NO EXASPERARSE

Señor Presidente, cumpla la Constitución! , Actúe, señor Presidente! . Son algunas de las duras imprecaciones que recibió esta semana el Jefe de Estado. La una del padre Alfonso Llano, columnista dominical de este diario, quien le reprocha a Samper que por estar cocteleando y viajando a todas partes no ha hecho nada por defender el primer derecho constitucional de los colombianos: el derecho a la vida.

09 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Luego vino una emotiva arenga de Juan Gossaín por RCN, en la que fustigó al Presidente por permitir que desde E. U. insulten a todos los colombianos con el estigma del narcotráfico y lo emplaza a actuar, si es que no tiene nada qué temer .

Entiendo la indignación de ambos. Es un sentimiento que a cada rato embarga a quienes tenemos el oficio de comentar y tratar de analizar esta contradictoria, a veces incomprensible y casi siempre deprimente realidad colombiana. Es la sensación de que aquí no hay Estado, Gobierno ni autoridad que valgan; de que no funciona la Justicia, la ley es letra muerta y la vida nada vale.

Pero es algo que viene de atrás. De ese progresivo desmoronamiento de valores y normas éticas. De la forma como año tras año, gobierno tras gobierno, se han venido entronizando la violencia y generalizando la corrupción en todos los niveles de la sociedad colombiana.

Recuerdo columnas mías durante los últimos gobiernos con títulos parecidos, o aún más virulentos: Quién manda aquí? , Qué se hizo el Presidente? , Aquí falta verraquera! , Yamid Amat, jefe de Estado , y otros por el estilo. Producto, claro, de hechos aterradores en los que la autoridad brillaba siempre por su ausencia y el Estado por su escandalosa impotencia: el asesinato de Rodrigo Lara o de Guillermo Cano, el secuestro de Alvaro Gómez o de Andrés Pastrana, las llamas del Palacio de Justicia o los escombros del DAS, la masacre de indígenas en Caloto o de jueces en La Rochela, etc., etc., etc.

Han sido tantas las veces en que uno ha pensado que este país ya no podía aguantar más; que tenía que desplomarse, junto con sus instituciones y su sistema democrático, ante el peso de tanta violencia y tanta iniquidad. Y sinembargo ha seguido adelante; celebrando elecciones; sobreviviendo a magnicidios, matanzas y atentados de toda índole, e inclusive creciendo económicamente.

Y ahí vamos, progresando de alguna manera en medio de la barbarie, la corruptela y la impunidad. Con Samper esta paradoja se mantiene. Bajo su incipiente gobierno la sangre sigue fluyendo a borbotones y las divisas siguen llegando; han sido asesinados desde generales hasta senadores; el secuestro continúa rampante y regresan las matanzas de jóvenes en Medellín.

Hay motivos para exasperarse y clamar al cielo. Pero no para creer que un Presidente recién posesionado puede darle un vuelco súbito a este estado de cosas. En los dos meses que lleva Samper encaramado en ese potro, hay que decir que le está cogiendo el paso. Ha resultado mucho mejor Presidente que candidato, lo que confirma la tesis de que la Presidencia imprime grandeza y las personas se crecen en el cargo.

Y no arrancó bien. El chicharrón que desde el primer día (narco-casetes) hasta el presente (declaraciones de Toft) le ha tocado con los gringos con motivo del eterno problema de la droga, ha sido sin duda desgastador. Pero ha servido para calibrar su temple frente a una maldición que lo acompañará durante todo su gobierno.

En este campo, me ha parecido acertada y oportuna la reacción del Gobierno frente a lo sucedido en la Comisión Primera de la Cámara y la llamada narco- ley , que pretende embolatar la posibilidad de sancionar el enriquecimiento ilícito. Son estas las actitudes que los colombianos decentes esperan de su Gobierno, pues se sabe que -más allá de la argumentación jurídica- de lo que se trata es de dotar al Estado de instrumentos eficaces para combatir la corrupción y controlar el poder económico del narcotráfico. Aquí tiene que fajarse.

En el terreno de la paz, no ha habido cambios significativos. Pero por lo menos el Gobierno no se ha precipitado a negociaciones sin futuro. Con Betancur y Gaviria se aprendió que no puede haber afanes con una guerrilla tan veterana pero tan descompuesta, tan llena de dinero y carente de ideales. Samper debe seguir moderando sus explicables ganas de dialogar -y las de congresistas, alcaldes y gobernadores-, hasta que haya señales serias de que vale la pena sentarse a la mesa.

En lo económico, aún no se ve bien para dónde va este Gobierno. Es evidente su deseo de diferenciarse del anterior, en lo que al énfasis social se refiere; noble propósito, siempre y cuando la búsqueda del corazón de la apertura no conduzca al desbarajuste de un modelo que estaba mostrando sus beneficios.

A Hommes lo que es de Hommes y a Perry lo que sea de Perry. Pero que sea por el progreso real del país, y no por ínfulas de originalidad o emulaciones políticas o personales. Circunstancia que se aplica aún más en lo que tiene que ver con la Presidencia.

Lo digo porque entre Gaviria y Samper se está alimentando -las más de las veces por chismes y versiones acomodadas- un distanciamiento que no debe continuar. Poner fin a estas fricciones corresponde más a quien está en el poder y necesita menos de enfrentamientos estériles. Bastante tiene ya con enemigos verdaderos.

Es, en fin, por consideraciones particulares, por sus decisiones y conductas específicas, paso a paso y tema por tema, por lo que tocaría juzgar el cuatrienio que comienza. Sin pretender que solucione todo ya o aplique textualmente la Constitución, cosa que no ha logrado ningún Presidente de Colombia.

Un poco más de calma. Más análisis concreto de la situación concreta, como decía Lenin, y menos exigencias ingenuas. La exasperación la sentimos todos. Sirve para desfogarse, pero para poco más. El hombre está apenas arrancando. Démosle un tiempo para que gobierne y actúe. Y ahí sí.

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