El renacimiento de Bogotá

El renacimiento de Bogotá

Es un espléndido domingo en un opulento enclave de Bogotá. Cientos de personas atiborran la acera de la soleada arteria, flanqueada por restaurantes en cuyas parrillas chisporrotean lonjas de carne y personas con dentaduras perfectas que admiran artesanías y pinturas.

06 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

La escena podría desarrollarse en un suburbio del sur de California hasta que en ella irrumpen –en una patrullaje de rutina– seis soldados en uniformes camuflados y con fusiles Galil.

La imagen, que tiene lugar en el barrio de Santa Ana Oriental, con acacias y eucaliptos en cada margen de la calle, es emblemática de una ciudad que gracias a múltiples medidas se ha vuelto más segura, limpia y ordenada que la Bogotá plagada de secuestros que yo y mi familia abandonamos apresuradamente hace seis años.

Un renacimiento cívico, culinario y comercial la tornó una de las ciudades más habitables de Latinoamérica, aun cuando el conflicto armado torture a las zonas rurales.

El suave clima de esta vasta y fértil planicie andina a 2.600 metros sobre el nivel del mar, es solo uno de sus atractivos.

El festival de teatro de la ciudad es un tesoro casi desconocido. Ver, junto a la cosmopolita audiencia colombiana, como el Ballet Nacional de Belgrado relata el baño de sangre sufrido en la antigua Yugoslavia fue una experiencia enriquecedora.

Para cenar fuera de casa, Bogotá nunca tuvo tantas opciones. La publicación Conde Nast Traveler recientemente nombró al restaurante Leo Cocina y Cava como uno de los mejores del mundo.

La planificación urbana y una inyección de civismo aplicada por una sucesión de alcaldes hincharon el pecho a los 7,5 millones de bogotanos.

El TransMilenio y una red de rutas para bicicletas sin igual en Latinoamérica, han sido laureados mundialmente y están entre sus orgullos.

Pero la recuperación también le debe mucho a los soldados que el presidente Álvaro Uribe ha volcado a sus calles y la libertad que concedió a agentes estadounidenses –desde instructores militares hasta agentes que interceptan teléfonos– con tal que ayuden a combatir la notoria lista de ejércitos ilegales del país.

Ciertamente buena parte de la capital no es segura, ni ordenada. Y no son pocos los barrios que ni siquiera tienen agua potable.

Las personas con dentaduras perfectas son difíciles de encontrar en los asentamientos del sur de la ciudad que acogen a una quinta parte de los tres millones de colombianos que huyeron de la violencia en las zonas rurales desde mediados de la década de los años ochenta.

El número de desplazados en Colombia sólo es superado por Sudán, y se les ve en semáforos y esquinas de modernos centros comerciales en el norte de Bogotá.

Durante nuestra estadía anterior, la extorsión campeaba en la capital. A empresarios los extorsionaban telefónicamente guerrilleros o paramilitares presos.

Hace seis años, el riesgo de que nuestros hijos adolescentes fueran secuestrados se había vuelto muy alto, así que nos fuimos un año antes de lo previsto. A veces regresaban de la escuela contando historias del secuestro del padre de algún compañero o de familias que abandonaban súbitamente el país por cuestiones de seguridad.

Eso no quiere decir, sin embargo, que dar un paseo nocturno por las calles del centro de Bogotá sea una buena idea.

“¿Ves esa esquina?”, dijo el antiguo alcalde del barrio Chapinero, Hernando Gómez, durante un recorrido de noche en el que participaron unas 30 personas. “En esa esquina opera una exitosa banda de atracadoras que actúa entre las 7 y 10 de la noche”. Cuando reconocieron a Gómez, nos saludaron.

Pero hoy el índice de homicidios en Bogotá bajó a 18 por cada 100.000 habitantes, el más bajo en 21 años. Muy por debajo de ciudades como Río de Janeiro.

Y el llamado Cartucho –un antiguo nido de miseria en el que vivían niños criminales, recicladores de basura y drogadictos a tres cuadras del palacio presidencial– es hoy un lejano recuerdo. Aunque sus antiguos habitantes ahora viven en cloacas.

Por todo esto, casi ignoramos un correo electrónico que envió la embajada de Estados Unidos a unos 2.000 empleados el 21 de septiembre previniéndolos de visitar por unas semanas centros comerciales del norte de la capital por informes de inteligencia de que la guerrilla planeaba atacarlos.

Un carro bomba efectivamente explotó un mes después en el norte de Bogotá e hirió a 23 personas, pero fue en un complejo militar.

Mi esposa escuchó la explosión, como a kilómetro y medio de nuestro apartamento, y primero creyó que era un trueno... después de todo, es temporada de lluvias en Bogotá.

(*) Frank Bajak fue el jefe de la oficina de la Associated Press en Colombia de 1996 a 2000. Regresó en marzo a Bogotá como jefe de la región andina.

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