QUIÉN LE TEME A LA SÉPTIMA

QUIÉN LE TEME A LA SÉPTIMA

Trucha... trucha, que viene la parca...! La advertencia llega desde la esquina, por encima de la ranchera lejana de Vicente Fernández, del rumor de la calle y del acelere de los motores.

02 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Pilas, parce, ábrase! ordena un muchacho que llega corriendo. Otros dos salen en estampida. Medio minuto después aparece, por una calle lateral, la trompa de la patrulla que desde hace dos horas ronda el sector.

El carro policial pasa lento, entre la hilera de vehículos que transitan por la carrera Séptima con calle 23, en pleno centro de Bogotá. Todo parece normal. La gente camina de prisa, los vendedores ambulantes extienden su mercancía bajo los avisos de neón, algunas personas esperan taxi, los restaurantes y tabernas lucen concurridos, una pareja de colegiales, con mochilas en la espalda, camina agarrada de la mano.

Pero más allá de esa normalidad se esconde la otra vida de la carrera Séptima. La de las bandas de atracadores, raponeros, homosexuales, ñeros que colonizan territorio y de jíbaros cargados de marihuana y basuco.

Tito, el jefe de una de estas bandas, llegó hoy un poco antes de las 7 de la noche. Venía acompañado de su novia, una rubia de cara angelical que no pasa de los 17 años. Visten casi igual: jeans, zapatillas de marca y chaquetas anchas.

El resto de la banda lo espera a pocos metros del centro comercial Terraza Pasteur, un edificio de ladrillo de tres pisos de donde brota un son de Guillermo Portabales. La banda se saluda de mano. Tito examina la calle. No se ve un policía en toda la cuadra. Armonioso, armonioso , dice el jefe de la banda mientras se frota las manos. Tiene unos 18 años. Es trigueño, de baja estatura y movimientos ágiles.

Pero esta vez los cazadores resultan cazados. Cuatro hombres mayores, con los bultos de las metralletas bajo sus chaquetas de jean y cuero los rodean. Las tres mujeres que forman parte de grupo desaparecen entre la multitud que camina sin darse cuenta de lo que ocurre en ese otro mundo.

Cinco minutos después los muchachos suben a una patrulla. Mañana a esta misma hora los sueltan. Eso pasa siempre , dice una persona que conoce el agite del lugar.

Y ese caos se nota más cuando la Carrera Séptima atraviesa el centro de la ciudad. Sobre todo en las nueve cuadras que van desde la Avenida Jiménez hasta la calle 24.

Sobre la Jiménez está el Banco de la República, y a espaldas de este, el Parque Santander. Allí los ñeros chupan pegante y caminan con sus cobijas deshilachas muy cerca de donde los ex presidentes y ministros se bajan de sus autos y caminan de prisa los pocos metros que los separan de la entrada del Jockey Club.

Frente al parque, a la entrada de la iglesia de San Francisco, varios indigentes estiran su mano. Más allá se escucha el pregón de los artistas del rebusque. Hay de todo: tazas chinas, libros piratas, tenis chiviados , remedios para la impotencia, mandarinas, champú de sábila, camisas de mil pesos y perros perfumados de 80.000.

Así transcurre la Séptima hasta un poco más allá de la Avenida 19. También es tierra de los cirujanos que abren bolsos y carteras con bisturí, y de los cosquilleros que sacan billeteras en un empujón. Junto a ellos transitan policías que se cansaron de jugar a detenerlos hoy y soltarlos mañana.

Ocasionalmente ese mundo se alborota con otra voz de alarma: !el camión... el camión! Entonces los vendedores de cachivaches agarran las cuatro puntas de la tela en que exhiben su mercancía, cierran las maletas de perfumes y relojes, y desaparecen por las calles que bajan a la carrera Décima, para reaparecer cuando ha pasado el peligro.

Más allá de la Avenida 19 las cosas comienzan a cambiar, porque al caos anterior se le agregan las bandas. La de Tito, la de Carlos, la de Andrés, la del negro. Cada una tiene marcado su territorio y lo defiende en lances con navajas patae cabras que compran a mil pesos.

Hacia el lado de la 24 están los homosexuales. Casi todos adolescentes de pantalón ajustado, sin bolsillos, que caminan hasta la 19 esperando subir al carro de algún cliente. A veces entran a alguna de las seis farmacias que hay sobre la Séptima a hacerse aplicar inyecciones que les adelgacen la voz, les hagan crecer los senos y les suban la cola.

Ellos y las prostitutas de Casa Show y Babilonia también suben a comprar cosméticos y medias veladas a las droguerías.

La rubia de cara angelical todavía deambula por la calle dos horas después de que los policías de civil se llevaron a Tito y su banda. Las mujeres de otros dos miembros de la pandilla reemplazan a sus maridos en el rebusque diario. Dos de ellas y un muchacho de unos 18 años acaban de robar varios billetes de cinco mil a una pareja que se atrevió a sacar plata de un cajero automático.\ Otra mujer, con una niña de diez meses envuelta en una cobija, está desesperada. Su compañero se robó un tubo calibre 38, lo vendió en 200.000 pesos y se fue a soplar basuco desde el día anterior.

En ese mundo de contrastes también están los afiebrados por los casinos, algunos de los cuales les echan hasta 500.000 pesos mensuales a las maquinitas y a veces salen de allí con más de un millón. La mayor parte de los seis casinos que quedan sobre la Séptima son lugares alfombrados, con 40 u 80 traganíqueles y máquinas de póker.

En uno de ellos hay un hipódromo en miniatura, con caballos y jinetes articulados que corren sobre una pista verde. La carrera, además, es transmitida en una pantalla gigante que da el ganador con foto finish.\ Hasta la puerta de algunos de esos lugares alcanza a llegar el olor de la marihuana que se vende y consume con toda libertad. Una vicha (papeleta) de basuco vale 500 pesos y la marihuana se consigue de 300 para arriba.

La novia de Tito es una de las clientes. Se acurruca junto a una puerta, con otras dos mujeres, una de ellas embarazada, y encienden el cigarrillo de marihuana. Pilas, los tombos dice otra mujer que pasa ligero junto a ellas. Los policías bachilleres están al otro lado, pidiendo papeles y requisando.

Vámonos, que esto se puso caliente , dice una de las mujeres. Esta noche, al parecer, ya no van a trabajar más. Es la cotidianidad de la vía con más pergaminos de Bogotá. Un lugar donde pasa de todo... y no pasa nada.

El club de los ñeros Frente al Jockey Club existe otro club que lo dobla en servicios, y casi todos gratis o a muy bajo costo.

Este es al aire libre, con frondosos árboles, piscina, servicio de restaurante y una variada programación artístico cultural que arranca a las 9 de la mañana y dura hasta bien entrada la noche. A veces hay dos o tres espectáculos simultáneos.

Es el parque Santander. Allí se congrega, muy cerca de algunos jubilados que aún salen a leer el periódico, un enjambre de ñeros , saltimbanquis y vendedores de específicos.

Esa es la casa de Miguel, un faquir que hace más de 40 años se hizo abrir agujeros en los brazos, la mejilla y el pecho, por los que se mete unas agujas de tejer. Desde hace unos meses el faquir tiene competencia: un muchacho que hace desaparecer ocho puntillas de tres pulgadas por su nariz y las saca por la boca.

Muy cerca suena el tambor de Domitilo, el rey de la rumba. Una obra del teatro que se presenta en el mismo lugar desde hace unos cinco años. Por un lado de Domitilo pasa un adolescente sin camisa que salta a través de un rin de bicicleta atravesado de cuchillos.

A veces irrumpe en este lugar la policía motorizada. Carreras, gritos, manos arriba. Una puñaleta aparece en medio de los harapos de los ñeros . Una navaja patae cabra y un paquete con papeletas de basuco cae en la bolsa de tela de un culebrero. Nada por aquí. nada por acá. El ñero se va tranquilo a su dormitorio debajo de un árbol. Y los policías salen con las manos vacías, salvo por el hombre de la puñaleta.

Por la mañanas el Parque Santander amanece oliendo a orines y excrementos. Los ñeros se dan un baño, lavan sus ropas en la fuente, y salen a pedir limosna para comprar pegante.

Un miembro de la Misión Israelita del Nuevo Pacto Universal, vestido de túnica, manto y sandalias, predica mientras vende una crema hecha con miel, huevo y néctares. Cuatro hombres llevan diez minutos absortos, mirando unos cuadros indescifrables de tercera dimensión .

Los olores de ese mundo alcanzan a llegar hasta los botones de lujosas capas de paño azul que atienden a los socios del Jockey Club. Al fondo hay un gran ramo de rosas rojas.

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