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LA GUERRA ESTÉRIL

LA GUERRA ESTÉRIL

Lo que más espanta de la guerra que desde hace 45 años despedaza a Colombia es su total y absoluta esterilidad. Ese conflicto desnaturalizado y sangriento no le ha aportado ni una sola cosa siquiera mezquinamente positiva al país. Otras guerras, en medio de su horror y barbarie, algún beneficio les han proporcionado a las naciones en donde se libran o a la propia humanidad. La independencia del yugo extranjero, avances enormes en ciencia y tecnología, grandes adelantos médicos y farmacéuticos, la sustitución de una tiranía por una democracia, el fin de un prejuicio racial, un cambio significativo en las teorías y en las prácticas económicas, disminución del desempleo, aumentos muy grandes en la producción, mejoramiento moral o social y sobre todo conciencia sobre el valor de la vida y del respeto a los demás son unas cuantas de las pocas cosas buenas que, entre muchas nefastas, les dejan a quienes sobreviven una conflagración.

Entre nosotros no ha sido así. Este casi medio siglo de matanzas lo único que ha conseguido es desmoralizar hasta los peores extremos a la nación y crear en todos esa monstruosa insensibilidad ante la violencia que en lo cotidiano se traduce en agresión o en intolerancia y en lo institucional en impunidad y en corrupción.

No hay, por ejemplo, ni siquiera una buena narrativa que recoja e interprete lo que ha sido este período larguísimo de muerte, angustia, envilecimiento y destrucción. Sobre la Guerra Civil Española produjeron verdaderas obras maestras Hemingway, Bernanos, Koestler, Barea o Malraux. La Revolución Mejicana, por su parte, ha tenido narradores y cronistas de la talla de Mariano Azuela, de Martín Luis Guzmán, de José Vasconcelos, de José Mancisidor y de John Reed. Y aun la Revolución Rusa, a pesar de la estolidez del realismo socialista, produjo a Cholojov, a Pasternak, desde luego a Solzhenitzyn y, en Los diez dias que estremecieron al mundo , de nuevo a Reed. En cambio la gran novela y la gran crónica de la violencia en Colombia todavía están por escribirse y es probable que no se escriban jamás.

Lo mismo puede decirse respecto a la literatura política, cuya pobreza no puede ser mayor. No hay un solo documento de Estado o un solo manifiesto de la guerrilla que merezcan leerse ni por el buen estilo ni por su contenido ideológico y social. Los textos que deja este período son de una aterradora indigencia intelectual. Ni la guerrilla puso en buen castellano sus pretensiones ni el gobierno ha sustentado en idéntica forma su legitimidad.

En el campo de la revolución uno echa de menos el lenguaje explosivo pero convincente de Bakunin y de Kropotkin, la prosa estupenda de León Trotsky, la vena lírica de Mao o la elocuencia de Fidel. Y en lo que al establecimiento se refiere, tampoco se registra una aproximación lejana siquiera a las memorias de guerra de Churchill o De Gaulle y a la capacidad de persuasión de los dos. Esta carnicería ha transcurrido en una especie de clandestinidad literaria que se justifica por su misma salvaje estupidez.

Tampoco la economía se ha beneficiado en la menor cosa de la conmoción. El mundo salió de las agonías de la Gran Depresión gracias al enorme esfuerzo económico que demandó la Segunda Guerra Mundial. Aquí no ha sucedido nada similar. La guerra no ha estimulado la industria ni agilizado el comercio ni elevado los salarios ni aumentado el empleo ni redistribuido el ingreso ni concientizado al país sobre las ventajas del ahorro y la austeridad. Por el contrario: si algo ha dejado la matanza es la ruina del campo, el éxodo hacia las ciudades, el tráfico de armas que solo beneficia a los sórdidos negociantes del exterior y, desde luego, la vil economía política del asalto a mano armada, del secuestro y de la extorsión.

Es más: nuestra peculiar economía de guerra prostituyó a la guerrilla y la degradó. Como dice el cronista de Le Monde Jean-Marie Colombani de los corruptos socialistas europeos, la guerrilla se dejó pervertir de su gran enemigo, el dinero, y acabó convertida en la gran cortesana del narcotráfico y en la antítesis de la revolución. La utopía se metió desvergonzadamente en el lecho del mejor postor.

Ni siquiera se ha desarrollado una teoría inteligente que busque explicar y sistematizar esta bestial economía del horror. Los grandes conflictos sociales de 1848 produjeron a Marx, la Primera Guerra Mundial a Keynes, la Segunda a von Hayek y la Guerra Fría a Friedmann y a Douglas North. Acá no hay un solo ensayo serio que arroje sobre tanta oscuridad algo de luz.

Hasta en lo que tiene que ver con lo estrictamente castrense el balance es desolador. En 45 años no ha aparecido ni un gran líder revolucionario ni un gran jefe militar. No hemos tenido el equivalente de Ho Chi Minh, de Chu Teh o del general Giap, pero tampoco a un estratega como Clausewitz, como MacArthur o como Zhukov, o a un táctico como Rommel, como Montgomery o como Petain. El horrible empate que no se define pero que ha hecho pedazos al país, revela la irracionalidad de una guerra en la que todos vamos a perder.

Pero lo más triste es que este combate eterno ni siquiera ha suscitado un primario sentimiento de solidaridad. No hay quién se sienta identificado con la guerrilla y, en 45 años, el Estado no ha sido capaz de convocar y movilizar a la sociedad civil. Nadie está más solo en Colombia que quienes pelean en el monte una guerra que simplemente ya no les interesa a los demás. Matan y mueren inútilmente y casi sin saber por qué.

En síntesis, ya a tanta distancia de la fecha en que empezó, es preciso admitir que la guerra no nos dio nada, que nada evitó, que no exaltó a nadie y que solo nos produjo la vergenza imborrable de su inutilidad. Persitir en ella es por eso un acto de franca, gratuita y deliberada estupidez.

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