del actor Tom Cruise y la actriz Katie Holmes. La ceremonia no tenía elemento novedoso distinto a su propia notoriedad. Los novios tenían una cercana relación de dos años, de la cual ya nació una hija; el acto jurídico se realizó antes en Estados Unidos, porque la cienciología, a la que pertenece Cruise, en Europa es solo una secta dudosa; y aquel ni siquiera disfrutó de las comidas con sus 500 invitados, porque engordó y corría el peligro de rasgar el traje de novio.

23 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Parece increíble que esta frivolidad ocupara generoso espacio en los medios.

Algunos dieron más cubrimiento a la fiesta en el castillo de Odescalchi que al reciente informe de la ONU sobre la injusta distribución del agua y los 1,8 millones de niños que mueren cada año por problemas sanitarios. Pero hay que reconocer con resignación el importante papel del chisme en las sociedades humanas.

Según estudios citados en agosto del 2005 por The New York Times, la gente dedica a los chismes entre una quinta y dos terceras partes de su tiempo en la conversación diaria. La boda Cruise-Holmes debió monopolizar parte importante de ese tiempo en los últimos días. Los mismos estudios revelan que los hombres son casi tan propensos al chismorreo como las mujeres. Y hay quienes ven en el chisme una actividad útil. El psiquiatra José Posada Villa afirmó en EL TIEMPO hace unos meses que el chisme “representa una función vital y terapéutica, que estimula la profusión de endorfinas, alivia el estrés y estimula el sistema inmune”. Un profesor de Wiconsin dice que quien no participa en los chismes “puede ser anormal”.

Más allá de las interpretaciones científicas, el chisme es hoy una poderosa industria. La boda de Cruise pudo no tener importancia nupcial pero sí como relanzamiento publicitario del actor. Las “revistas del corazón”, la publicidad con caras famosas y los espacios de televisión sobre personajes faranduleros llegan a millones de personas y mueven millones de dólares. Tom Cruise lo sabe, pues se dice que él y su pareja hicieron pingüe negocio con los derechos a fotografiar y filmar su ágape. Pero este caso está lejos de ser ‘el padre de todos los chismes’. Se acerca más a esta dudosa distinción el de O. J. Simpson y su anunciado libro Si yo lo hubiera hecho –que una de las empresas del magnate mediático Rupert Murdoch iba a lanzar en estos días, junto con un especial de televisión– en el cual el ex astro del fútbol americano explicaba con lujo de detalles cómo habría matado a su ex mujer Nicole Brown y a su amigo Ronald Goldman, de haber sido culpable del crimen, por el cual fue juzgado y exonerado en 1994.

Fue tal el rechazo anticipado que suscitó este proyecto –cuyas ganancias multimillonarias ya saboreaban Simpson y los ejecutivos de Murdoch– que esta vez el empresario, famoso por su falta de escrúpulos, puso un límite y canceló libro y programa. Ojalá el precedente sirva para frenar el arrasador avance de la industria del chisme en el mundo, sin excluir a Colombia, donde ya ha ganado más espacio del debido.

editorial@eltiempo.com.co

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