ALBORADA Y CREPUSCULO

ALBORADA Y CREPUSCULO

En esos iniciales días de octubre, la tripulación comienza a desconfiar. Se pronuncia una palabra abominable a los oídos de Colón, el regreso. Martín Alonso Pinzón restablece la disciplina, anunciando que colgará a quien intente presionar el regreso hacia Palos de Moguer. El no volverá jamás con las manos vacías. La dureza de Pinzón fue el argumento convincente. Faltan unas horas para que el milagro se realice y se oiga sonora y prometedora la palabra tierra . Después del sol puesto navegó su primer camino al oeste dice el Almirante de la Mar Océana . Andarían doce millas cada hora. Y porque la carabela Pinta era la más velera, iba delante del Almirante e hizo las señas que se habían ordenado. Esta tierra vido primero un marinero que decía Rodrigo de Triana. El Almirante a las diez de la mañana estando en el castillo de popa vido lumbre, aunque fuese cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra. Llamó a Pero Gutiérrez, repostero de estrados del Rey e díjole que parecía l

11 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Y era como una candelilla de cera que se alzaba y levantaba. El Almirante no tuvo por cierto estar cerca a la tierra .

Lo que después habría de llamarse América, en esa primera aparición nocturna semeja una candelilla de cera que se alza y levanta. A las dos horas después de media noche apareció la tierra. Amainaron todas las velas temporizando hasta el día viernes que llegaron a la isleta de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní. Luego vieron gente desnuda y el Almirante saltó a tierra, sacó la bandera real y vieron árboles muy verdes, aguas muchas y frutas de diversas maneras.

Esta es el Acta bautismal del descubrimiento. En esa fecha se inició el largo proceso, hasta llegar a su forma definitiva gracias a los descrubrimientos parciales. Se descorrió la punta de la sábana que ocultaba a los ojos de los occidentales la mitad de la obra del creador. Es este uno de los tres grandes episodios de la historia universal. Gemidodoloroso Después del cuarto viaje, Colón, acribillado por la adversidad, perseguido por sus enemigos, olvidado de sus reyes, encadenado por la justicia parcial, escribe a sus majestades católicas una larga carta patética. Es un gemido doloroso, surgido de las entrañas y la desesperación.

El descubridor del nuevo mundo llora lágrimas amargas. Se siente perseguido, befado, castigado, incomprendido. No existe una página más conmovedora.

De esa manera le han correspondido al navegante. Lo único que aspira es a morir en el seno de su religión. Se oye un pávido viento y en ese viento el alarido .

Escribe Colón: Las tierras de estos parajes que obedecen a vuestras Altezas son más vastas y más ricas que todas las otras tierras de la cristiandad, yo mismo por la voluntad de Dios las he sometido a vuestro alto y real poder. Esperaba alistar los navíos que deberían conducirme a nuestra real presencia, como en triunfo, porque yo aportaba los informes más ricos en promesas concernientes al oro. Cuando de repente, cuando estaba más tranquilo y más satisfecho, fui detenido y encerrado en un navío con mis dos hermanos cargados de cadenas, casi desnudos y sometidos a los peores tratamientos, sin haber sido llamado ni convencido en justicia. Pero quién podría creer que un pobre extrajero, en un tal lugar iba a levantarse contra Vuestras Altezas, sin disponer de la complicidad ni del apoyo de ningún otro príncipe...? No estaba acaso yo solo, aislado en medio de vuestros vasallos y vuestros súbditos naturales...? No tenía todos mis niños en vuestra real corte?.

Yo entré a vuestro servicio cuando tenía la edad de veintiocho años. Hoy no poseo un cabello que no esté blanco. Mi cuerpo está gastado. Yo he consumido todo lo que me quedaba, después de haber vendido mis bienes... Se le arrebató todo a mi hermano, sin que se nos oyera e interrogara con grande deshonor para mí. Hay que creer que todo esto no ha sido hecho por orden de Vuestras Altezas.

La reparación de mi honor y el castigo de quien fue la causa de mi desgracia harán brillar a los ojos de todo el mundo vuestra real nobleza. Habrá que hacer lo mismo con aquel que me robó las perlas y con todos los que me han causado daños dentro de los límites de este Almirantazgo. Si se hace justicia, esto dará renombre como ejemplo de una gran virtud. España conservará un glorioso recuerdo y se sabrá que Vuestras Altezas son príncipes justos y reconocidos. La honesta intención que siempre he tenido de servir a Vuestras Altezas, al mismo tiempo que la ofensa que yo no merecía, no permitirían a mi corazón callarse aunque yo lo quisiera. Yo suplico a Vuestras Altezas perdonármelo.

Estoy abandonado, como acabo de decirlo. Hasta el presente, yo he llorado sobre los otros. Ahora... que el cielo tenga misericordia de mí y que la tierra llore sobre mis desgracias. Desde el punto de vista material yo no poseo una modena para dar a la ofrenda. Del punto de vista espiritual he llegado a las Indias al punto que he dicho, aislado con mis meditaciones, enfermo, esperando la muerte de un día para el otro, rodeado de un millón de salvajes crueles que nos hacen la guerra, alejado de los santos sacramentos, de la Santa Iglesia, que olvidará mi pobre alma si ella abandona aquí mi pobre cuerpo.

Quienes tengan sentido de la caridad, de la bondad y de la justicia, lloren por mí.

Yo no emprendí este viaje, ni esta navegación, para ganar honores ni riquezas. No se puede dudar de esta verdad. Hace mucho tiempo que la esperanza de tales ventajas ha muerto en mí. Yo no puedo mentir.

Suplico humildemente a Vuestras Altezas, si le place a Dios sacarme de aquí, que me permitan ir a Roma, así como a otros lugares de peregrinación.

Que la Santa Trinidad conserve y aumente vuestros días y vuestro alto estado.

En la isla de Jamaica, el 7 de julio de 1503 .

De las tres grandes figuras de nuestra historia bebieron la amargura y la cicuta. Colón, encadenado y desesperado. Bolívar agonizó frente al mar. Cuatro negritos de Mamatoco rezaron por su alma, en el momento de partir. Vámonos, vámonos, estas gentes no nos quieren. Lleven mi equipaje a bordo de la fragata .

Antonio Nariño, enfermo y calumniado, se dejó llevar al capricho de su caballo en busca de la muerte, sin un amigo y ningún pariente al lado de la silla en Villa de Leiva, sintió que había llegado la hora de zarpar. .

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