Noviembre era una fiesta

Noviembre era una fiesta

En la medida que las ciudades y la teleunificación crecen, las sociedades necesitan fortalecer sus códigos de convivencia y sus expresiones culturales. De lo contrario, seguiremos reemplazando tales códigos por otros inspirados en el desprecio por la cultura vernácula, cuando no en la agresividad azuzada por el desempleo. El resultado mínimo es la indisciplina como afirmación de libertad sin deberes, como vemos cada año en Cartagena en la cabalgata de la Popa, en El Patial de Manga o, a ratos, en las mismas Fiestas de Noviembre.

15 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

¡Caramba! Pero qué cosas hago, si no es momento de filosofar sino de recordar aquellas fiestas lejanas cuando en Cartagena de Indias disfrutábamos el disparate tropical de un carnaval en pleno mes de noviembre.

Mis primeros recuerdos de las fiestas están ligados al olor de la pólvora y al reinado de belleza, aunque entonces este fuera más doméstico y con obispo fiscalizando cada centímetros de hermosa piel. Había mucho capuchón, algunos murciélagos, los negritos brillando de negro, amén de dos o tres comparsas escuálidas que a última hora aparecían tras de las reinas hasta que Nilda Meléndez irrumpió con su mundo desbordado desde el Cabildo de Getsemaní.

Ebrios de pólvora, aun con los capuchones puestos, y después de habernos enfrascado en batallas interminables de buscapiés al calor de la tarde y el ron blanco, terminábamos al anochecer oyendo las papayeras de un rumbeadero montado sobre un bastión amurallado donde los almendros brotaban de las piedras centenarias. Se llamaba el “Refugio de las Reinas”, aunque allí las únicas reinas bajo el cielo estrellado eran las mulatas alegres que nos servían el trago.

Creo que las cosas no han cambiado mucho, solo que el reinado se adaptó a las demandas telecomerciales de los nuevos tiempos, y a los negocios de la muralla hoy se sube en guayabera de lino blanco...

Me vienen estas reflexiones ahora que llegaron las reinas puntuales con su enorme poder para paralizar al país y, de paso, hacer que el alcalde de turno asfalte sin falta los huecos anuales de la avenida junto al mar. Pero no se puede regresar en el tiempo por más que hoy las fiestas a muchos parezcan solo un embeleco atravesado por intereses comerciales que han suplantando la raigambre cultural; y en cuanto al supuesto esplendor de las antiguas fiestas, hay que admitir que eran (y son) un peligroso episodio de pólvora apenas dulcificado por las añoranzas de la juventud perdida.

En lo referente a la escasa tradición folclórica novembrina, esta se extinguió, no porque haya existido en ello un esfuerzo deliberado por matarla sino porque los cambios de mentalidad y el desinterés así lo quisieron. De todas formas, en los barrios siempre habrá un folclor que rescatar y una cultura tan degradada o tan sofisticada como queramos entenderlo.

Lo que sí es cierto en las “fiestas” actuales es que la primitiva conmemoración cívica ha sido relegada por un carnaval que perdió la memoria de sus orígenes. Estas fueron rebasadas por nuevos actores sociales y económicos en una ciudad irremediablemente distinta que les exige un reacomodo de la idea original, mientras a la gran masa se le concede cuatro días festivos sin relación con los motivos históricos.

No deja de ser una ironía que la Independencia, que tanto sufrimiento significó para la ciudad, ahora sea celebrada con un carnaval con muy escasa memoria de lo que lo origina y con insuficientes raíces populares, por más que haya servido de vehículo para manifestaciones culturales auténticas. No podemos negar que, embriagado por el espíritu novembrino, y unos cuantos rones, el gran Clímaco Sarmiento habría compuesto el inmortal Pié pelúo...

abateraynal@yahoo.es

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