LA DE CARTAGENA, UNA AFICIÓN DELIRANTE

LA DE CARTAGENA, UNA AFICIÓN DELIRANTE

Mientras la afición por el béisbol ha ido languideciendo en esta ciudad, considerada cuna de la pelota caliente, la del fútbol crece como la espuma y se torna delirante. Para comprobarlo basta con ir al estadio Pedro de Heredia cuando juega el Real Cartagena. Miles de fanáticos colman las graderías de sombra y de sol, llevan pancartas, visten de colorines, gritan, saltan, aplauden o mientan la madre a los árbitros; escuchan a los narradores, en pequeños transistores; toman licor, tocan gaita, aplauden, hacen sonar sus bocinas y sobre todo vibran de emoción con el gol.

22 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

No importa que el estadio este en pésimas condiciones locativas y no ofrezca comodidad alguna, que llueva, truene o relampaguee, los aficionados cartageneros van a ver a su equipo, a estimularlo, a demostrarle su afecto.

Tampoco importa que ocupe el último lugar y que esté al borde del descenso, ellos lo acompañan con igual pasión.

El lunes, cuando se jugó el clásico entre Real y Unión Magdalena, después de haber sido suspendido el fútbol del domingo por los sismos que sacudieron al país, todo estaba en contra de una buena taquilla: día de trabajo, lluvia torrencial durante toda la mañana, posibilidad de nuevos temblores.

No obstante, por lo menos 10 mil personas fueron al partido y vivieron minuto a minuto las acciones que terminaron con marcador de 1-1.

Esta es una afición increíble dice el comentarista deportivo de RCN, Manolo Duque y se le debe premiar siempre con buenos jugadores y un excelente técnico; también, mejorando el estadio .

En efecto, a los seguidores del Real poco les importa que su equipo sea el colero porque han comenzado a sentir ese cosquilleo interior del aficionado puro que vibra con su onceno cada vez que sale a la cancha. Sin embargo, están apareciendo grupos al estilo hooligans que pueden causar problemas. El lunes, fueron protagonistas de escenas peligrosas. Hooligans criollos Estimulados por su pasión de hinchas y una que otra cerveza, un numeroso grupo de personas fue al estadio para animar al Real que se las jugaba todas ante el Unión, y de paso cobrarle una cuenta al presidente de ese equipo, Eduardo Dávila Armenta.

Dávila había votado en asamblea de la División Nacional del Fútbol Colombiano Dimayor a favor del descenso y a las puertas caer está el equipo cartagenero. De modo que los hooligans criollos creyeron llegado el momento de saldar cuentas.

Ante Dávila, en pleno estadio, utilizaron toda clase de epitetos ofensivos y estuvieron a punto de agredirlo. La situación era explosiva pues con el dirigente se encontraba el gobernador del Magdalena, Miguel Pinedo, a quien custiodaban unos guardaespaldas con ametralladoras y armas cortas.

Al final del cotejo, los exaltados aficionados salieron del estadio y continuaron los ataques contra Dávila y sus acompañantes. Cuando subieron a sus vehículos para partir, hubo amenazas de pedrea pero la policía lo impidió. A Dávila le recordaban que debía mucho a la afición cartagenera, que apoyó como nadie al Unión cuando el ciclón bananero tuvo que venírse a ésta ciudad porque en Santa Marta había perdido toda credibilidad ante sus hinchas.

Al locutor Campo Elias Teherán Dix, de RCN, también querían agredirlo porque entrevistó a Dávila y cuestionó a los hooligans locales. Fiesta a todo vapor Fuera de ese aspecto negativo, el fútbol en Cartagena es una fiesta que se vive intensamente.

Horas antes de los encuentros, los aficionados se van a los alrededores del estadio, toman cerveza y ron Tres Esquinas, comen empanadas con huevo y toda la fritura cartagenera antes de ingresar a presencia las acciones del juego de turno.

Una vez en las graderías comienzan a corear a su equipo y pordebajear al contrario, como sucede en todos los estadios del país. Las pancartas, las cornetas, las gaitas, son nota destacada y todo el mundo participa de la extroversión.

Cuando hay malos arbitrajes, los hombres de negro son blanco de los insultos y las mentadas de madre , como también ocurre en todos los estadios.

Pero cuando pitan bien llegan los aplausos y las palabras de estímulo, como pasó el lunes, cuando el árbitro Luis J. Marín fue despedido con palmas por los miles de aficionados que vieron el cotejo entre Real y Unión.

Cuando hay triunfo e inclusive pérdida con un buen partido, la fiesta se arma en los kioscos cerveceros y los estaderos vecinos. Allí, se toma hasta el amanecer, hablando de las jugadas, de quienes actuaron bien o la embarraron , de los árbitros, de los técnicos, de los narradores, de lo que pudo haber sido y no fue. De todo.

En estos días, hay tristeza entre los hinchas cartageneros porque se teme que llegue el descenso y el Real sea enviado a la Primera B. Esa situación sería negativa, ya que la afición podría resentirse al máximo y perder su entusiasmo...

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