Víctimas y victimarios

Víctimas y victimarios

Una de las principales características de los conflictos armados prolongados es que el universo de víctimas y el universo de victimarios muchas veces se superponen. Muchos guerrilleros ingresaron a las Farc o al Eln como resultado de un acto de violencia contra sí mismos o contra sus familiares. Este es el caso, igualmente, de múltiples miembros de los grupos paramilitares. Sin ir muy lejos, el padre de los hermanos Castaño fue asesinado por las Farc. En un estudio realizado por la Comisión de Paz de Medellín entre los desmovilizados por las Auc, un 27 por ciento afirmó haber tomado las armas para vengar un agravio.

06 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Colombia tiene, como hemos argumentado en otras ocasiones, uno de los tres conflictos armados más antiguos del globo. En efecto, de los conflictos de mediana o alta intensidad que todavía persisten (Palestina-Israel, India-Pakistán, Colombia, Irak, Afganistán, Indonesia, Nepal, Filipinas, Sri Lanka, Congo, Somalia, Sudán, Uganda y Chechenia), sólo la disputa por la región de Cachemira entre la India y Pakistán (1947) y la confrontación entre Israel y Palestina (1948) tienen una duración similar a la conflagración colombiana. Es impactante constatar cómo, tanto los israelíes como los palestinos, se autocalifican de víctimas y, a su turno, califican a su adversario de victimario. En un clima de represalias y contrarrepresalias, lo más probable es que tanto el uno como el otro sean a su turno víctimas y victimarios, inmersos en una lógica perversa que no logran superar.

¿Cómo romper esta cadena de agravios interminable? ¿Cómo lograr la paz cuando los actores armados justifican sus crímenes mirándose en el espejo de las barbaries perpetradas por su adversario? Lo que Iván Orozco en un libro brillante (Sobre los límites de la conciencia humanitaria. Dilemas de la paz y la justicia en América Latina, Bogotá, Temis, 2005) ha denominado la “zona gris”, compuesta de víctimas-victimarios, es enorme en Colombia. Los excesos de la guerrilla generaron una respuesta brutal por parte de las autodefensas, las cuales a su turno con sus excesos alimentaron el crecimiento de la guerrilla.

Desde esta perspectiva, la reinserción a la vida civil de las Auc es, sin duda, un aporte profundo para la paz en Colombia. En buena medida, las Farc y el Eln han justificado su permanencia en la guerra debido a la persistencia de las Auc, las cuales generaban un clima de inseguridad para su eventual desmovilización. Ya no tienen esa justificación.

Miremos la experiencia internacional. En El Salvador, lo que abrió la senda para la firma de los acuerdos de paz el 16 de enero de 1992 en el Castillo de Chapultepec (México) fueron los acuerdos previos en torno al respeto al Derecho Internacional Humanitario por parte de ambos bandos.

En efecto, el 26 de julio de 1990, el gobierno de Alfredo Cristiani y el Fmln firmaron en San José de Costa Rica un primer acuerdo relacionado con el respeto irrestricto de los derechos humanos. El llamado Acuerdo de San José fue la pieza fundamental para la creación de la Misión de Observadores de las Naciones Unidas en El Salvador (Onusal) por resolución 693 (1991) del Consejo de Seguridad. Una experiencia inédita, que sólo tenía un antecedente remoto en el proceso de independencia de Namibia.

Mediante este acuerdo, el gobierno de El Salvador se vio obligado a desmontar los “escuadrones de la muerte”, que había creado el ex coronel y fundador del partido Arena, Roberto D’Abuisson. A su turno, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (Fmln) debió abandonar prácticas repudiables como el asesinato de alcaldes y concejales. El espejo legitimador para la barbarie de uno y otro bando se quebró mediante ese pacto y la paz encontró un camino que se concretaría dos años más tarde.

El Salvador pudo romper la cadena de víctimas y victimarios. ¿Podremos también los colombianos?

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