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HACIA LA CUMBRE SOCIAL

HACIA LA CUMBRE SOCIAL

En la Conferencia sobre Población y Desarrollo de El Cairo se aprobaron los criterios, las bases de acción, los objetivos de la cooperación internacional para los próximos años. Pero todo el impulso que hubiera podido concentrarse en asegurar su financiación se gastó en otros temas. Es palpable la angustia en los sectores más lúcidos que temen algo similar a lo ocurrido con las ofertas hechas por los industrializados en la Conferencia del Medio Ambiente de Rio, que se han esfumado en retórica. Sólo los escandinavos y Holanda cumplen hoy el modesto 0,7 por ciento de su producto nacional bruto como ayuda al desarrollo, fijado hace más de dos décadas. Por eso la atención debe focalizarse hacia la cumbre social de Copenhague (marzo 95) en la cual se debatirá la cuestión, con pronóstico reservado ya que sus trabajos preparatorios carecen de la precisión y las prelaciones viables, que no se podrán esquivar más, o la ONU corre el riesgo de perder su credibilidad.

Se requiere no sólo un reordenamiento de prioridades entre los sectores del desarrollo, sino una disminución sensible de los gastos militares globales exorbitantes. Ya no hay conflicto mundial, ni regional, que los justifique. Se necesitan compromisos adicionales tanto de los países desarrollados como de los en desarrollo. Los programas de población en éstos cuestan alrededor de 5 billones de dólares anuales, declarados en El Cairo insuficientes, como lo son. Para el fin de la década urgen otros 12 billones (10.2 billones previstos en el Plan de Acción para planificación familiar) que sólo puede alcanzarse en un contexto que se aproxime a una coprosperidad mundial, algo que suena a utopía, pero sin lo cual el desorden inequitativo prevalente no podrá llamarse un orden mundial ni justo ni nuevo.

No es sólo un problema de recursos domésticos adicionales sino también de gobernabilidad, de eficacia y transparencia en naciones que no tienen derecho a asomarse al siglo XXI con apego a las formas democráticas pero no a su esencia. Para que los países en desarrollo puedan aportar los 2/3 de los recursos adicionales, urge una depuración sostenida de la corrupción imperante en muchas partes. Es imperativa la acción concertada del sector público y del privado y no se podrán evitar ciertos reajustes estructurales, sobre el supuesto de tener en cuenta las necesidades básicas de los grupos más vulnerables, incluyendo los rurales.

El modelo actual de crecimiento desigual y concentrado en unos pocos resulta incompatible con las aspiraciones de equidad. El Estado aligerado de funciones innecesarias y burocratismos no podrá dejar de inclinar la balanza para corregir la brecha social. Como en buena hora lo propugna el gobierno del presidente Samper, plenamente sincronizado con el impulso social que emerge del Plan de El Cairo.

El sistema de Naciones Unidas, descentralizado a través de agencias que se ocupan de las necesidades inmediatas de la comunidad internacional y las emergencias, también requiere cambios. La relación donantes/receptores a veces se parece a la de ricos/mendigos. La lógica de la caridad asistencial debe remplazarse por la lógica de la equidad sin la cual la distancia entre el Norte y el Sur y los focos de conmoción proliferarán. Hay quienes encubren la inequidad del sistema comercial vigente con una seudo-generosidad que amarra sus donaciones y su cooperación técnica a ventajas incompatibles con un verdadero espíritu de solidaridad.

Por todo ello, esfuerzos universales como el de El Cairo o Copenhague no deben reducirse a la condición de catálogos de buenas intenciones sino constituir la clave de un genuino replanteamiento de la noción misma del desarrollo.

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