MARX HA MUERTO, LENIN AÚN VIVE

MARX HA MUERTO, LENIN AÚN VIVE

El colapso de los regímenes socialistas en la antigua Unión Soviética y en la Europa Oriental puso en evidencia que el proyecto comunista era una utopía irrealizable. Muerto el proyecto histórico de Marx, al marxismo-leninismo, como ideario político, solo la sobrevive el leninismo. Es decir, lo referente a la técnica de la conquista y la conservación del poder. El marxismo encarnado en el partido o Marx transfigurado en Maquiavelo. Sin duda, los pocos grupos armados que todavía insisten en la denominación tradicional (marxistas-leninistas, e incluso, marxistas-leninistas-maoístas) han visto languidecer en los último años sus modelos socio-políticos. Uno tras otro los países que servían de referentes cayeron como naipes o han desvirtuado en tal forma sus idearios originales, que han terminado irreconocibles. El despotismo oriental implementado por los mandatarios de Corea del norte es, probablemente, el paradigma extremo. En estas condiciones, sin referentes claros, los grupos guerri

12 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Pero, no se trata solamente de la pérdida de referentes. La marginalidad creciente de estos grupos armados nace, igualmente, de la Revolución democrática que recorre al mundo, desde Europa Oriental hasta América Latina. Hace solo 15 años, 12 de los veinte países latinoamericanos estaban gobernados por regímenes militares autoritarios, y en otros cinco, los militares constituían el poder real detrás de la fachada civil del gobierno. Hoy, hasta el decano de la brutalidad castrence, Alfredo Strossner, debió refugiarse en el extranjero para escapar al odio de su pueblo.

Los 500 años del encuentro de dos mundos descubren una América Latina en la búsqueda de la consolidación de sus instituciones democráticas.

En estas condiciones, qué destino le resta a los grupos guerrilleros que subsisten en el continente? En América Latina sobreviven de la época de la revolución cubana, que inspiró las llamadas guerrillas de la primera generación, solo las guerrillas guatemaltecas y las colombianas. Las primeras están integradas en la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y las segundas en la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar (CGSB).

La característica más notable de las guerrillas de estas dos naciones es su carácter de insurgencia crónica. Es decir, su persistencia en el tiempo con autonomía de sus perspectivas para acceder al poder. Esta inercia burocrática es, a la vez, extremadamente costosa y dolorosamente inútil.

En los años 80, tras el triunfo del Frente Sandinista para la Liberación Nacional en Nicaragua (1979), nacen las guerrillas de la segunda generación. Nuevamente el mito de la vía insurreccional para acceder al poder se encendió en el continente. Aun cuando muchos de estos grupos han desaparecido o se han integrado a la vida política, como es el caso de Alfaro Vive Carajo del Ecuador o el Quintín Lame de Colombia, todavía subsisten algunas agrupaciones nacidas en este período.

Las más significativas son las peruanas, compuestas por el Movimiento Guerrillero Tupac Amarú y, ante todo, por el Partido Comunista del Perú, Sendero Luminoso. Todavía nos resta un enorme esfuerzo investigativo para dilucidar cómo en América Latina pudo emerger una nueva versión de los Jémeres Rouges comboyanos, con su extremismo ciego, su campesinismo estrecho y su culto a la depuración sangrienta de la sociedad.

Pero, igualmente ameritan ser mencionados el Ejército Guerrillero Tupar Katari (EGTK) de Bolivia, un reducto del Frente Patriótico Manuel Rodríguez y las Fuerzas Populares y Rebeldes Lautaro de Chile y, finalmente, núcleos sobrevivientes de las Montoneras Patria Libre de Ecuador. Las características de estas últimas organizaciones son el origen urbano de sus escasos miembros, sus acciones de comando (atentados dinamiteros, asaltos bancarios, asesinatos de agentes del orden) y, ante todo, su inmensa marginalidad.

Tras una larga historia de guerras irregulares desde la Segunda Guerra Mundial, tanto en la modalidad de movimientos de liberación nacional como en la de insurgencia armada, se puede hacer una afirmación contundente: ningún sistema más o menos democrático ha sido derrotado por un foco guerrillero. Es muy conocida la frase de Ernesto Ché Guevara al respecto. En su clásica obra La guerra de guerrillas afirma que donde el gobierno haya subido al poder en alguna forma de consulta popular fraudulenta o no, y se mantenga al menos una apariencia de legalidad constitucional, el brote guerrillero es imposible de producir hasta no haberse agotado las posibilidades de lucha cívica .

En efecto, solo en aquellas naciones (Cuba y Nicaragua), en las cuales existían una serias condiciones favorables, la guerrilla puede acceder al poder. En primer término, una dictadura patrimonialista (Batista y Somoza). En segundo término, una intervención estadounidense abierta y prepotente que lesionaba el sentimiento nacional. Y en el tercer término, ejércitos intensamente corrompidos, que se habían degradado mediante la tortura, la desaparición y el asesinato de opositores políticos. En tales condiciones, la guerrilla pudo articular en torno suyo, una amplia coalición antidictatorial, antimperialista, que llegó a cobijar en ambas experiencias y a sus inicios a segmentos mayoritarios de la población Por el contrario, la presencia de grupos guerrilleros en sistemas civiles más o menos democráticos, con espacios de soberanía nacional delimitados y con una subordinación de soberanía nacional delimitados y con poder civil de las fuerzas militares, se restringe las posibilidades de estos grupos para activar una amplia coalición revolucionaria o al menos antidictatorial. En tal contexto, la guerrilla corre el riesgo de convertirse, como en Colombia y en Guatemala, en una insurgencia crónica. Manuel Marulanda Vélez, con cuatro décadas de actividad guerrillera, es probablemente la expresión más deplorable de la impotencia política.

Para nuestras frágiles construcciones estatales, que deben enfrentar estas amenazas, las consecuencias son preocupantes. Por una parte, una insurgencia crónica tarde o temprano comienza a erosionar los fundamentos mismos del sistema democrático: se militariza el manejo del orden público y se amplían la autonomía y las prerrogativas de las Fuerzas Armadas en detrimento de las instituciones civiles. Por otra parte, ante el cierre progresivo de los espacios democráticos, ante la criminalización de la protesta ciudadana, se desorganiza y se fracciona la sociedad civil, y se prouce en las naciones afectada por estas guerras internas una suerte de esquizofrenia política. Sectores del país en oasis pacíficos y la otra mitad en infiernos de fuego cruzado.

En último término, estas guerrillas enfrentadas a regímenes democráticos, antes que alcanzar el poder son el pretexto para las salidas autoritarias. La contribución de los tupamaros fue decisiva para socavar las sólidas instituciones uruguayas en los años 70.

América Latina está viviendo desde México hasta el Cono Sur un progreso de transición democrática. Proceso complejo. Lleno de incertidumbres, que puede conducir a sólidas instituciones democráticas, pero usualmente a un período de inestabilidad agudo, e incluso a regresiones autoritarias.

En una etapa aún compleja, la guerrilla lejos de contribuir a ahondar las posibilidades del escenario democrático, pueden erosionar sus fundamentos. En Chile, tras cada asesinato de un miembro de las fuerzas policiales, se fortalecen los partidarios de un retorno de Pinochet. En Perú, los desmanes de Sendero Luminoso ahondan los estados de emergencia. En Colombia la persistencia de la guerra interna limita las posibilidades de gestar una sociedad civil organizada y participativa.

Los escasos grupos guerrilleros que subsisten en América Ltina no tienen ninguna posibilidad de acceder al poder. Pero, al lado de otros factores de vulnerabilidad de nuestra sociedad, tales como el subdesarrollo económico, las pronunciadas diferencias de clase, las instituciones débiles, las modalidades no democráticas de cultura política, el narcotráfico, las desafiantes prerrogativas de las instituciones armadas, las débiles organizaciones sociales, pueden estos grupos extremistas contribuir a socavar las posibilidades de algunas naciones del continente de acceder a la madurez económica y política.

En pocas palabras, la guerrilla no constituye un factor de progreso económico y de consolidación democrática, sino un factor de empobrecimiento económico y de posibles regresiones autoritarias. Ojalá esta modalidad arcaica de acción política, fundada en la lógica totalitaria de los enemigos absolutos, y no en los valores democráticos fundados en la lógica de adversarios relativos, haya dejado de existir en los próximos años.

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