LOS ELEFANTES TAMPOCO VAN AL MÉDICO

LOS ELEFANTES TAMPOCO VAN AL MÉDICO

Los mejores argumentos contra el proyecto de seguro médico universal del matrimonio Clinton -felizmente archivado- se los escuché a Milton Friedman, el polémico Premio Nobel de Economía de la escuela liberal. Y entre ellos los más contundentes tenían que ver con quién pagaba la factura sanitaria. Si la factura la tenía que abonar el empresario, el obrero asegurado contaba con un notable incentivo para gastar más, invariable fenómeno que sucede cuando es otro el que se mete la mano al bolsillo. No se quejaba doña Hillary del costo creciente de los servicios médicos en los E.U.?. Si hubieran aprobado la ley casi con toda certeza esos costos se hubieran disparado enérgicamente. Pero, además, por qué los empresarios por medio del seguro tenían que pechar con la operación de apéndice del empleado o con el golondrino instalado en el sobaco del hijo del empleado? Por qué la salud es muy importante? No son igualmente importantes los alimentos o el techo? Si esa fuera la regla, por qué

03 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Como casi todo lo que dice Friedman, a primera vista parece el razonamiento egoísta de una persona que no se conmueve ante el dolor de los desdichados, pero nada más lejos de eso: el viejo profesor de Chicago sabe que para poder cuidar bien de los seres humanos enfermos hay que evitar que se contagien las empresas, pues es ahí (y sólo ahí) donde se genera la riqueza que luego la humanidad emplea, precisamente en curar sus dolencias, alimentarse o construir sus viviendas.

En una economía de mercado las empresas que no son competitivas son barridas por otros productores más eficientes, y cuando esto ocurre, quienes más duramente sufren las consecuencias son los trabajadores. Es posible que ciertas compañías altamente rentables, deseosas de captar el mejor personal disponible, puedan concederles a sus empleados un seguro médico privado, un automóvil o una buena escuela para los hijos, pero esos privilegios marginales, como se les llama en el argot, no pueden ser universales. Deben depender de las circunstancias de cada empresa y estar sujetos a eliminación cuando cambian las condiciones del mercado.

El error más frecuente de los políticos es el de legislar en materia laboral como si la situación de la economía fuera siempre boyante y en ascenso. Algo de esto ocurre en España, donde el altísimo costo de los despidos y el aumento automático de los salarios, aunque se reduzca la actividad comercial, lejos de contribuir a la seguridad de los asalariados, conduce a la quiebra de las empresas y a la destrucción de los puestos de trabajo que se pretende proteger. De ahí que uno de cada cuatro españoles en edad de ganarse el pan no tenga cómo hacerlo.

El modelo económico del país, simplemente, no estaba preparado para tiempos de crisis. No puede adaptarse sin grandes quebrantos a la era de las vacas flacas. Fue concebido para una época de perenne crecimiento, insólita necedad que desmiente la experiencia acumulada tras varios siglos de historia económica.

El otro grave disparate en el que incurren muchos políticos consiste en querer establecer por decreto el reino de la justicia social en el seno de las empresas. Todo ese vacío galimatías de la función social de la propiedad privada (expresión que nadie sabe exactamente qué diablos significa) sólo puede explicarse desde la ignorancia de quienes no entienden cómo se crea o se destruye la riqueza en una economía de mercado libre y abierta. Naturalemente, eso no quiere decir, como equivocamente suponían los marxistas, que si no se obliga a las empresas a abonar buenos salarios la tendencia de los capitalistas sería a pagar sueldos de miseria. Eso no es cierto: la competencia por reclutar y mantener los mejores trabajadores suele ampliar paulatinamente el segmento de las retribuciones correspondiente a las rentas por trabajo, especialmente en las sociedades desarrolladas del primer mundo.

En todo caso, qué hacer con el peliagudo asunto de los gastos de salud? Es verdad que la nación más poderosa del mundo debería brindarles a todos sus ciudadanos la posibilidad de curarse razonablemente sus mataduras, pero, cuál es el procedimiento más eficiente para lograr ese objetivo? Lo que Friedman propuso me parece razonable e ingenioso: un fondo de inversiones , a donde irían parte de los ahorros del trabajador, fondo que aumentaría con los depósitos mensuales y, en cambio, disminuiría con los gastos por enfermedad, de manera que el estímulo aliente a la prudencia y al control de los costos médicos y no al dispendio. En el modelo de Hillary Clinton al empleado le conviene enfermarse. En el de Friedman, le conviene estar sano.

En la antigua China hubo algo parecido: los pobladores de ciertas aldeas le pagaban al curandero mientras estaban saludables. Cuando se enfermaban, era el curandero el que les pagaba a ellos, fórmula sanitaria que garantizaba la más rápida y mejor atención disponible en aquella época remota. Buen sistema, pero acaso menos radical que el de un médico naturista cubano, Juan B. Kouri, que repartía propaganda de su peculiar método curativo con el siguiente lema: Los elefantes viven cien años porque no van al médico . Me temo que los Clinton van a tener que plantearse algo así para salir airosos del lance en que se encuentran. (Firmas Press).

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