ALEJANDRO LUNA

ALEJANDRO LUNA

La primera vez que actuó en teatro le pidieron que, de paso, hiciera la escenografía. Era estudiante de arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México. La segunda vez lo dejaron actuar con la condición de que volviera a encargarse del decorado del escenario. A la tercera, le pidieron que hiciera la escenografía, pero con la condición de que no actuara. No es que sea mal actor, sino que es mejor como escenógrafo. Esa experiencia no lo desanimó y ahora, cada vez que puede y alguien se descuida, termina haciendo papeles cortos en alguna obra de teatro, en un programa de televisión o en una película de cine.

22 de octubre 1992 , 12:00 a.m.

Como arquitecto comenzó lidiando amas de casa con ínfulas de diseñadoras y construyendo hospitales y edificios públicos. Pero como el teatro es su gran afición, terminó especializándose en la construcción de los mismos, asesorando a otros para que los edifiquen, diseñando escenografías y, si es el caso, se le mide al vestuario y todo lo que signifique poner en escena una obra. También ha hecho trabajos para cine, televisión y ópera.

No necesita de musas para inspirarse; con sus sueños basta. Cada vez que tiene un proyecto entre manos, lee el texto y se acuesta a dormir. Lo que sueñe resulta adecuado, reforzado con algunas lecturas de la época.

Así es como ha hecho este mexicano con montajes familiares para los colombianos como Torquemada, hace veinte años, para un festival de teatro de Manizales; Los enemigos, para el Segundo Festival Iberoamericano de Bogotá, y La noche de Hernán Cortés, que repite este año.

Ahora regresa para encargarse de la escenografía y la iluminación de La muerte y la doncella, la obra que estrena hoy el Teatro Nacional con la actuación de Vicky Henández, Helios Fernández y Jairo Camargo y la dirección de Fanny Mikey.

Aquí llegó con esas pequeñas maquetas que lo hacen sentir muy torpe. Por eso se deja ayudar de Diego, su hijo de 13 años, quien resultó mucho más hábil. Alejandro Luna Ledesma es viudo y tiene también una hija: María, de 27 años.

Su estancia era por poco tiempo pero no se quiere ir. La gente, el paisaje, la arquitectura y la comida lo tienen encantado. La arepa, los fríjoles y el ajiaco, pasando por los jugos, no lo han dejado extrañar las tradicionales tortillas con chile.

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