La república de las letras

La república de las letras

En la república de las letras donde vivimos los escritores, salvo cuando se redacta un manifiesto para protestar contra algún impuesto al papel, cada cual tira para donde mejor le conviene, cada cual escribe como mejor puede y cuando triunfa le toca defenderse aún más que cuando fracasa. En este caso, se le abona que todavía esté haciendo el intento. Buscando entregar el libro que pegue, para que arrastre a los otros que no cuajaron. El triunfador editorial se parece sospechosamente al farsante, al tramposo, al producto falsificado por la malicia de los editores.

08 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

A Villegas Editores, que ha publicado a tantos plumíferos extraordinarios, excelentes y buenos, aunque no todos con demanda, le ha sonado la flauta comercial con Ángela Becerra –a quien no he tenido la oportunidad de leer–, a quien se califica como ‘la becerra de oro’ del editor. Porque vende más libros, la gran mayoría de ellos comprados, según las buenas lenguas de los colegas de la competencia, por el esposo español para inflar el boom de su cónyuge. Al autor de Sin tetas no hay paraíso, libro que leí por aguante y me pareció desmañado, pero con una trama manejada con mucha astucia, lo han acusado públicamente de bandido porque ha vendido. También en su momento fueron un banquete editorial los bodrios de Corín Tellado y Amanda Román, por más que se protestó contra ello.

A William Ospina no ha podido perdonársele la rápida sucesión de ediciones de su novela Ursúa, más la insolencia de anunciar que ya vienen dos tomos más de la trilogía, y le achacan el innegable golpe de suerte a un complot urdido desde México por amables celestinos del autor, cuales serían García Márquez, Álvaro Mutis y Fernando Vallejo. De Mutis ya ha quedado claro que es buen poeta pero que del arte de la novela no tiene idea, así lea todos los años En busca del tiempo perdido y ampare su personaje tras la sombra aventurera de Conrad. De Laura Restrepo, quien viene descollando desde su primer título, miran con desconfianza su último premio por haber adoptado los trucos lingüísticos de Saramago. Ni hablar de Jorge Franco porque este, en vez de hacer literatura, se ha dedicado a fabricar historias para el cine, que es otro género. Y Fernando Vallejo ya no cabe, por lo repetitivo con su insolencia.

Así, pues, queda casi imposible en esta ‘república’ ponderar un buen resultado. Porque podría ser que los mejores libros estén entre aquellos que no se venden. Los que no tienen lectores porque el gusto literario del público, entre editores vendedores y escritores ‘vendidos’ terminaron por pervertirlo. El mundo editorial estaría lleno de genios incomprendidos que no circulan. Pero, ¿qué clase de genios son aquellos que ni de hacerse comprender son capaces? Germán Espinosa menos mal que no vende mucho, y así su Tejedora de coronas sigue siendo una obra magna.

Héctor Abad Faciolince es un caso aparte. Aunque ejerce el cuidado del feudo, y en ocasiones es extremado en sus juicios acerca de quién logra salir avante, es un autor prestigioso, premiado de Medellín a la muralla china. Tampoco he leído un libro suyo, con lo que confirmo la mala uva del gremio, utilizando en mi defensa que tampoco me lo tengo que leer todo. Lo leo en sus columnas, donde admiro su espíritu combativo y la calidad de su prosa. Aunque a veces se pone demasiado dramático.

He venido a comprender el origen de su expresión urticante en la entrevista que le hace Félix de Bedout en El Espectador, y en el fragmento que se publica de su última novela, El olvido que seremos, centrada en el asesinato vil de su padre, el inolvidable Héctor Abad Gómez. La vocación de este escritor se consolida en el rencor, que no en la venganza, por la impunidad que cobija a los asesinos. Y con toda valentía se toma la libertad de ajustarles cuentas. Con la pluma, desde luego, que es el hacha más justiciera.

nadaismo@telesat.com.co

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