La hora de los demócratas

La hora de los demócratas

Pocas veces una elección tan local puede tener tantas implicaciones en el resto del planeta. Pero eso es precisamente lo que está en juego este martes, cuando 220 millones de votantes de los Estados Unidos acuden a las urnas para elegir los 435 miembros de la Cámara de Representantes y 33 de los 100 integrantes del Senado.

03 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

La expectativa es explicable porque, por primera vez desde 1994, el Partido Demócrata tiene posibilidad de recuperar las mayorías legislativas. De las curules en disputa en el Senado, 11 se consideran seguras para los demócratas, 7 para los republicanos y las demás, indecisas; respecto a la Cámara, las apuestas están en 191 para los demócratas, 181 para los republicanos y 63 por decidir. Los vaticinios coinciden en que la lucha por el Senado será un ‘cabeza a cabeza’, mientras en la contienda por la Cámara los demócratas son favoritos.

Todo esto ocurre en buena parte como consecuencia del inmenso desgaste político que ha experimentado el presidente George W. Bush con la guerra de Irak. Según la más reciente encuesta del diario The New York Times, tan solo 29 por ciento de los votantes posibles aprueba la manera en que se están manejando las cosas en Irak, y el apoyo a la gestión de Bush está en 34 por ciento. Desde la posguerra, solo ostentaron niveles peores Harry Truman, en 1946, y Nixon, al renunciar, en 1974. Cuando los demócratas fueron vapuleados en las legislativas, hace doce años, Bill Clinton tenía nueve puntos más que Bush hoy.

A la imagen de Bush se suman los escándalos sexuales y de corrupción que en el último mes han afectado al partido de gobierno. Un ejemplo es Mark Foley, representante de la Florida, que enviaba mensajes con propuestas indecorosas a los jóvenes que trabajaban con él en el Capitolio, un escándalo que habría sido encubierto por los líderes republicanos.

Así las cosas, la perspectiva de un triunfo demócrata es real.

En el frente interno, una mayoría demócrata en el Congreso obligaría a Bush a buscar más consensos y tender a una política más de centro, pues, de lo contrario, sus opositores le harían la vida imposible. Si eso ocurre, es predecible un aumento del salario mínimo, recortes del gasto militar, impuestos para los más ricos y mayor presión para que el número de soldados en Irak disminuya fuertemente en los próximos años.

Los temas internacionales seguirán en manos de la Casa Blanca. No obstante, nuevas aventuras militares en zonas complejas, como Irán o Corea del Norte, necesitarán de consenso bipartidista y es poco probable que los demócratas entreguen un cheque en blanco después de que casi 3.000 soldados de ese país han muerto en la insoluble guerra de Irak.

El caso de Colombia también genera interrogantes. Por una parte, están los 600 millones de dólares anuales de ayuda militar y antidroga, que la administración Bush desea mantener. A su favor, el país tiene el antecedente de que el Plan Colombia nació en el gobierno demócrata de Clinton. Más preocupante es lo que tiene que ver con la ratificación parlamentaria del Tratado de Libre Comercio, que pronto será firmado por Bush y Uribe. Los demócratas no son amigos de estos acuerdos; aunque también es cierto que el país es visto por ambos partidos como aliado clave de Washington. Sin embargo, las nuevas circunstancias harán necesaria una nueva e inteligente ofensiva diplomática colombiana, para que no nos quedemos con el pecado de la lealtad con el Tío Sam, y sin el género del tratado comercial y los programas de ayuda.

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