Gustavo Petro: el mejor

Gustavo Petro: el mejor

Orgulloso militante del Polo Democrático, es difícil encontrar que un congresista como Gustavo Petro hubiera realizado, este año, una mejor acción en el ámbito de los debates parlamentarios. Aparte de haber estudiado e investigado cada caso, su participación tuvo efectos concretos.

15 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Específicamente al destapar esa olla podrida de la política amangualada con el paramilitarismo.

No era su propósito buscar que los congresistas comprometidos hasta la coronilla con los ‘paras’ terminen pudriéndose en una cárcel, y así lo dijo: al fin y al cabo, son seres humanos de carne y hueso. Pero su victoria radica en que la razón estaba de su lado. Que sus denuncias no eran montadas ni falsas, ni sus graves acusaciones resultaron infundadas. Es ahí, en la fuerza de la razón y no en el aullido de los insultos, donde radica la consistencia de un parlamentario que, además, ha brillado por su oratoria, entre tanta mediocridad verbal. Uno puede compartir o no sus posiciones ideológicas, pero lo que es innegable es que se trata de un expositor argumentado y de un hombre valiente, como lo demostró de sobra cuando el escándalo del Banco del Pacífico contra el Banco Andino.

Es curioso que esta nota coincida con el Congreso del Polo convocado ahora, en donde ya existen tendencias casi antagónicas, como las de Lucho Garzón con el propio Petro. Y aunque ignoro si se trata de una convención para medir fuerzas internas, lo que es claro es que, hoy por hoy, Petro tiene gente y tiene Partido, en tanto que el Alcalde, que fue elegido por esta colectividad, cada vez se muestra más distante de ella.

La verdad es que las recriminaciones que sus opositores le hacen a Petro son baladíes, por no decir estúpidas. Que fue guerrillero. Que fue del M-19.

Que tiene, por consiguiente, las manos untadas de sangre. Esto último él ya lo desvirtuó y el hecho de que haya estado en la clandestinidad política, como Antonio Navarro, Rosemberg Pabón, Vera Grabe y otros más, no es una debilidad –según pretenden enrostrársela sus contradictores–, en la medida en que el Estado (encarnado en el gobierno de turno, en ese entonces la Administración Barco) aprobó en el Congreso una amnistía, justamente para incorporar a tales insurgentes a la vida civil.

Dichas figuras, como la amnistía y el perdón judicial, no se acogen porque sí ni a las volandas, sino por la conveniencia de hacerlo en un momento crucial. Si se quiere, porque predominó un interés público y político, por encima de los actos violentos en que el ‘eme’ había incurrido años atrás.

¿No es, acaso, eso lo que se busca con el Eln y aun con las Farc? ¿O con el mismísimo paramilitarismo? Aludo, claro, a los ‘paras’; no a los políticos-paramilitares, que son muy otra cosa.

Petro, además, ha cambiado de estilo y de lenguaje. Ya dejó el sonsonete de “ustedes los ricos” o “los oligarcas”, por frases más convincentes y con sustento. Ojalá hubiera más Petros en el Congreso, y también más Jorges Enriques Robledos, y más Piedades Córdobas, a quienes lo máximo que pueden endilgarles es que “son chavistas”, como si se tratara de un pecado mortal.

(Yo no lo soy, porque considero que, aparte de populista, Chávez es gran desestabilizador regional, y por eso en Ecuador posiblemente va a triunfar el populismo de derecha con Novoa, y no el de izquierda con Correa. Es decir, por la inaceptable injerencia chavista en la soberanía interna de otros países).

Por lo demás, poco y nada tiene que ver este escándalo que apenas comienza con el llamado proceso Ocho Mil. Mientras en este se cometieron toda clase de vejámenes, arbitrariedades e injusticias por parte de la Fiscalía, aquí lo deseable es que cada sindicado tenga derecho al debido proceso, frente a las investigaciones de la Corte Suprema. Sin necesidad de estrujarlos en asfixiantes cuartos con voces distorsionadas, como se hizo, so pretexto de escudriñar hasta los tuétanos a muchos de los presuntos involucrados con el Ocho Mil.

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