Del orgasmo masculino y sus pequeños avatares

Del orgasmo masculino y sus pequeños avatares

Hace algunos días leímos en el diario EL TIEMPO que, de vez en cuando, los hombres también fingen sus orgasmos. ¡Vaya novedad! Las mujeres lo sabíamos hace siglos. Pero, por solidaridad, lo callamos porque a nosotras también nos sucede. Y porque no queríamos meternos con ese tan viril narcisismo que tienen los hombres entre las piernas.

15 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Además, no veo el problema ante semejante noticia. Los hombres no son distribuidores automáticos de orgasmos y el hecho de que, a veces, también finjan me parece esperanzador, pues los humaniza, los vuelve vulnerables y detentores de una sexualidad caprichosa, tal cual como la sexualidad femenina.

Y sabemos también que esta representación cultural de una sexualidad masculina puntual, lineal, silenciosa, finita y siempre exitosa no es sino un formidable mito occidental. Que, por cierto, les está pesando demasiado hoy día cuando las mujeres se han vuelto también sujetas de su propio deseo después de siglos en los cuales éramos solo objetos del deseo masculino.

La revolución de las mujeres –una revolución ante todo sexual, pues siempre he pensado que la piedra angular de la revolución femenina fue la anticoncepción, que hizo posible, por primera vez en la historia de la humanidad, separar la sexualidad de la reproducción– permitió relativizar la importancia de la penetración, reubicar el orgasmo masculino y construir poco a poco nuevos imaginarios relativos a la sexualidad.

Entre otros, tal vez, permite hoy desbancar el mito del “latin lover”, ese amante perfecto que distribuye orgasmos en silencio y sobre pedido y que hace feliz a cualquier hembra en calor.

Me alegro de que los hombres, gracias a los avances de las mujeres, se vuelvan más hombres y menos machos, es decir, más frágiles y vulnerables, menos silenciosos en el amor, más humildes en la cama, más asustados ante ese encuentro de dos cuerpos en la intimidad, más preparados para los amores difíciles y sexualidades caprichosas e inciertas.

Sí, los hombres pueden fingir orgasmos como nosotras a veces lo hacemos, pero lo ideal sería que hombres y mujeres seamos capaces de mostrarnos tal como somos: humanos, llenos de contradicciones a cuestas, sujetos y sujetas de historias complejas cuya sexualidad es entonces precaria, difícil y así mismo apasionante.

Y ante esta necesidad imperiosa y construida culturalmente de orgasmos, existen hoy múltiples otras salidas gracias al erotismo que nos permite juegos infinitos que son los que posibilitan mantener el deseo vivo en el otro, en la otra. A veces sin penetración y con imaginación, se encuentran otras vías para nuevos orgasmos, o tal vez “olasmos”, nuevas playas, nuevas aldeas desconocidas, nuevos territorios misteriosos para el placer.

Ojalá seamos capaces de erradicar del todo la simulación de un orgasmo, que no siempre representa la única promesa de felicidad para nosotras y nosotros. Ojalá humanicemos la sexualidad, es decir, la complejicemos, porque los humanos somos así: seres de amores difíciles y a menudo contrariados. Ya lo había dicho hace tiempo y con soberbia maestría, el mismo Gabo.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

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