El candidato de la Costa

El candidato de la Costa

Cada vez que un filipichín de por aquí habla de corrido allá, se imagina Presidente. A veces es sólo una estrategia para una resignación anticipada: la Vicepresidencia, un cargo que se ejerce como el de los príncipes herederos: esperando la muerte del soberano. Otras veces ni siquiera eso.

20 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

El hecho de que la Costa no tenga presidente desde el siglo XIX hace posible que pretenderlo suponga una especie de épica regional. Se parte de la base de que tener presidente ayuda al mejor suceso de la región. A veces es así, como cuando a Medellín la Nación le financia el metro a 70 años. Pero a veces no es así: a Boyacá no le sirvió literalmente para nada engendrar tantos presidentes.

Pero puede que las ansiedades por el poder las padezcan sólo quienes lo procuran. Aquí nadie ha malogrado su vida por la ausencia de otro Núñez. El hombre caribeño desconfía del poder, probablemente hasta cuando lo ejerce.

Es posible que, al menos en parte, el auge desmesurado que el clientelismo tiene por aquí pueda atribuirse a esa ancestral desconfianza que hace que los vínculos con el Estado se sustituyan por unos de compadrazgo, más entrañables y perversos.

De hecho, Núñez despreciaba el poder que tan compulsiva y codiciosamente buscaba. Cada vez que lo obtenía iniciaba una fatigada diáspora. Se fugaba hacia las aguas fundacionales frente al Cabrero, no sin antes haberle endosado, con devolución a discreción, el mando a algún miembro de las aristocracias aldeanas de Bogotá. Había algo desdeñoso en esa omisión continuada, en ese afán de ejercer el poder a distancia, a destiempo y por manos interpuestas.

Cuando el primer corregidor, don Apolinar Moscote, llegó a Macondo, José Arcadio Buendía acudió presuroso y arrogante a su despacho. Y le espetó: “Y para que lo sepa de una vez, no necesitamos ningún corregidor porque aquí no hay nada que corregir”. Desde entonces, el poder, así lo ejerzan gentes de aquí, nos luce siempre advenedizo.

El poder tiene una eficacia simbólica que nunca logra seducirnos a plenitud.

Ni para ejercerlo ni para padecerlo. Cierto fatalismo inteligente nos enseña que todo va a joderse de todas maneras, en parte por responsabilidades atribuibles al poder. No hace falta que nos amarren al mástil porque somos sordos fáciles para los cantos de esas sirenas. Hemos sabido, quizás desde siempre, que no hay sirenas, sino manatíes con tetas.

Parte de la “cultura del dejao” que construyó Fals Borda proviene de ese allanamiento social que busca desmitificar el poder. Un poco como si el trato confianzudo pudiera lograr el milagro de desnudar su indigencia. Y su codicia, siempre a punto de saqueo. Arcadio le prometió alguna vez a su padre José Arcadio, luego de que este se apoderara de todas las tierras, “crear una oficina de registro para que legalizara los títulos de la tierra usurpada”. Las cosas no cambian demasiado.

La última vez que eso de presidente costeño tuvo alguna relevancia fue cuando las controvertidas y despojadas elecciones de 1970. A la postre, la historia no fue muy edificante, porque Evaristo Sourdis fue derrotado por Pastrana y por Rojas Pinilla. Este último le ganó a Sourdis en Barranquilla, capital del departamento de donde aquel era oriundo y a escasos 45 kilómetros de su natal Sabanalarga. Costeños teníamos que ser.

Afortunadamente, esa especie de negligencia esencial ha impedido que alguien resucite el embeleco del candidato costeño. Hasta que aquí no logremos deshacernos de los intermediarios del poder, nuestros compadres, más peligrosos que el poder mismo, no valdrá la pena reanudar la búsqueda de otro Núñez. Que ni habrá. Todas las profecías, todos los indicios oraculares, todos los presagios, todos los desciframientos del vuelo de los pájaros, indican, además, que este no es el mejor momento para intentarlo.

¡Que el señor nos libre y nos favorezca!

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