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CORRUPCIÓN Y LESIÓN ENORME

CORRUPCIÓN Y LESIÓN ENORME

Anotaba el presidente Samper que entre los aspectos más interesantes del discurso inaugural del Secretario General de la OEA figuraba el llamado a combatir la corrupción. Aunque no es dolencia exclusiva de nuestro Hemisferio según se observa a la luz de Italia y de otros países europeos, con manifestaciones alarmantes y peligrosa capacidad de socavar los regímenes democráticos en América Latina. El riesgo se ha acentuado con el fortalecimiento de los poderes regionales y municipales, donde la vigilancia suele ser más laxa y prestarse a sibilinas colusiones. Viejas prácticas corruptas encuentran ahí perspectivas ensanchadas por las transferencias de rentas y responsabilidades. Ocasión propicia para cortejar los enriquecimientos sin causa y dotarse de plataformas para más ambiciosos e insaciables empeños.

Dogmas como el de la privatización a ultranza de las empresas públicas despiertan voraces apetitos. De pensar en el beneficio de la comunicad se pasa a hacerlo en función de la oportunidad de derivar suculento provecho de su compra o de su venta. Como no importan los intereses de la Nación, de los departamentos y los municipios, sino el traspaso de sus establecimientos a grupos particulares en acecho, llega hasta considerarse inútil detenerse a procurar una retribución adecuada a su valor presente y futuro.

Por estos días se ha denunciado el escándalo de la lesión enorme perpetrada con la enajenación del veinte por ciento del Acueducto Metropolitano de Bucaramanga. Las acciones respectivas se dieron por cerca de la tercera parte de su utilidad neta. Siendo de 2.155 pesos el valor intrínseco de cada una en libros, obviamente muy inferior al comercial, se malvendieron a razón de 322 pesos, con el torpe argumento de que había sido la mejor propuesta y de que convenía vincular la experiencia privada a la compañía.

La denuncia la ha formulado el diario Vanguardia Liberal con documentos irrefutables. Ninguna excusa válida se ha presentado para disculpar y menos para justificar semejante engendro. En el fondo, a juzgar por sus consecuencias, un atraco de nuevo estilo que no se explica por el afán de liquidar a Emposán, la dueña de tales acciones. Para mayor escarnio, de irreversible se califica el vergonzoso negociado, sin reparar en sus vicios. Entre otros, el de la lesión enorme que las cifras comprueban.

El Acueducto Metropolitano de Bucaramanga había tenido afortunada trayectoria. Por muchos años fue de propiedad privada y eficiencia por todos reconocida, hasta cuando el entonces ministro de Hacienda, el muy distinguido compatriota conservador Jaime García Parra, ante la necesidad de ampliarlo y de conseguirle crédito externo, promovió su estatización. Los dueños pasaron a ser las Empresas Públicas y el municipio de Bucaramanga, las Empresas Sanitarias de Santander, la Nación, el municipio de Girón, el Hospital González Valencia y la Corporación de la Meseta.

La entidad oficial modernizó y vitalizó la empresa de reducidos horizontes. Montó nuevas plantas y garantizó el servicio de agua potable para un área metropolitana en veloz crecimiento. Pero vino la ventolera de la privatización y se propagó el temor de que pudiera politizarse. Como en cualquier época podría quebrantarse su satisfactorio funcionamiento y su buena planeación del futuro, mejor parecía, a juicio de algunos, entregarla a la avidez de determinados grupos, dispuestos a convertirla en palanca y fuente de sus propias ganancias. Feriarla o regalarla, fijándole o aceptando precio vil.

A cualquiera de los consocios públicos le habría caído del cielo un donativo como el que las Empresas de Obras Sanitarias de Santander les han hecho a particulares. Donativo porque con solo la utilidad de la acción repagan el precio. Qué tal las entidades municipales. Qué tal el Hospital Universitario.

Conforme se deduce de las publicaciones de Vanguardia Liberal, se está ante una negociación inicua e insostenible. Para ver de repararla, se ha pedido la intervención del Fiscal y del Procurador General de la Nación. Menester es investigar cómo ocurrió semejante cosa, cómo se explicó la operación a los demás dueños. Pero sobre todo impedir que se consume y tenga dañinas e irritantes consecuencias. Los actos viciados no surten efectos.

Por lo pronto, lo prioritario es enmendar el mal, sin creer que se trata de un episodio fortuito y sin prescindir de sacar lecciones del escarmiento. Tanto por parte de la Nación como de los departamentos y municipios se impone proceder con suma cautela cuando se trate de disponer de sus bienes.

El exabrupto protagonizado por una empresa pública descentralizada, sin control ni gobierno, incita a precaverse de los sospechosos afanes privatizadores y a comprender que el patrimonio de la comunidad, amasado por ella, no debe dejarse expósito, al azar de ciegos impulsos o apetencias.

Restablecimiento aduanero Para el doctor Ludwig Erhard, los aduaneros eran los publicanos anatematizados por Cristo. En la práctica no debieran existir. Así se pensó en Colombia cuando se desmontó alegremente su estructura, creyéndola innecesaria. No se previó la subsistencia de las diversas formas de contrabando ni la obstinación del narcotráfico.

Al principio, todo una delicia. Sinembargo, a poco los comerciantes e industriales perjudicados empezaron a reclamar su restablecimiento. Y los funcionarios a entender que el cobro de gravámenes arancelarios y de consumo requería bases ciertas. La reconstrucción de la aduana, purificada de vicios, acabó por imponerse. Nada nuevo bajo el sol.

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