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ENIGMAS DE UN ESCÉPTICO

ENIGMAS DE UN ESCÉPTICO

Todas las noches, al salir de las sesiones parlamentarias, efervescentes o monótonas, dirijo una mirada inquisidora al caballero de bronce que lleva en la mano el libro de su ley. Los cabellos despeinados, la frente alta como poblada de una duda, la nariz aguileña, los ojos hundidos y las barbas copiosas en desordenado desaliño. Pudiera ilustrar las meditaciones del paseante solitario. La alta silueta se destaca en la pétrea armonía de las columnas, que están ahí acompañándolo, desde el día en que su espíritu pasó la franja negra en El Cabrero y vino a asilarse en el bronce magníficamente modelado por las manos del maestro Francisco Cano.

Por esos corredores han pasado las multitudes. Las que aplaudieron a Antonio José Restrepo a la salida de los debates sobre la pena de muerte. Las que lanzaban miradas y gritos hostiles contra Laureano Gómez, convertido en un iracundo y formidable Catón. Las que aplaudían con frenesí a Gabriel Turbay y a Jorge Eliécer Gaitán, cuando acometían con brava temeridad a los ministros de la hegemonía en su crepúsculo. Todas ellas pasaron, y el caballero de bronce, impertérrito, sigue agobiado por la duda desde su zócalo, sin salirse de la prisión gloriosa a que lo condenó la posteridad. Agradecido o vengativo?.

Yo le he hecho en la nocturna y pétrea solemnidad de ese patio algunas preguntas: La idea dibujada para darle unidad a la Nación fue realizada tal como la concebiste? El liberalismo que abandonaste, o te abandonó, como partido, no te produjo añoranzas? El lomo de los conflictos no te llevó más allá de lo que pensabas? La obra que realizaste no fue deformada por tus continuadores? Hubieras querido que las cosas marcharan por el sendero que tomaron, o habrías preferido tener a tu lado, en los días de la culminación, a tus amigos, Camacho Roldán, los Arosemena, los Ancízar? Cuando hablaste de la Regeneración, tuviste el presagio de lo que habría de significar esa palabra? Estás satisfecho contigo mismo, oh, filósofo!, y con la parábola cumplida hasta el postrer día de tu soledad frente al mar?.

Nada me ha contestado. Sigue siendo un enigma. Un personaje ambiguo, cubierto con su levita de bronce, y quizá en esa ambigedad radica el interés de su trayectoria. Lo único que se sabe es que su sombra es la más viva de todas las que surgieron en el siglo XIX, después de la generación libertadora.

En la primera etapa de su carrera precoz, radical, amigo de Murillo Toro, ministro de Obando, de Mallarino y de Mosquera. Evasivo y elusivo en la Convención de Rionegro. Diez años posteriores de ausencia, en Nueva York, en Francia y en Inglaterra. Cónsul en Liverpool. Testigo inteligente de los grandes acontecimientos de la época. La derrota de Sedán y la Comuna de París. La revolución española y el verbo de Castelar, quien fue su amigo. Los días solemnes de la integración del Imperio alemán, el propio Salón de los Espejos del Palacio de Versalles, bajo el puño y el ceño de Bismarck. Curioso visitante del Parlamento Británico, cuando en él hablaban Gladstone y Disraeli. Comentarista minucioso de la revolución española que puso fin al reinado de Isabel II. Admirador razonado de Stuart Mill, a quien consagró un ensayo. Fueron los años de aprendizaje y de lecturas intensas.

Crítica social Para saber qué pensaba Rafael Núñez, ningún testimonio mejor que su libro Ensayos de crítica social. No existía cuando lo escribió, ningún interés político inmediato. La sucesión de los lejanos gobiernos radicales que lo tuvieron en Liverpool no ocupaba su inteligencia, atraída por otros temas más cuantiosos. Ese libro abre algunas ventajas sobre el personaje. Su actividad preferida era esa: el pensar. Para otros de sus contemporáneos, la acción tenía más sugestiones. Obrar, guerrear, combatir, hablar, escribir. La profesión del Cónsul era otra: examinar, dudar, preguntar.

En ese ejercicio intelectual lo acomete la duda, ya no la metafísica expuesta en sus po emas, sino la política. En los Ensayos encontramos un párrafo muy elocuente, en consonancia con sus versos: En religión como en política todos los sectarios de una creencia o idea la elevan fácilmente a dogma, esto es la verdad absoluta. Todo cuanto se halla en desacuerdo con ese dogma es para ellos evidente error. Así para unos es Buda el único verdadero mesías, mientras que para otros es Moisés, para otros Cristo y para otros Mahoma. Así también en política para unos la República, en cualquiera de sus muchos modos, es la forma de gobierno por excelencia, mientras que para otros es la monarquía constitucional, y para otros, que son ya los menos, las monarquía absoluta. El librepensador debe prescindir ya completamente de esos dogmas, considerándolos solamente como hipótesis (único calificativo que les corresponde) y ensanchar por ese medio el horizonte de sus investigaciones, con el hecho de poderse consagrar a mayor número de temas. Es del dogmatismo implacable en donde han surgido tantas preocupaciones terribles cuya poderosa influencia se siente aún después de mucho tiempo de haber desaparecido en realidad. Y ante el juicio tranquilo de la filosofía independiente, Robespierre y Marat se confunden con Felipe II y Torquemada .

Núñez es intolerante enemigo de la intolerancia. Como sus compañeros radicales de generación, profesa el anticlericalismo. Atribuye los males de España a esta intromisión inquisitorial en las conciencias. Su condición de librepensador está reñida con la hoguera de la inquisición y el dogma. Así lo dice en otro de sus ensayos: He insinuado la preponderancia del clero como causa fundamental de los sufrimientos de España... La influencia clerical, lejos de ser mala, en absoluto es buena y necesaria cuando ella es ejercida y recibida libremente. El clero es la vanguardia de la ley , ha dicho Bentham, este eminente escritor tan poco comprendido a veces. Pero ni él ni yo hablamos de un clero especial, porque ni él ni yo creemos en el monopolio de la verdad en ningún sentido.

España está madura para la fundación de una República? Ese es el consejo que le han dado a Castelar, Víctor Hugo y los revolucionarios italianos, llegados a Roma con el ímpetu de la idea liberal. Pero Núñez se pregunta: Cuál República? República o monarquía parlamentaria, he ahí el dilema. Pero, qué República? La República de Cromwell? La República anárquica y opresora de Roma? República como la de Rosas en Buenos Aires, Carrera en Guatemala o López en Paraguay? República nominal en una palabra o República real en que ninguno sea oprimido, ni un pueblo por un hombre o una clase (nobles, militares, escribas o sacerdotes) ni un partido por otro partido, ni una creencia por otra creencia, ni un interés por otro interés? La República es la justicia coronada. Para ser republicano, se necesita ante todo, ser justo. La República no es ya el gobierno de la minoría por la mayoría, sino el reinado pleno y entero del derecho ...

Intuía que el partido del porvenir estaría influenciado por la nueva clase social emergente. Y Marx había hablado de la dictadura del proletariado. A la derecha y a la izquierda, el liberalismo afronta enemigos, la rígida teocracia y la insurrección proletaria. La reacción y la revolución. Así lo advierte al final de sus meditaciones: Dice Núñez: El liberalismo navega entre dos escollos. Las pretensiones monstruosas del elemento teocrático en el sentido de la dominación de las conciencias. Y la impaciencia de los proletarios... El entusiasmo, o algo asimilable a este, no existe sino entre los teócratas propiamente dichos y entre las masas de obreros. Los hombres que no son ni obreros, ni clérigos, ni allegados a éstos, ni políticos de profesión, esos hombres se encuentran perplejos, inclinándose tan pronto de un lado como del otro y ellos gravan singularmente lo vago, lo indefinido y lo incierto del escenario general .

No existe una sola verdad, proclama el heterodoxo. Siguiendo las huellas del pensamiento de Edmund Burke, a quien posiblemente leyó, afirma esta honda convicción suya en contra de los dogmas, levantados a nombre de la religión, de la libertad o de la clase. Escribe: El desarrollo de la conciencia no es la resultante de una sola verdad, ni de un grupo especial de verdades, sino de corolario, por así decir, virtual, de todas las que el hombre descubre y aplica en el sentido del progreso. Aquel desarrollo no es una operación simple, sino por el contrario excesivamente compleja. Las soluciones morales surgen por eso en ocasiones de causas que menos se relacionan con ellas a primera vista. Y aun de causas totalmente opuestas en teoría al desarrollo obtenido . Esta duda metódica no complacía a los radicales convencidos sinceramente de su verdad. Núñez aparecía a través de sus poemas y de sus ensayos como un personaje ambiguo.

No decididamente anticatólico Al regresar Núñez después de diez años de ausencia, contando con la adhesión intelectual de la juventud y de los escritores y juristas de primera línea en el Partido, Camacho Roldán, Zaldúa, Ancízar, Justo Arosemena, se levantó contra él un veto, basado en la duda. Existe como prueba de esta afirmación el testimonio del propio Murillo Toro, jefe indiscutible del radicalismo. Dice el doctor Rodríguez Piñeres: En el ánimo del doctor Murillo, político perspicaz como no ha tenido otro el país, influyó una circunstancia que lo declaró enemigo de la candidatura Núñez, con la cual simpatizaba al principio. En la ardiente lucha periodística estampó el doctor Núñez su célebre concepto: Yo no soy decididamente anticatólico , concepto que leyó el doctor Murillo, residente en ese entonces en Caracas, donde desempeñaba con brillo nuestra Legación, la cual dejó inmediatamente para venir a Bogotá, a combatir la candidatura de su antiguo amigo personal y político, a quien dijo de modo rotundo: He venido ex profeso de Caracas a atravesarme en tu camino, no porque yo crea que a un católico no le pueda confiar el liberalismo la primera magistratura, pues ahí tenemos a uno convencido y practicante en Santiago Pérez, sino porque siendo tú, antes que todo un escéptico, tu frase me indica que en el camino de las concesiones políticas tú llegarás a entregar el poder al Partido Conservador .

Una sola frase, no soy decididamente anticatólico , decidió al jefe del liberalismo. Bastaba ella para justificar el injusto veto a Núñez? El Olimpo Radical, como el de Júpiter, era restringido y excluyente y no veía con buenos ojos la presencia de un intelectual penetrante, incapaz de creer en los mitos que presupone todo Olimpo. El poder no podía salir de las manos de una nómina ilustre pero excluyente. La frase de Murillo se tradujo en actos de gobierno. Toda la administración entró a funcionar con una cosigna, derrotarlo, a pesar de que se reconocían sus condiciones intelectuales, o quizá por eso mismo. Núñez implicaba la renovación y democratización del Partido. Con él se hallaban los jóvenes y un sector apreciable de los hombres de pensamiento. La herramienta funcionó a las órdenes de don Santiago Pérez, como Presidente. En su caso existía el factor de la antipatía personal.

Don Santiago Pérez era fervoroso creyente y practicante. Núñez era librepensador. Don Santiago era virtuoso, celoso de su castidad. Núñez tenía la fama de una vida licenciosa. Don Santiago pertenecía al grupo que dispuso del poder desde el día en que los radicales enviaron al gran general al Observatorio, con su gorro de dormir y la espada enmohecida. Núñez había formado su propio grupo... La orden se cumplió. Núñez fue derrotado, pero esa victoria efímera le costó el poder al Olimpo. Otra espada, la del general Trujillo, le abrió perspectivas a Núñez. Llegó a la Presidencia, pero no a nombre de todo el partido, sino de una sola fracción, ante la hostilidad envejecida de quienes no le perdonaban la derrota.\ Esta inclinación al personalismo se halla implícita en la naturaleza de los partidos colombianos, tan poco abiertos y porosos a las nuevas olas, tan inclinados al monopolio de la celebridad y tan incapaces de renovar sus equipos. Enemigos del relevo y ansiosos de prolongar la influencia, más allá de los linderos de la caducidad y de la vida.

Dos errores El Radicalismo cometió dos errores. Combatir implacablemente a Núñez y cerrarle el paso a la reforma. Cederle a Núñez esa bandera excepcional. Darle la posibilidad de que él fuera el rectificador de Rionegro, a nombre del Liberalismo. Así lo entendían algunos. Don Felipe Zapata, cuya autoridad no puede discutirse, lo decía en una Memoria escrita en el Ministerio del Interior: En doce años de Federación hemos tenido veinte revoluciones locales y diez gobiernos destruidos por las armas. Los individuos y las mayorías están en completo desamparo contra ese poder de las facciones armadas, irresponsables y absoluto, que las instituciones federales admiten, que es superior a ellas y que no puede reprimir . Si Núñez llega al solio con su partido unido y con el propósito de reformar la Constitución, habría cambiado la historia de Colombia.\ En 1875, al regresar de Europa, Núñez ratificaba su criterio sobre la Federación: La Constitución de Rionegro en que hablan en primer lugar con autoridad decisiva los estados como entidades soberanas que son, realizó por completo el pensamiento de nuestros próceres. El espíritu de dominación estuvo instalado durante trescientos años y ese espíritu pretenderá llevarnos nuevamente por los caminos tortuosos del centralismo . Y en 1881, como Presidente de la República, sigue creyendo que el principio federativo, o mejor dicho, el de la autonomía seccional, debe ser ratificado. Los intereses existentes obligan a hacerlo y también la constitución natural del país, que no permite, sin la más odiosa tiranía, someterlo a una regla de gobierno común respecto de las más importantes materias del derecho público .

Es un lugar común hablar en contra del federalismo y criticar como ilusos a los convencionales de Rionegro. Pero no se tiene en cuenta las circunstancias históricas en que fue escrita. Ya lo ha dicho el propio Núñez. Las regiones querían la autonomía. Las ciudades ilustres, como Popayán y Cartagena, no miraban con buenos ojos la creación de un solo núcleo del poder. Y la generación libertadora había dejado una docena de caudillos, deseosos de hacer respetar sus fueros y conscientes del valor de su espada. Mosquera por sí solo se consideraba un soberbio señor feudal. Obando disponía de la voluntad de los antiguos guerrilleros del Rey Fernando en el Patía. López ejercía vasta influencia en el gran Tolima. Ese hecho no podía desconocerse. Los caudillos, las montañas y el orgullo regional imponían la Federación, hasta el momento en que la vejez o la muerte humillaran los penachos. Pero la Federación no podía durar, y así lo comprendió tardíamente Núñez. Sus enemigos radicales siguieron operando sobre los esquemas de 1863. El sistema se había extenuado. El creer en él no lo vivificaba. Los grandes problemas cambian de apariencia y de contenido. Los errores de la Federación habían suscitado el anhelo de la unidad. Núñez lo comprendió así. Como era inteligente y ecléctico, no tenía su pensamiento atado a convicciones sin vigencia, que bogaban a la deriva como leños muertos. Y los radicales permitieron que se les anticipara. No creyeron que el concepto Federación había sido sustituido por el concepto Nación, y que los Estados Federados inexorablemente cedían su puesto a la noción de Estado, un solo Estado. No llegó Núñez a esta tesis por convicción, sino por razonamiento y experiencia. No poseía el fanatismo de sus prejuicios. La duda metódica lo salvó. Dudaba de la obra de Rionegro y dudaba de la intangibilidad de la Constitución. Para remplazarlas se halló solo, sin la cooperación liberal. Pero como la unidad era un imperativo, el que trabajara en ella garantizaba su supervivencia. Si el liberalismo, en otros tiempos y en otras circunstancias, se hubiera negado a realizar la primera etapa de la reforma social, habría fracasado y sería hoy un partido anacrónico. Pero gracias a un estadista, también antidogmático, en su oportunidad le dio prelación al problema social, en contra de quienes seguían alimentando las ideas de otra época. Sin pensar que las ideas, cuando se mustia en ellas la vida, pasan a ser estériles prejuicios (...) Retratos La persona de Núñez interesaba vivamente a los visitantes. Flaco, desgarbado, abstraído, un pensieroso otoñal; Rubén Darío lo pinta en un croquis a tres lápices: Nariz aguileña, mirada fuerte a través de sus ojos azules, abundante pelo claro, barba muy cana. Trabajador literario y político incansable, su espalda comienza a abultarse a fuerza del manejo de la pluma .\ José Asunción Silva lo vio vestido frente al mar, de dril blanco, sentado en una silla de bambú y esparto, la cabeza inclinada sobre el pecho; un mechón de cabellos entrecanos cayéndole sobre la frente elevadísima, los ojos claros y azulosos, medio cerrados, con una extraña expresión de cansancio físico y de profunda vida intelectual. Mientras los temas no se alejaban de las preocupaciones vulgares, de los detalles diarios, veíase así, los ojos nublados como por la niebla de una idea. Oíase la voz lenta y perezosa .

Antonio José Restrepo, admirador de las primeras horas y ácido pintor de sombras chinescas, lo observó de otra manera: Mas que vivo, cadaveroso, las luengas barbas y melenas cubriendo el rostro cetrino, un montón de libros sobre la mesa, un mal recado de escribir y unas cuartillas borroneadas .\ Don Marco Fidel Suárez nos dice que Núñez empleaba a maravilla las reservas del diplomático, las restricciones de un lenguaje sumamente discreto y admirables toques de disimulo. Desde Augusto hasta Sagasta, los conductores de hombres fueron siempre insignes comediantes. La misma moral teológica no califica de inmorales las restricciones mentales y el Evangelio al recomendar el candor de la paloma, recomienda también la astucia de la serpiente .\ Carlos Calderón, que fue su colaborador y su amigo, lo vio por última vez, vestido sencillamente de lino blanco y cubierta la cabeza con un pequeño sombrero ecuatoriano. Aunque fue siempre tan débil de cuerpo como vigoroso de alma, lo hallamos, después de cinco años, extenuado y en visible decadencia física. Vímosle dominado por una gran excitabilidad nerviosa, algo así como una exaltación del temperamento a causa de las vigilias, la fatiga intelectual y la deficiencia de nutrición. Su habitación era modestísima. En una pieza con su escritorio, sus libros, sus infinitos periódicos, revistas y cartas colocados en un orden cuyo secreto solo él no ignoraba, pasaba la mayor parte del día. Su alimentación era siempre sobria, pudiera decirse que escasa. Pensar, leer y escribir eran su ocupación, su placer, la mayor ocupación de su vida. La modesta casa campestre, situada fuera de los muros de Cartagena, con vista al mar y a la capilla de las Mercedes, construida a expensas de la caricativa señora de Núñez. Hacia atrás un bosque de palmeras que recibe la eterna brisa del Atlántico.

Allí vivió sus últimos días. A medida que pasaban, al compás de las olas, se iban tiñendo de una letal melancolía. Si vieran mi interior -escribía a su cuñada Rafaela Román-. Qué sorpresa no sentirían. Pues si hay un alma triste sobre el haz de la tierra es la mía, alimentándome de recuerdos que no representan sino el vacío y no teniendo delante sino el ocaso de incompresibles misterios, el viaje aquel de donde nunca regresamos.

Esa desolación se halla en consonancia con el paisaje en los días de invierno. En consonancia con sus versos. En consonancia con la impotencia de los poderosos. Como el Rey Luis XIV, podría decir: Cuando yo era Rey . Como el poeta que fue, podría exclamar, al oír las campanas de la capilla vecina: La vida es vanidad de vanidades...

Todos los ríos en la mar terminan...

De las cosas pasadas no hay memoria...

Una ventana frente al mar. Lentamente descorridas las cortinas por una mano sarmentosa. El horizonte nublado por lúgubres presagios. Una bandada de gaviotas reman lentas y parecen huir en el cielo de plomo. En las sienes, el anciano siente un golpe fatal. Es el ala de la muerte, entenebrida. La respiración se hizo difícil. Intentó hablar. Qué sais-je? La lengua enmudeció. La negra tiniebla cayó sobre sus ojos azules. Una mano femenina los cerró con amor. El enigma estaba resuelto. Yo te pregunto, Rafael Núñez: - Vanidad del bronce? Oh, gran vencedor vencido! -El Núñez de Acevedo Bernal.

-A Núñez lo describieron Silva y Darío.

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