La voz de una mujer que se salió de la guerra

La voz de una mujer que se salió de la guerra

–Mona, necesito que aliste una ambulancia porque nos vamos a cubrir rápido una emergencia rural.

12 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Sandra Valencia, una enfe rmera profesional, recibió esta orden de parte del director de una clínica de Pereira, donde se ganaba un salario que a duras penas le alcanzaba para darles comida a sus dos hijos.

Recuerda que esa noche salieron rumbo a las montañas de Risaralda a atender a varios heridos que dejó un combate entre guerrilleros y paramilitares.

Varias salidas idénticas después, el director sorprendió a Sandra. “Vámonos para el Caquetá a trabajar con los ‘paras’, apenas serán unos días”, le explicó.

Mientras que en Pereira se ganaba poco más de un salario mínimo, los ‘paras’ le pagaban 2 millones de pesos diarios. Tentada por el dinero, la Mona aceptó.

“Llegamos a Florencia, cogimos carretera durante varios días hasta que llegamos a un campamento con más de 500 hombres”, relata Sandra.

A los 20 días, su jefe se le acercó y le dijo: “Mona, yo me voy ya, tu quédate y revisa que estos heridos queden estables. Nos vemos, entonces, en unos días”.

Los ‘paras’ le pidieron a Sandra que los auxiliara hasta que llegara una enfermera de Caucasia (Antioquia) a reemplazarla. Pero ella jamás llegó y su jefe tampoco volvió.

Resignada, pero seducida al mismo tiempo por el dinero, Sandra cambió la bata por el camuflado y vivió la guerra durante cinco años.

Era la enfermera, pero le dieron un fusil para defenderse y en la selva le advirtieron que a la derecha del río estaban los soldados y a la izquierda, los guerrilleros.

‘No podía rebelarme’ “Nunca tuve causa para estar en la guerra, solo estaba allí para mandarle plata a mis hijos en Pereira”, cuenta. Y así como el dinero la llevó a las autodefensas, también la hizo desertar. “Al principio me pagaban bien y puntual, pero luego me empezaron a dar apenas 400 mil pesos cada cuatro meses”.

Una vez protestó por esa situación y recibió un duro castigo. “Me amarraron a un palo toda la noche, en ropa interior. En el Caquetá hay muchos zancudos y eso fue tenaz, fue el peor castigo”.

Pese al desespero, a Sandra no se le pasaba por la mente la idea de huir del campamento.

Y menos después de ver que a uno de sus compañeros que intentó hacerlo “lo torturaron, lo mataron delante de todos y luego lo tiraron al río”.

Sandra resistió hasta junio del 2005, cuando se le presentó la oportunidad de escapar.

Los paramilitares le permitían, de vez en cuando, bajar hasta los pueblos a atender niños y ancianos enfermos.

Cuatro días perdida en la selva “Llegó una señora en un caballo y nos contó que su hijo estaba mal. Yo le pedí permiso al comandante para ir a ayudarla, le dije que me demoraba todo el día, porque la casa de ella estaba a cuatro horas de camino, y él me respondió que sí, que fuera”.

Sandra atendió a la niña y durmió aquella noche en esa casa. Al día siguiente, decidió no retornar. Se persignó y emprendió la huida.

“Estuve caminando perdida por la selva durante cuatro días, hasta que salí a una carretera de Florencia. Entré a esa ciudad por el basurero”.

Allí, dice, se montó en una volqueta llena de arena y piedras, y llegó a Neiva. Luego, con los pocos pesos que tenía en sus bolsillos, partió en un bus rumbo a Bogotá.

Llegó a la capital a finales de junio del año pasado, a buscar ayuda.

“Sentía mucho frío y me entregué a la Fiscalía, estaba como una momia después del viaje”, cuenta.

Fue remitida al Programa de Atención Humanitaria al Desmovilizado del Gobierno, que hoy tiene a Bogotá como la ciudad más importante en esta materia.

En los últimos tres años, cerca de 7 mil de los 10 mil combatientes que han dejado las armas de manera individual en el país han realizado su proceso de reinserción a la vida civil en Bogotá.

Y lo hacen en la capital por seguridad y porque encuentran mayores oportunidades de empleo. “Acá estamos más protegidos. Si me hubiese ido para Pereira, no estaría hablando porque allá me ubican fácilmente y la deserción se paga con la muerte”, asegura Sandra.

Hoy recibe una ayuda humanitaria del Gobierno por 575 mil pesos mensuales, más un auxilio adicional de unos 200 mil pesos para sus dos hijos, de 10 y 12 años.

Varios expertos del proceso de reinserción en Bogotá la presentan con orgullo y como un ejemplo para los que quieren desistir de las armas.

Sandra reconoce que no ha sido fácil y que en un momento necesitó de la ayuda de un psicológo y de un taller de reconciliación y perdón con un sacerdote, para poder despejar todos los fantasmas de la violencia.

Hoy estudia medicina en una universidad de Bogotá y tiene un sueño claro: “Quiero ser médica cirujana, pero de guerra”.

yeslan@eltiempo.com.co .

BOGOTÁ, DONDE MÁS SE DESMOVILIZAN.

En el último año, ha crecido el número de combatientes que desertan de forma individual y llegan a Bogotá a buscar ayuda.

Mientras en el 2005 fueron 225, este año, hasta el pasado 31 de octubre, iban 396, según cifras reveladas a EL TIEMPO por el Ministerio de Defensa.

Por su parte, a Cali han llegado este año 25 ex combatientes y a Medellín, 104.

El director del Programa de Atención al Reincorporado de la Alcaldía de Bogotá, Darío Villamizar, sostiene que la mayoría de los desmovilizados que llegan a la ciudad provienen de Caquetá, Putumayo, Guaviare y la costa Atlántica.

Vilamizar dice que la mayoría se queda a vivir en la ciudad.

Añade que además de la oferta de empleo, otra de las ventajas de Bogotá es que cuenta con 18 hogares de paso, mientras que en el resto del país hay 7.

Tras salir de esos sitios y con la ayuda económica, la mayoría se ubica en viviendas de San Cristóbal, Rafael Uribe, Ciudad Bolívar y Kennedy.

EN UNA FRASE En Bogotá me siento segura con mis hijos. En otro lugar correría peligro, porque en los grupos armados ilegales la deserción se paga generalmente con la muerte”.

Sandra Valencia, desmovilizada de los paramilitares

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