El muro

El muro

Las noticias sobre el odioso muro de Bush en la frontera con México me trasladan al 9 de noviembre de 1989. Ese glorioso día cayó el muro de Berlín y es oportuno rememorar esa fecha y abrirse a la tolerancia. Fueron 40 años de un país separado y enfrentado de muertes y vejámenes, pero un día terminó la pesadilla. Los males nunca son eternos y hay seres valientes que cambian la realidad con fe y un tesón formidable.

03 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

La verdad es que la nuestra no es una ‘sociedad abierta’ como lo deseaba hace años el profesor austriaco Karl Popper. Hay muros culturales y sociales que conviene derribar: los del machismo y el racismo ya están agrietados, aunque no caen del todo. Pero las peores murallas son mentales: las de la intolerancia, el ego, la injusticia y la ignorancia. El desafío es apoyar lo que incluye y acerca, no lo que excluye y enfrenta. Derribar muros es superar prejuicios, cuestionar dogmas, silenciar el ego e ir más allá de las apariencias.

Las apariencias engañan y vemos la realidad no como es, sino como la percibimos. Es una constatación que debe llevarnos a ser tolerantes y menos rígidos, más abiertos y menos intransigentes. Como dicen los sabios, el ser humano pelea por verdades que él mismo crea según su conveniencia. Duele que 45 por ciento de los norteamericanos estén de acuerdo con el muro que aprobaron sus políticos, porque eso habla de un imperio en decadencia y cada día más aislado de la realidad y del mundo. Pero no sólo los americanos levantan muros de oprobio, lo hacemos todos cuando caemos en los espejismos de la soberbia o la ambición. De ahí que sea tan importante cuestionarnos, ser humildes, flexibles y no tener un alma hermética como lo desean algunos jerarcas en cualquier credo o un mal dirigente: buscan rebaños de mansas ovejitas y ejercen con desenfado su labor, ricos en autoritarismo y pobres en bondad. Es que el ego siempre anda por ahí agazapado y cuesta mucho ser sencillo y poderoso.

El poder obnubila y eso lo sabía muy bien un ser tan agudo como el maestro Erasmo de Rótterdam cuyo libro El elogio de la locura desnuda los vacíos y las estratagemas de los poderosos de su tiempo, en especial dentro de la Iglesia.

Erasmo era un ser libre y por eso terminó solo y rechazado por los grupos antagónicos que quería unir. Vivió no para excluir sino para incluir, y por allá en el siglo XV fue un adalid de la hermandad, el respeto y la equidad.

Recordándolo uno se pregunta: ¿cuántos muros hay en Colombia? Bastantes: muros entre potentados e indigentes, politiqueros y el pueblo, malos líderes y sus subalternos, jerarcas y creyentes, entre este gobierno y las Farc.

Por eso un buen aguinaldo para Uribe y las Farc sería un libro de Erasmo de Rótterdam y otro de Popper, maestros de tolerancia y pluralismo para una ‘sociedad abierta’. A todos no serviría una cita con un Mamo Kogi para aprender a vivir en yuluka, es decir, en armonía.

Escritor - Conferencista .

"Las peores murallas son mentales: las de la intolerancia, el ego, la injusticia y la ignorancia”.

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