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FUENMAYOR, EL MAESTRO QUE DESCUBRÍA TIENDAS

FUENMAYOR, EL MAESTRO QUE DESCUBRÍA TIENDAS

Va a pasar mucho tiempo para que en Barranquilla dejen de ver la figura de Alfonso Fuenmayor en alguna de las esquinas del barrio Abajo. Sus amigos no se van a olvidar fácilmente del hombre que muy a menudo se aparecía con la noticia de que había descubierto una nueva tienda; otros van a extrañar al buen jugador de dominó; los tenderos de ese barrio se van a tener que hacer a la idea de que su cliente más entretenido ya no está; los pelaos de la calle ya no van a ver más a ese señor de guayabera o camisa clara que bajaba solo en su carro gris, a eso del mediodía, y al que se acostumbraron a saludar como oyeron decir a toda la ciudad desde cuando eran pelaítos: maestro Fuenmayor .

En la familia, los amigos, los tenderos, los cómplices del dominó y también en sus discípulos, Fuenmayor dejó recuerdos similares: barranquillero del alma; generoso con todo mundo; lector de madrugadas y anocheceres (siempre con libros o revistas a la mano); liberal en su espíritu, a muerte , dicen; bebedor de Costeñita; dueño de los billetes más arrugados de Colombia; buen pescador y nadador; uno de los más grandes junioristas; exigente a la hora de comentar un libro o un artículo; mamagallista, y buen conversador, a pesar de cierta gaguera que no lo abandonó nunca.

Muchos, aún sin haberlo leído jamás, entendieron que Fuenmayor era un tipo especial. Alvaro Cepeda Samudio lo había predicho de tiempo atrás: Fuenmayor es tan inteligente que aprendió a jugar dominó estando viejo .

Y aunque más de uno se quedó con el recuerdo de los últimos años, cuando el maestro cumplía su viacrucis diario de entrada por las tiendas del barrio Abajo: La Pausa, Paralelo 38 y La Preferida (que era su preferida), a Alfonso Fuenmayor no lo sacarán nunca de La Cueva.

Esa fama de hombre que descubría tiendas empezó a cosecharse desde ahí. Fue él quien a mediados de los cincuenta descubrió esa esquina de la carrera 43 con calle 59, de la que hoy solo se mantienen ese bonito nombre y su fachada, porque adentro, en la pared que antes dominaba Alejandro Obregón, los beisbolistas gringos son los únicos que ponen la cara.

En el lugar nada habla de las tardes de conversaciones con cerveza y boleros de fondo, con pescadores y cazadores entre la clientela. Un lugar que se animaba con la presencia de Fuenmayor, Gabriel García Márquez, Alejandro Obregón, Germán Vargas Cantillo, Alvaro Cepeda Samudio, y otros como el pintor Noé León, Enrique Scopell, Juancho Jinete Avendaño, y la figura mayor de Ramón Vinyes, más conocido como el Sabio Catalán (hay quienes dicen que ese nombre, con el que aparece en Cien años de soledad se lo puso Fuenmayor). Tienda que no pisó mujer alguna, sino hasta finales de los años sesenta cuando entró la pintora Cecilia Porras o cuando se expuso una obra de Obregón en el salón contiguo y muchas fueron en plan de visita curiosa.

Los Clásicos en la nevera La Cueva era una tienda de Eduardo Vilá Fuenmayor, primo de Alfonso - recuerda su amigo Enrique Scopell-. Fue Alfonso quien nos llevó a todos sus amigos allá. Primero era una tienda de víveres y Alvaro (Cepeda Samudio), que era jefe de publicidad de Aguila, puso los congeladores. Cuando nos reuníamos no siempre se hablaba de literatura, allá se conversaba de todo. El grupo no se hizo por hacer un grupo, eran amigos por ser amigos .

Eduardo Vilá fue quien se encargó de colgar en la pared un aviso de presentación, a propósito de sus visitantes fijos, que Juancho Jinete recita de memoria: Rico rato, sin libros ni patos .

Detrás de ese entusiasmo había un trabajo muy profundo. El grupo no fue un grupo de bohemia, superficial, como dicen, mi padre insistía en eso -cuenta Rodrigo Fuenmayor-. El hablaba siempre de las horas y la disciplina que tuvieron que acumular. De allí salieron pintores y escritores, es cierto, pero trabajaron duro .

En La Cueva había varios grupos: los cazadores, los pescadores y ellos. Ellos y Faulkner. Entonces, cómo no iba a nacer toda esa literatura, en medio de esa combinación? , cuenta Beatriz Manjarrés, amiga de Fuenmayor y discípula suya en El Heraldo.

De La Cueva, Fuenmayor se encargó de dejar memoria en su único libro Crónicas del grupo de Barranquilla. La segunda parte fue uno de los sueños que consideró siempre. El nos decía no me empujen, que el libro yo lo voy a terminar ... , cuenta Juancho Jinete.

Por estos días, su nieto tiene la tarea de buscar en los archivos del computador algo de esos recuerdos.

Poco escribía últimamente -apunta Scopell- pero lo que nunca dejó de hacer, aún enfermo, fue leer, tres semanas antes de su muerte todavía leía . Y Juancho Jinete agrega: tenía una respuesta para todo; si no sabía algo al día siguiente llegaba con la respuesta. Su primo Vilá decía que Alfonso tenía el libro de las cucarachas, donde averiguaba todas las cosas .

No sé dónde están sus fotografías, porque en la casa los libros desplazaron el espacio para otras cosas. Mi padre leía de todo, se inició con los Clásicos y con ellos terminó. Era apasionado; a veces se la pasaba leyendo en su hamaca. Yo no creo que en ninguna casa del mundo hubiera libros hasta en las neveras, porque cuando él era socio de una emisora, le pagaban las cuñas con electrodomésticos, entonces llevaron a la casa neveras y ahí, donde iba la carne, estaban los Clásicos. Cada vez que yo viajaba al exterior, él me pedía que le trajera libros, pero libros que era toda una aventura encontrar, títulos que sólo se conseguían en las librerías de viejo .

Entre los Clásicos de Fuenmayor habría que incluir a su padre José Félix Fuenmayor, a quien él mismo, con sincera modestia, consideró en sus Crónicas... como el autor que influyó en el grupo de Barranquilla desde el punto de vista narrativo.

Parranda en el cielo En las tiendas del barrio Abajo también recuerdan a Alfonso Fuenmayor en compañía de los libros. Cuando venía se traía las revistas o libros, dejaba el carro afuera y se sentaba a leer toda la tarde , cuentan Doris Ortega y Rosa Villanueva, de la tienda La Pausa; Acosta, su mecánico, muestra con orgullo un Larousse que le regaló el año pasado, y Ernesto Durán, el de La Preferida, dice lo que muchos otros en Barranquilla cuentan como leyenda ya, que él le echaba una mirada a los libros de García Márquez antes de que los publicara. A veces dejaba de venir y nos decía que no había vuelto porque tenía una visitica: Gabito ... El nunca vino por aquí, pero nosotros siempre tuvimos la ilusión de que el maestro Fuenmayor lo trajera .

El cariño de Fuenmayor por el barrio Abajo no fue cosa de los últimos años cuando trabajaba en el Diario del Caribe; le viene de siempre. Era allí donde pasaba el domingo de Carnaval, al lado de Pedro Nucci en cuya casa almorzaba sancocho de guandú y sábalo. Nucci fue amigo de muchos años, de visitas al café El Lobo y de partidas de dominó que podían empezar una tarde y terminar a la siguiente.

Alfonso conocía los peluqueros, los emboladores, los vendedores de guarapo, los inmigrantes, los dueños de los talleres, también al intendente fluvial y al personal del muelle, a todos , cuentan Juancho Jinete y Scopell.

En eso coincide el hijo del maestro: Tenía muchos amigos. Hubo un grupo que fue estable en el tiempo y con el que mantenía correspondencia y conversaciones. Pero había otros, desde el latonero y el futbolista retirado, hasta el carpintero y el hombre de Estado. Y era un hombre muy universal, a pesar de ser tan barranquillero. Sin esfuerzo podía pasar de Shakespeare a los versos del Carnaval de Barranquilla, eso sí, nunca se disfrazó .

Esa relación abierta con la gente le dio ideas para escribir cientos de editoriales que aparecieron en los periódicos El Heraldo y Diario del Caribe. Fuenmayor, un hombre que se sentaba en las aceras o en las tiendas a escuchar a todos aprendió así muchas de las voces y dichos barranquilleros que con frecuencia usaba.

Conocer a la gente, con todo y sus problemas, nunca lo hizo pesimista, al contrario era un optimista en el país , apuntan los amigos. Era tan conocedor de la realidad de su ciudad que dos veces le hicieron ofertas para la Gobernación. Sus cercanos justifican su negación con varias razones: por no usar saco y corbata, y porque no iba a cambiar el barrio Abajo por la Gobernación. De la política estuvo cerca cuando fue senador suplente de Martín Leyes, pero fue un periodo breve.

Tenía un espíritu liberal en el más amplio de los sentidos. Ninguno de sus hijos quisimos dedicarnos a escribir como él, sin embargo dejó que escogiéramos libremente. A los hijos nos enseñó siempre de ética, honradez y principios morales. Decía que si a uno le iba mal con eso era porque el resto de la gente estaba equivocada .

Dos meses atrás en el barrio Abajo empezaron a extrañar su presencia. No volvieron a ver su carro gris ni a escuchar su voz. No entendieron, porque Fuenmayor fue un hombre que no perdió nunca sus costumbres. No dejó de leer, no dejó de decir lo que pensaba y no dejó de andar por ahí buscando tiendas...

Hace como un año, cuando salíamos ya para la casa como a las seis, y que yo manejaba porque él, poste que veía, poste al que se le metía, me dijo que nos desviáramos, que fuéramos por la Vía 40 porque había descubierto una tienda. Después me llevó por el estadio Tomás Arrieta, donde había otra que me quería mostrar... Siempre las descubría primero que todos , dice Scopell.

Por eso fue que el martes en la noche Juancho Jinete, Enrique Scopell, Joaquín Ripoll e Italo de Vivo, lo despidieron en su velorio acompañados con dos botellas de whisky, muchas palabras y algunas lágrimas. Ya se fueron casi todos. Lo único que esperamos es que allá en el cielo estén haciendo una parranda .

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