A TODOS SE NOS APRETÓ EL CORAZÓN...

A TODOS SE NOS APRETÓ EL CORAZÓN...

El autódromo de Phoenix se nos quedara grabado a los colombianos por mucho tiempo. Acá se había dado un momento muy importante, como fue la primera victoria de Roberto José Guerrero en los Indycars, luego de una despampanante presentación. Salió de último y ganó luego de 200 vueltas al óvalo más veloz del mundo en su tamaño. La pista exterior mide solo 1.600 metros por vuelta y se convierte en una cerca de concreto que la separa del desierto de Arizona. Para habilitar el escenario para otras carreras, construyeron en el infield un trazado rutero que es como una pita en el bolsillo, curva tras curva, que parecen una pintura negra en la arena.

03 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

El calor es aplastante, pero diferente a las calenturas del sol tropical. Seco, sin brisa, el clima es como una plancha que va resecando la piel y los labios. Las canecas se llenan vertiginosamente de latas de refresco vacías. A veces, es peor el calor debajo de las carpas que al rayo del sol.

Este estaba en todo su esplendor el sábado a las 2.15 p.m. cuando el pace car por fin arrancó seguido por el batallón de la Barber Saab. Atrincherado en el muro que separa al paddock, o sea el lugar de trabajo de los equipos, de la pista, preferí ver solo la carrera.

Fue media hora eterna. En la primera vuelta hubo el enredón de Servigon y Andy Boss y volvio el pace car. Estuvo como tres vueltas girando lentamente con la procesión detrás. Parecía que se hubiera escapado una buena parte del tiempo reglamentario, 30 minutos, pero cuando vino otra vez la señal verde, y con ella la orden de correr, el reloj no había gastado ni siquiera cinco minutos.

Todos los colombianos que estábamos en distintos sitios del autódromo, teníamos un temor enorme por dentro, incofeso. Sabíamos que de pronto había mas riesgo en la pelea entre Guzmán y Montoya que en la de ellos con Hotchkis. Y por poco sucede. En un par de situaciones, cuando Montoya se le acerco a Guzmán, sus carros casi rozan. En una de esas, Guzmán cruzó por delante de Montoya al salir del óvalo para la parte interior. Juan Pablo, corrigió de manera oportuna y recuperó el carro en el último instante, para fortuna de todos. Fue en un sitio diferente a mi solitaria tribuna por donde siempre pasaron en fila india, prudentes y formales.

Girando en un minuto y un par de segundos por vuelta, dejaron ir a Hotchkis y nunca volvieron a ver a Nadeau, quien se ganó eso con una mano. Luego el auto de Montoya comenzó a perder contacto.

Pero habrían de pasar otras 20 veces por ese sitio, desde donde se alcanzaban a distinguir los cascos cuando venían por la recta opuesta y luego pasaban a pocos metros del muro divisor. Una eternidad.

Finalmente, cambié de escenario. Bastaba con caminar 100 metros para llegar a pits y desde el muro interior, prepararnos para la llegada. Enfrente, a la altura de un sexto piso, en la cúpula de la torre de prensa, colgaban un par de banderas colombianas de las ventanas, tras las cuales transmitían las tres emisoras del país. El jefe de prensa de IMSA y Barber Saab, ya sabía lo que podría acontecer y ordenó evacuar la sala, dejándola libre para toda la transpiración verbal de los colegas.

En un momento dado, Hernando Vidales, de RCN, resolvió abrir la ventana, asomó más de medio cuerpo y su narración invadió a la tribuna que miraba perpleja al personaje que vociferaba en el micrófono. Sus palabras se alcanzaban a oír en la pista.

EL reloj seguía quieto y por ninguna parte aparecía la comitiva. Los Guzmán, padre, hermano y esposa, estaban en el comienzo de la línea de pits, camuflados en sus nervios. Otros compatriotas vivían el doble espectáculo, de la carrera y el tremendo pique de las tres transmisiones que tenían a la cabina convertida en carnaval.

Finalmente, en la torre salió la bandera blanca y la ilusión tomó forma aunque esa última vuelta duró como un año.

Un minuto después, pasó Nadeau. A unos 50 metros, embalado pero resignado, se presentó Hotchkis. Y cuando recibía la bandera, la flecha amarilla, con el número 77 de Guzmán, comenzó a zigzaguear en señal de victoria y se perdió con la mano de triunfo en el aire hacia la vuelta de la celebración.

No hubo a quien no se le apretara el corazón. Tantas veces que he estado en este oficio al lado de grandes sucesos -y desventuras- deportivas, he tenido esa sensación revuelta de emoción y nerviosismo, de felicidad y angustia. Sin micrófono para gritar, sin nadie con quien comentar, salté a la pista.

En la linea de pits, despacio pero con certeza comenzó a caminar María Amparo Torres, la esposa de Diego con un refresco en la mano. En la torre las tres ventanas estaban abiertas y las banderas se sacudían.

Hasta cuando regresaron los artistas. Todos se fueron metiendo a los pits y Diego pasó de largo hacia la recta principal. Llegó a la meta, cruzó el timón del carro, enterró los frenos, hizo medio trompo y paro allí para cobrar.

Ya tenía los cinturones sueltos por lo que saltó como un caucho en la cabina. Parado en el asiento, con los brazos en alto, dejó escapar un grito de victoria, digno de Tarzán. Primero celebró hacia la radio y el público. Luego se volteó y saludó a los pits, a donde comenzaban a llegar de todas las esquinas los mecánicos, la familia, los amigos, la televisión.

Diego, voltéese para la foto , alcance a decirle también a grito limpio.\ Todavía no había llegado nadie. Por el hueco del muro que sirve para el cronometraje, me había colado al lugar preciso donde se detuvo a celebrar. El rollo se evaporó reseñando las contorsiones del campeón.

Un instante después, el sitio se llenó. Televisión, micrófonos, abrazos, besos, lágrimas se fueron confundiendo hasta formar el desenlance de una larga película de drama que termina en la tierna escena alrededor del protagonista.\ Nunca antes el tiempo pasó tan lento. Apenas eran las 2.55 de la tarde y el recuerdo de esa angustiosa carrera se borraba rápidamente, opacado por la fiesta, por las entrevistas, por las tradicionales conexiones telefónicas entre Colombia y ese aislado paraje del desierto.

Llegó el podio, montado sobre un camión. Subieron los convocadas, Diego se envolvió otra vez con la bandera, recibió el trofeo y subió de inmediato al centro de radiodifusión aplaudido por toda la tribuna que debió cruzar. Allá gastó otra hora atendiendo los compromisos periodísticos y enseguida atendió a los colegas americanos.

Cuando regreso a la zona de paddock, una hora y media después de la victoria, ya los camiones se habían ido, los autos estaban en su barriga de hierro y no quedaron rastros del que fue el centro de operaciones de esta tensa final.

En la pista, rodaba otra carrera y quien fuera el héroe del momento anterior, ya no era reconocido. Se quitó el overol, guardó su casco, volvió a la vida civil.

The end. Como dice en todos los filmes.

Los camiones rodaban por la autopista rumbo al año 95. Como en todo, las cosas siguen su curso y lo que fue una gran vivencia, ya solo era un enorme recuerdo.

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