Irán: eje del mal o llave para la paz

Irán: eje del mal o llave para la paz

Para muchos musulmanes, las distintas religiones cristianas son una sola y misma cosa. Cuando el Papa Benedicto XVI encolerizó a muchos musulmanes, al citar la (muy negativa) visión del Islam profesada por Manuel Paleólogo, antepenúltimo emperador bizantino, una iglesia griega ortodoxa resultó quemada en Gaza. Es parecida la visión que muchos cristianos ostentamos del Islam.

01 de noviembre 2006 , 12:00 a. m.

En particular, confundimos sunitas y chiitas, y reaccionamos ante la -inaceptable y atroz- ‘manifestación de intención’ del presidente iraní Ajmadinejad de “borrar a Israel” del mapa como si hablara en nombre del Islam.

Olvidamos que, para muchos integristas sunitas, los chiitas, mayoritarios en Irak e Irán pero muy minoritarios dentro del Islam, son poco menos que apóstatas.

Para los países sunitas del área, desde Pakistán y Afganistán hasta Libia, pasando por Egipto, Libia, Jordania, Arabia Saudita y demás Estados ‘peninsulares’, Kuwait y Turquía, y salvo por Siria (dominada por la secta chiita alawita), resulta inaceptable el liderazgo del Irán chiita en la lucha política, militar o por cualquier otro método contra el Estado de Israel.

Es tanto más claro el destino de las imprecaciones de Ajmadinajed: mucho más que al mismo Israel o al occidente cristiano, van dirigidas a la población musulmana de los precitados países, para socavar la sorda resistencia de sus gobiernos ante Irán, visto acaso con tanta desconfianza y rechazo como la nación judía.

El que se trate de un ‘cañazo’ no hace menos condenable el ‘llamado’ de Ajmadinajed, desde luego, pero sí evidencia su divorcio con la realidad y falta de ‘peligrosidad’ en el contexto geopolítico actual del Islam. Esta evidencia se impone más aún en el marco de la política interna iraní.

Ajmadinejad ha ganado espacio frente a los Ayatolas, empezando con el Líder Supremo Khameini -gracias a su ultranacionalismo y agresividad contra Israel, uno y otra deslenguados. Este espacio, a su vez, le ha permitido aflojar la presión estatal sobre las libertades públicas de la mujer y los jóvenes en la sociedad iraní e institucionalizar el papel de la presidencia ‘civil’, cosa que su antecesor, el moderado Ayatola Khatami, nunca pudo.

Todo ello le confiere mayor representatividad interna -para, por ejemplo, negociar con la UE alguna solución al tema nuclear.

En Irak, la insurgencia, fundamentalmente sunita, se originó en el ‘desempoderamiento’ brusco, masivo y acaso inevitable de dicha confesión a manos de la torpe autoridad de ocupación aliada, dominada por Estados Unidos, así como en el respaldo soterrado de Siria.

De acuerdo con una encuesta reciente, la apoyan el 75 por ciento de los musulmanes sunitas. La mayoría chiita de Irak y minoría chiita hazara de Afganistán, duramente reprimidas durante veinticuatro años por Saddam Hussein y cinco por los talibanes, respectivamente, se alegraron de sendo derrocamiento, como también lo hizo Irán, y han venido siendo blanco explícito de Al Qaeda, junto con los norteamericanos.

En Irak, también hay una violencia ‘paramilitar’ chiita, reactiva y antisunita, y los ‘escuadrones de la muerte’ vinculados con las milicias chiitas son tan inaceptables allá como lo son sus homólogos en Colombia. Con todo, aún es minoritaria su contribución a la violencia nacional, en un país en donde la tasa de ‘mortalidad violenta’ llega al 0,7 por ciento anual, según estudio de la Escuela de Salud Pública de John Hopkins.

En este marco dantesco de violencia sectaria, la ‘pacificación’ a cargo de norteamericanos y aliados tomará una década o más, es decir un lapso muy superior al que están dispuestas a tolerar las opiniones públicas de Estados Unidos e Irak o Afganistán, en donde, con excepción de los kurdos irakíes o los tadjiks y parte de los uzbeks afganos, casi toda la población desea el retiro de las fuerzas extranjeras.

En estas condiciones, no hay solución distinta a la de una negociación conjunta de Estados Unidos, la UE, Rusia y todos los países del área, en la cual estos últimos apadrinen y respondan por sus correligionarios irakíes y afganos con miras a un reordenamiento de poder entre unos y otros, acompañado de garantías para todos y sancionado por una suerte de Tratado de Versalles del Medio Oriente y su zona de influencia africana y asiática.

Salta a la vista que, en este contexto, Irán sería el único padrino posible del chiismo irakí y afgano, siendo asimismo insustituible su papel.

Estados Unidos e Israel se resistirán a acoger esta fórmula por temor (fundado) a que una negociación de esta índole también abarque el problema israelo-palestino y la convivencia pacífica de ambas comunidades con sus vecinos. Ello, sin embargo, podría resultar provechoso para el mismo Israel, desde cuando otros países del área puedan apadrinar y responder por los contrincantes de dicho Estado, incluidos el Hamas sunita y el Hizbolá chiita. Allí también, se impone la evidencia: muchos países sunitas tienen ascendencia sobre Hamas, incluidos los Estados de la Península Arábica (o Pérsica), pero sólo dos la tienen sobre Hizbolá: Siria e Irán.

Siria la viene perdiendo, ante la presión creciente de Estados Unidos, para que desista de ‘apoyar el terrorismo’. Irán nunca la perderá, en cambio, por la misma idiosincrasia chiita.

La religión chiita, como la católica pero contrariamente a la protestante o sunita, le confiere a su iglesia un papel de ‘intermediario obligado’ entre el creyente y Dios.

Es considerable la influencia del clero chiita sobre sus feligreses, incluidos los milicianos de Hizbolá, y muy grande, asimismo, la que corresponde a la jerarquía chiita del semiteocrático (y semidemocrático) Irán actual. Por ende y como acontece con Irak y Afganistán, la participación de Irán resulta clave para la paz.

Muchas más condiciones, desde luego, deberán cumplirse, en el contexto tanto de Irak, con sus tres grandes comunidades, y Afganistán como de Israel, Palestina, Siria y Líbano. Son bien conocidas las de Israel y Palestina (aceptación universal de, y férreas garantías para, el Estado de Israel; nación palestina; solución territorial ‘justa’ para Jerusalén, Gaza y Cisjordania; acceso libre al recurso agua…). Lo son menos las de Afganistán, Siria y Líbano, cuyas comunidades de mayor importancia relativa, pashtún en Afganistán, sunita en Siria y chiita en el Líbano, siguen en un alto grado desempoderadas.

Para el caso de Irak, si bien revertir el desempoderamiento sunita resulta inaceptable para chiitas y kurdos, o sea el 80 por ciento de la población, y es asimismo un imposible político, estas dos últimas comunidades, en cuyos territorios se concentra la riqueza petrolera nacional, sí pueden comprometerse con el acceso ‘equitativo y permanente’ de los sunitas tanto a esa riqueza como a los servicios y orientaciones estratégicas del Estado.

Resta la ambición nuclear de Irán o sea su voluntad de ‘empoderamiento’ en un contexto regional sunita e israelí ya ‘nuclearizado’ (por cuenta de Pakistán e Israel) y tan hostil para ese país como lo es para el mismo Israel (por Irán, Pakistán y demás países con mayoría sunita). Estos últimos, desde luego y salvo por Siria, atribuyen igual hostilidad a Irán y, con excepción de Egipto y Jordania, a Israel.

Dicho en otros términos, están dadas las condiciones para auspiciar un equilibrio regional sancionado por todos, garantizado por las grandes potencias y que, a la vez, delimite el empoderamiento, alcance territorial y acceso de unos y otros a los recursos naturales del área, a cambio de su renuncia a condonar, apoyar o ejercer cualquier forma de violencia y terror.

A quienes, como Arabia Saudita y Pakistán, han condonado el apoyo financiero de muchas ‘caridades islámicas’ a la insurgencia en Irak o Afganistán, esta tolerancia se les ha ‘salido de las manos’ y convertido en una amenaza interna contra el Estado, de la cual sólo los puede librar una nueva e incluyente paz regional.

Más que ‘piedra en el zapato’, Irán es un actor esencial en los cuatro escenarios aludidos (Irak, Afganistán, Israel-Palestina-Líbano-Siria, Israel-Irán-Pakistán) y, sin las seguridades que brinde y se le brinden, no habrá paz sostenible en ninguno.

Consultor internacional .

"Están dadas las condiciones para auspiciar un equilibrio regional sancionado por todos, garantizado por las grandes potencias y que, a la vez, delimite el empoderamiento, alcance territorial y acceso de unos y otros a los recursos naturales del área”.

"Más que ‘piedra en el zapato’, Irán es un actor esencial en los cuatro escenarios aludidos (Irak, Afganistán, Israel-Palestina-Líbano-Siria, Israel-Irán-Pakistán) y, sin las seguridades que brinde y se le brinden, no habrá paz sostenible en ninguno”.

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