Contra la coca: ¿todos ponen?

Contra la coca: ¿todos ponen?

Cuando, el pasado jueves, en una reunión en Londres con representantes de once países europeos, el vicepresidente Francisco Santos lanzó la campaña ‘Responsabilidad compartida’, estaba subrayando la explicable preocupación del gobierno colombiano con el creciente aumento del consumo de cocaína en el Viejo Continente. La pregunta es qué tan efectivo es este tipo de iniciativas.

07 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Nada luce más justo. El mensaje del Vicepresidente resume la tesis de que es ilógico, injusto y desequilibrado que, mientras Colombia sufre una violencia que nace en buena medida del tráfico de narcóticos, los países desarrollados acepten su consumo y en muchos círculos la cocaína sea vista como una droga chic. Hoy, Europa cuenta con 3,4 millones de consumidores: 26 por ciento de lo que se calcula se consume en el mundo. En Gran Bretaña y España, las tasas de uso fijo han llegado al 2 por ciento, muy cercano al 2,3 por ciento de E.U. De allí la elemental exigencia de un compromiso común en la lucha contra ese flagelo. Esto lo reafirmó el presidente Álvaro Uribe en Montevideo, el sábado, al criticar a Europa por ser “muy restrictiva con nuestros emigrantes, pero muy ineficaz para controlar la llegada de la droga”, y pedir ayuda para desarrollo alternativo y el programa de Familias Guardabosques.

A la vez, el mensaje del Vicepresidente incorpora elementos ‘de choque’.

Llevó a cinco mujeres colombianas, víctimas de desplazamiento, minas, secuestro y atentados, para ilustrar “la maldición de la cocaína”. Con este nombre, lanzó una campaña de anuncios que van a mostrar, según se ha dicho, a jóvenes europeos de grandes narices poniendo minas ‘quiebrapatas’, para resaltar los letales efectos en Colombia del consumo en Europa. Al mejor estilo de las campañas contra los zapatos cosidos por trabajadores esclavizados, el Gobierno busca generar conciencia de la conexión coca y conflicto, poco conocida por el europeo medio.

Para ilustrar su punto, Santos criticó a la supermodelo Kate Moss, quien, luego de haber sido filmada consumiendo cocaína, ha obtenido mayores contratos y fama. El ‘Vice’ sostuvo que, al aspirar cocaína, la modelo contribuye a la muerte, el minado, el desplazamiento y el deterioro ambiental, y dijo que era “desconcertante que a alguien que ha causado tanto daño a Colombia le vaya mejor que nunca”. Para su desconsuelo, dos días después, Moss fue designada modelo del año en el Reino Unido.

Cabe, sin embargo, preguntarse sobre la efectividad de estas campañas.

Christopher Dickey, que escribió en Newsweek sobre la iniciativa del vicepresidente colombiano, dice que puede terminar siendo recibida entre la juventud europea con sorna similar a la de los jóvenes estadounidenses frente al ‘Just Say No’ (‘Solo di no’) de Nancy Reagan, en los 80. Por entonces, el presidente Virgilio Barco lanzó una campaña de avisos de página entera en Estados Unidos, con imágenes de jueces, periodistas y políticos asesinados por el narcotráfico. El caso es que el impacto en el consumo de estas terapias de choque publicitarias para atemorizar o culpabilizar al consumidor dista de estar demostrado.

Y, en el caso europeo, chocan con políticas muy distintas del prohibicionismo y la criminalización del consumidor imperantes en Estados Unidos (y compartidos por el gobierno colombiano). Ante el fracaso cada día más evidente de la llamada ‘guerra contra las drogas’ promovida en este lado del Atlántico, la actitud colombiana debería cambiar. La responsabilidad, sin duda, tiene que ser compartida. Y no solo para atacar el tráfico, sino el tráfico de insumos y el lavado. Y hay mucho que aprender de las políticas de reducción del daño, tratamiento de los adictos y ayuda al campesinado productor que Europa promueve, en abierto contraste con la represión, la fumigación y la cárcel para millones de consumidores, que pregona Estados Unidos.

editorial@eltiempo.com.co

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