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EL GENERAL EN SU DILEMA

EL GENERAL EN SU DILEMA

Los vapuleados ciudadanos de estas agitadas postrimerías del prometedor y angustiante siglo XX, presenciamos el duelo definitivo de los irreconciliables enemigos hemisféricos. Fidel Castro y Bill Clinton concurren a la cita final, más que con el destino, con el mundo de las sombras. El líder cubano, cuya patriarcal figura ha perdido sus ribetes épicos para llevarnos a evocar las apacibles tertulias de la Latinoamérica rural, ve en sí mismo la encarnación de lo que fue. Bill Clinton, quien preside la democracia norteamericana, los destinos del mundo y el más colosal conjunto de inseguridades que la aldea global haya desatado en el ethos americano encarna otra sombra: la del equilibrio de poder bipolar. Ninguno lleva en sus bolsillos la realidad de un planeta que, al trascender la capacidad reguladora del Estado Nación, busca formas más flexibles de interacción y de equilibrio. Las sombras que acompañan a ambos personajes distorsionan la visión de la prometedora realidad de un hemisfe

Estados Unidos, cuya moral protestante le impulsa hacia la destrucción del mal, no puede dejar de ver en el general cubano al mismísimo Belcebú. Fidel no puede percatarse de lo cercano que está el esquema político de su contrincante al modelo retórico que ha vendido a su pueblo, durante casi cuatro décadas. Clinton, en su gimnasia agregadora de los retazos que conforman la colcha demócrata, jamás podrá ponderar las aristas positivas de la presencia de Fidel en el Caribe a lo largo de la confrontación Este-Oeste. Muchas fueron las veces en que el joker cubano sirvió para que la URSS diera marcha atrás en sus incursiones tercermundistas. Sólo así se reconfirmaría su status de potencia dominante en las tropicales aguas.

Para el líder norteamericano es imperceptible el valor, demostración que el actual predicamento cubano tiene. Para Fidel el síndrome de morir con las botas puestas oculta el valor futuro de una apertura democrática envuelta en una genuina cultura del igualitarismo.

Concurren así ambos adversarios a la arena de la historia con armas equivocadas. Clinton lleva consigo el arcabuz de la política doméstica, creyendo, ingenuamente, que la contención del flujo inmigratorio creará las presiones necesarias para la transformación política y esta, a su vez, le permitirá cruzar los pantanos preelectorales. Fidel ha escogido una honda tropical, convencido de que, jugando a garantizar el control ciudadano, podrá extraer ventajas en el terreno político.

Ninguna de las dos será útil. Porque ni Clinton puede detener las fuerzas de una economía mundial que, como bien prueba el caso de Haití, burla los embargos. Ni Fidel podrá impedir que quienes no tienen otra opción que el hambre, prefieran hacerse a la mar. Ambos corren el riesgo de caer en la situación que, durante buena parte de este siglo, se intentó evadir: el Mar Caribe como crisol de la sangre latina y anglosajona.

Sortear el dilema del general requiere muchos bríos. Pero estos no podrán originarse en ninguno de los dos adversarios. América Latina debe ponerse los pantalones largos y abandonar la absurda visión de un protagonismo basado en equilibrios comerciales. Su estabilidad, su futuro y su capacidad creadora están bajo la espada de Damocles. Porque cualquiera que sea el desenlace, éste le afectará profundamente.

Si los cubanos, en acto de desesperación, se lanzan a la violencia, no habrá país de América Latina que pueda sobrevivir al síndrome de Guernica. Si se prolonga la noche sin libertad en Cuba, nadie respetará más los argumentos sobre la autodeterminación de los cancilleres latinos. Se impone la solidaridad inteligente.

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