El ‘Bonaparte’ alista maletas

El ‘Bonaparte’ alista maletas

La primera vez que Jacky Michel Pinault, un francés nacido en Berry hace más de 40 años, vino a Bogotá, comió en el restaurante Bonaparte y quedó enamorado de su menú y sus detalles.

04 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

Corría 1991 y al igual que ahora, afuera se oía el estridente paso de los buses públicos y la algarabía propia del centro al mediodía.

Mientras que adentro, como ahora, en el local se siente el aroma de la bouillabaisse o los escalopes de ternera en guiso de vino tinto, se destapan vinos de Burdeos a la vez que se escuchan las canciones de Edith Piaf, Charles Aznavour y Georges Brassens.

Para entonces, su dueño era Jean Pierre Gourdain, otro galo que llegó al país tras aventuras y quien abrió las puertas de su cocina en 1989.

Diez años después, Pinault, el cliente, se convirtió en el dueño de ese pequeño sitio lleno de afiches de películas francesas, postales de atardeceres parisinos, 38 sillas, una decena de mesas, platos de flores azules y servilletas de tela dobladas en forma de pájaros.

“La verdad –confiesa Pinault– casi todo en el Bonaparte se mantiene intacto.

El único cambio es que ahora también vendemos crepes”.

En sus paredes se pueden observar litografías de imágenes de Napoleón, su amada Josefina y su hijo, las cartas que Bonaparte le envió y hasta imágenes conmemorativas a la Revolución Francesa.

Todos esos detalles lo cautivaron. Cuando iba, se sentía en su tierra natal, evocaba las tardes de cocina con su abuela Marceline en el campo y las jornadas en viejas escuelas de cocina.

Pero, si hubo algo que en realidad lo sorprendió fue la tradición que tenía el antiguo dueño de pegar en una pared las etiquetas de los vinos que sus clientes le pedían.

Costumbre que ha mantenido y en la que lo acompaña su esposa Aída, la colombiana por la que hace 10 años decidió guardar el pasaporte y dejar su romería por el mundo.

Afiche premonitorio Mientras que en el primer piso la atención se la roba una campana de bronce martillado bajo la cual él mismo prepara sus crepes, en la escalera el centro de las miradas es un afiche de la película Adieu Bonaparte (Adiós Bonaparte).

“El afiche lo veo con desconfianza desde hace unos meses. Es casi premonitorio: pronto nos tendremos que ir de acá”, asegura Pinault.

Y si se van de allí no es propiamente por la falta de clientes. Sino porque el edificio fue comprado hace dos años por un grupo empresarial que hace poco, le dijo que tendría que abandonar el local antes del 31 de marzo del 2007.

“Nos da mucha tristeza. Este lugar es como un hijo que hemos tenidos y que pronto se va a ir”, dice Aída.

Pese a la nostalgia, ya están en la búsqueda de un nuevo local,probablemente en el barrio La Macarena.

“Allá nos llevaremos todo: La puerta y la barra con las etiquetas, los afiches y la campana”, dicen resignados.

Seguramente, con ellos irán sus tres empleados colombianos, sus vinos, sus platos con flores azules y las servilletas de tela dobladas en forma de pájaros.

FRANCIA Y COLOMBIA “Mi esposa Aída es la dueña del restaurante, yo solo soy el chef”.

Jacky Pinault, chef de Bonaparte

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