El método de la carcajada

El método de la carcajada

Todo parece indicar que hay cierto público en Bogotá que asocia el teatro con la monda y lironda diversión y, por ende, con la carcajada. “Nos reímos como locos”, es el típico código del imaginario colectivo que intenta resumir, sin agregar palabra, la calidad de una obra. Cabe, entonces, suponer que si no hay risas a porrillo, los productores corren el riesgo de que los asistentes salgan desencantados y hasta con una cierta sensación de que los tumbaron.

04 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

La primera causa de esa tergiversación debe de ser la novatada. En Colombia, el teatro fue un asunto de compañías itinerantes, a veces de dudoso nivel, y hasta bien entrados los años 70 no existía la costumbre de asistir de manera regular a un coliseo. Sin menospreciar la posibilidad de que todavía se ignoren las anchuras de un género cuyo refinamiento es proverbial desde Esquilo y Sófocles, los directores y los actores tienen también su cuota de culpa en el asunto, puesto que le han apostado, con mucha más frecuencia de la deseable, a la concesión en busca del aplauso y, muy a menudo, al uso de un vocabulario grotesco que, a pesar de un evidente primitivismo, consigue desternillar al auditorio. Comprensible tal vez, pero poco ortodoxo en lo que se refiere a la formación a cabalidad de espectadores, tarea que al parecer le queda al Festival Iberoamericano y al teatro experimental, entendiéndose por este el que no es de consumo masivo.

Valga tomar como ejemplo de lo anterior el Método Grönholm, del catalán Jordi Galcerán, que se presenta por estos días en el Teatro Nacional de la calle 71. Aunque el desconocimiento de la obra, como fue escrita, impide conclusiones muy precisas, el desarrollo sugiere que, en esta ‘versión’, al adaptador y director Mario Morgan se le fue la mano en la búsqueda de un exceso de hilaridad capaz de desvirtuar una intención de autor. Sospecho que el contenido primigenio debe de corresponder más al concepto de “drama”, en su acepción de “género mixto entre la tragedia y la comedia”, que a un banal arrimo a la farsa.

En realidad, la impostada comicidad no le agrega mucho a un argumento que podría causar una honda impresión, sin descartar algún carcajeo, al nutrirse con las pequeñas tragedias de la intimidad que suelen enlodar la vida de la mayoría de los seres humanos. Y es una lástima porque la limpieza de escenografía e iluminación sorprende y funda una atmósfera acertada, y porque los actores Patricia Tamayo, Jairo Camargo, Nicolás Montero y Fernando Arévalo, de cancha reconocida y con momentos soberbios a pesar del exceso de chistes, consiguen establecer esa tirantez dramática que propicia una reflexión sobre los gajes de la contemporaneidad. Sobra, por supuesto, la repetición innecesaria de palabrotas, dichas a veces sin ton ni son, y la exageración en el uso de unas fórmulas de actuación cuya finalidad es conseguir el reconocimiento de los que no pasan de ser arquetipos ya corroídos por la televisión.

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