LOS BOMBEROS-BUZOS DE BOGOTÁ Pescadores de muertos

LOS BOMBEROS-BUZOS DE BOGOTÁ Pescadores de muertos

Los 25 buzos del Cuerpo de Bomberos Oficiales de Bogotá que conforman el escuadrón de rescate acuático han aprendido, como los ciegos, a ver con las manos.

12 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Bajo las fuentes de agua oscuras y heladas de la sabana de Bogotá tienen que poner a prueba su valor y tantear la nada en busca de suicidas, accidentados y asesinados.

Su caso más reciente lo afrontan desde el lunes en el río Bogotá, a la altura de Fontibón, donde Helber Divalier Szabo, un menor de 13 años, cayó a las aguas cuando cruzaba el puente de la carrilera en su bicicleta.

De Helber solo ha aparecido la cicla y aunque saben que su trabajo tiene que ver más con la muerte que con la vida, los buzos siempre albergan la esperanza de que la persona haya logrado nadar hasta la orilla.

“Uno sabe que si lo llaman es porque la persona ya está muerta, pero uno nunca logra acostumbrarse”, afirma Pablo González, buzo desde hace seis años.

El teniente Eduvin Tovar, con 28 años en el escuadrón, expone su trabajo más tajantemente: “Nuestra satisfacción llega cuando le podemos entregar el cuerpo a los familiares y a pesar del dolor, les quitamos un peso de encima porque al menos lo pudieron ver por última vez”.

Trabajo pesado Para el que se va a meter al agua, cada jornada de trabajo es similar: A un lado dejan el overol y el traje aislante de 10 kilos de peso de los bomberos de tierra y se enfundan en trajes de neopreno, de los pies a la cabeza, y pasan a ser bomberos de agua. Allí, en medio del silencio, sus manos se encargan de traducir la maleza del fondo, los palos y la basura que suelen encontrar.

Leyendas no faltan. Un cabo cuenta que una vez sintió que un brazo lo agarró de la pierna y que a otro bombero, lo ‘abrazó’ un cuerpo que se desplazaba por las aguas.

El jueves el turno de inmersión le tocó a Diego Palacios, de 24 años, el más joven del grupo, y quien confiesa que lo único que ha sacado del agua es un bote hundido en una laguna de oxidación.

A eso de las 4 de la tarde, un aguacero hizo que se detuviera el rescate y Diego salió a la superficie con un sinsabor. “Salir con las manos vacías siempre da tristeza, y mucho más cuando estas buscando a un menor de edad”, dice.

El sargento Jairo Bolaños, con 25 años de buzo, recuerda el caso de dos hermanitos que cayeron al río Tunjuelito, el año pasado. “Duramos casi 15 días en operativos y solo uno de ellos apareció; el otro nunca lo encontramos”, dice nostálgico y confirma la impresión de que cada uno de estos hombres guarda en su interior un recuerdo doloroso de su trabajo.

Reglas de oro Hay varias máximas que los buzos bomberos llevan a cuestas tanto o más que sus tanques de oxígeno. La principal es que su vida está en manos de sus compañeros a la hora de descender. Otras son vencer el miedo, mantener la calma ante las sorpresas y no soltar lo que agarren, porque si lo hacen se va y no vuelve.

Pero si hay una que los llena de paciencia –esencia de su trabajo– es que ‘todo cuerpo que se hunde, algún día tiene que flotar’.

El teniente Tovar agrega: “Puede pasar un día o 15, pero mientras sube, allí tenemos que estar”. Y por lo pronto, eso es lo que están haciendo los bomberos con el pequeño Helber: buscar y esperar. Al igual que el padre del menor, que todos los días acompaña a estos hombres en busca de alguna noticia sobre su hijo.

luibad@eltiempo.com.co .

EL PAPÁ DE HELBER Es más fácil que baje Jesucristo a que aparezca mi niño. Se nos agota la ilusión de verlo de nuevo con nosotros”.

Nicolás Szabo y el río a espaldas.

RESCATE EN LO PROFUNDO En Bogotá hay 380 bomberos en las 20 localidades con cursos de salvamento acuático. Pero sólo 25 son buzos de ‘tiempo completo’.

Los ahogados del río Bogotá son principalmente por cuenta de accidentes. En este año solo se había presentado un intento de suicidio, y fue un joven bajo el efecto de las drogas.

Según el teniente Eduvín Tovar, mientras hace unos 10 años se hacían hasta 10 operativos de rescate al mes, hoy la cifra se ha reducido a máximo tres, gracias a campañas preventivas. La mayoría de casos han sido falsas alarmas.

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