LA HISTORIA NO TIENE ENMIENDA

LA HISTORIA NO TIENE ENMIENDA

Es ocioso insistir en que nuestras categorías de lo real están perturbadoramente alteradas por ese cetro embriagador que confiere el vértigo de la onmipotencia: me refiero al mando a distancia. Sentado frente al televisor, cuya pantalla se contempla con una atención inquieta hasta lo desapacible, el sujeto avanza y retrocede por sus pistas de video, zigzaguea entre la oferta de las distintas cadenas, detiene la imagen o la acelera. En cuanto al espectador, ha perdido el sentido de lo irreversible. Quizá también en los otros aspectos de su vida, como aquel niño de un chiste publicado hace bastante años por el New York Times: en una autopista abatida por la lluvia, en plena noche, un padre chorreante trata de cambiar la rueda del coche mientras le grita a su hijo de 8 o 9 años que le mira con impaciencia. Pero, no te das cuenta? Estamos en la vida real, esto pasa ahora de verdad! No puedo cambiar el canal! .

12 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

En la historia, desde luego, tampoco hay zapping. Si estamos intentando desesperadamente cambiar de rueda en la autopista, no hay posibilidad de volver siglos atrás para revocar las decisiones que nos empujaron hasta la incómoda situación actual, en la desapacible intemperie.

Ningún propósito de la enmienda puede rescatar el pasado; incluso cabe dudar de que pueda modificar positivamente el futuro y ahorrarnos venideros sobresaltos. Aún más: los recuerdos de las fechorías pueden incluso enturbiar el distrute de los beneficios logrados a partir de ellas.

Nietzsche advirtió que no hay posibilidad de entrega al presente sin olvido, porque todo presente implica la memoria de la desdicha y de los desdichados que lo permitieron. Por eso Charles Peguy pretendía desterrar de su Ciudad Ideal a los historiadores, que son compiladores y memorialistas del atroz precio irreversiblemente pagado.

La conmemoración del V Centenario del descubrimiento de América por Europa, como las celebraciones recientes del bicentenario de la Revolución Francesa, hacen reflexionar de nuevo sobre estas turbadoras características de la historia.

Conmemorar o celebrar es algo así como felicitarse por lo ocurrido. De inmediato, junto a los oficiales parabienes destinados a dar grandiosidad al presente a costa del pasado, surge remordimiento por los damnificados en aquellos acontecimientos. Siempre los hay y en gran número. Como bien señaló Walter Benjamin, todo documento de cultura es también documento de barbarie .

Conmemoramos y celebramos la ganancia cultural obtenida, pero no tiene algo de impío olvidarse a la hora de las felicitaciones de la también evidente barbarie? Cierta visión ingenua del progreso, que hoy solo comparten los más obtusos, supone que lo mejor, a fin de cuentas, se ha ido siempre abriendo paso y ha resultado victorioso. Pero los escépticos arguyen que solo puede creerse en la victoria sistemática del bien en la historia a costa de aceptar que la victoria es el único índice fiable de lo bueno...

Tanto la buena como la mala conciencia que suscita la conmemoración de la historia despierta entonces una tentación teatral. Ya que el pasado ha sido tan duro que no ha dejado supervivientes, somos nosotros los que hoy tenemos que repartirnos los papeles del drama irrepetible: unos tomaremos el papel de jacobinos y otros el de las víctimas del Terror, unos tendremos que representar la voz de los europeos conquistadores y otros encarnaremos a los indios aniquilados en la Conquista.

Y, claro está, por mucho que nos penetremos del papel histórico elegido, nuestras voces hablarán más de ambiciones e inquietudes presentes que de las que movieron en su día a aquellos ausentes supuestamente representados. Tal es el sentido de la afirmación de Benedetto Croce cuando sostuvo que en el fondo no hay más historia que la historia contemporánea.

En el caso del descubrimiento de América (aunque sospecho que también en lo concerniente a la Revolución Francesa) lo que hace menos verosímil esa dramatización conmemoratoria es que todos los papeles han sido escritos a partir de los conceptos acuñados por los vencedores. Las mismas palabras que representan a las víctimas confirman su derrota en lugar de rescatarles de ella, y así la misma expresión de la rebelión certifica el asentamiento definitivo de la Ley del Otro.

Como lúcidamente afirma el venezolano Briceño Guerrero en su Discurso salvaje: El memorial de agravios y el lamento que acabamos de oír son estrictamente occidentales. La igualdad de los derechos, de la justicia social, el considerar inocua la explotación del hombre por el hombre, el repudio a la opresión son temas típicos occidentales. En otros ámbitos culturales, lo que aquí se siente como agravio, como humillación insoportable, ha sido considerado normal durante siglos como parte de la naturaleza humana, del inexorable destino, y no como resultado histórico contingente y cambiable .

Lo más netamente occidental para manejar la terminología de Briceño es, empero, la propia perspectiva histórico-nacional, la obligación para cada cual de compartir no solo una identidad colectiva, sino también una memoria común, convenientemente aderezada de orgullo reivindicativo.

La noción misma de tiempo, en cuanto devenir histórico, fue llevada a América por sus depredadores europeos: el lingista Benjamin L. Whorf constató que la lengua de los indios hopi a cuyo estudio se dedicaba, no contiene ninguna referencia al tiempo, ni implícita ni explícitamente .

La celebración de la invención y conquista de América por Europa se ha convertido de este modo en un debate sobre logros y fechorías de la modernidad. Pero ese debate no adopta un punto de vista equidistante entre conquistadores y conquistados, sino que es en sí mismo un esfuerzo polémico netamente moderno o posmoderno, si se prefiere una terminología hace poco al uso.

La modernidad es hazaña técnica, empresa de la voluntad instrumental, disciplina laboral, igualdad jurídica, constitucionalismo político, desmitificación científica de lo real, apertura a lo nuevo... pero también explotación feroz de la mano de obra, genocidio, destrucción ecológica, etc.

Sin embargo, incluso el cuestionamiento de la modernidad es necesariamente moderno: los depredadores del Nuevo Mundo le llevaron como dote un espíritu crítico que ha servido para discutir sus logros y reivindicar derechos de los que antes de la invasión europea nadie había oído hablar.

En el fondo, los que hoy adoptan la postura más declaradamente censora del descubrimiento y colonización de América permanecen fieles a la dimensión de utopía progresista que constituyó el motor ideológico de la modernidad: implícitamente, solicitan que se perfeccione (es decir, que se cumpla positivamente del todo) lo empezado con mucha sorpresa y pocos miramientos en 1492.

Gonzalo Fernández de Oviedo escribe en su Historia General de las Indias que la mayor cosa después de la creación del mundo, sacando la encarnación y muerte del que lo creó, es el descubrimiento de las Indias . Este tono hagiográfico difícilmente se compagina con la sensibilidad actual, ya escarmentada y convencida del precio trágico de tantas victorias históricas de la modernidad.

Lo que de positivo puede haber en el balance de la América actual se salda con una ancha caterva de atrocidades y desafueros; pero, podemos decir algo diferente de la actual Europa, por no referirnos a Asia o Africa? La única forma lícita de celebrar el descubrimiento de América no puede ser la autosatisfacción de los fuertes ni el lamento masoquista que no reconoce sus propios orígenes en lo que denuncia: ha de consistir en el propósito racional de que todos esos niños (gamines colombianos, guatemaltecos o rehenes de las favelas brasileñas, etc...) lleguen también a disfrutar las ventajas educativas y emancipatorias de una modernidad que solo conocen por su reverso más negro, cuyo costo aún siguen pagando con sangre.

Por lo demás, la historia como tal no conoce la moviola ni la enmienda. Intentamos cambiar la rueda pinchada en la carretera, mientras llueve y reina la noche, sin que ningún mando a distancia nos permita mudarnos a otro canal más risueño.

Quizá por eso haya tanto de obsceno en cualquier celebración satisfecha de lo irremediable. Las grandes ocasiones de lo colectivo, por ventajosas que hayan podido ser luego para algunos grupos a largo plazo, siempre comportan innumerables sufrimientos individuales de los atropellados por esos acontecimientos majestuosos.

Es primordial lección también de la modernidad haber llegado a ser conscientes de esto y tratar de hacernos responsables hacia el futuro. Incluso somos ya capaces de comprender el amargo dictamen de Gottfried Benn, inconciliable con cualquier conmemoración entusiasta del pasado: Dentro del mundo histórico no hay bueno y malo. Sólo existe lo malo, pienso yo. Quien no lo ve así tiene la carne débil y el espíritu inmaduro .

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