RAMÓN BARBA

Ramón Barba llega a Colombia en el momento preciso en que una nueva generación se empeñaba en descubrir la intimidad colombiana. Cuando se burlaban de nosotros, los de la serpentina y el confeti. Disfrazábamos la revolución universitaria con los cantos de las reinas de estudiantes, pero en el fondo íbamos buscando una nueva universidad. Ramón Barba, escultor madrileño, venía desadaptado de las cosas de España. Había estado en México y La Habana y tenía la tentación de América. Para nosotros era como un joven maestro de 33 años, que se colocaba abiertamente al lado de nuestra rebeldía. Entró a la Escuela de Bellas Artes a darle el vuelco a las clases de escultura. En Bellas Artes se estaban estrenando los experimentos del Impresionismo, pero lo que llegaba de España seguía siendo Zuluaga, Romero de Torres y las reproducciones del Museo del Prado. Solo cuando Roberto Pizano nos descubrió a Sorolla fue una revelación que se pintara al aire libre.

08 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Barba sintió la vida colombiana como la sacamos nosotros por las calles o la poníamos a arder en conciliábulos de izquierda. Yo recogí el mensaje universitario en El Estudiante de la Mesa Redonda. Pero repasando los textos de historia, dí con un capítulo perdido que me llevó al archivo. Por tres años me puse a repasar papeles de los comuneros.

Cuando publiqué el cuento se habían olvidado los de Manuel Briceño, de 100 años atrás, y se tomó el libro casi como una novela. Quien más se apasionó en su lectura fue precisamente Barba. Y se volvió comunero. El había llevado a la Escuela de Bellas Artes la talla en madera como una novedad. Los estudiantes no hacían otra cosa que reproducir modelos en yeso. Los fabricantes de lápices y de colores mandaban cabezas de Apolo y manos de Afrodita que reproducían aquí en la Escuela.

Cuando Barba se encuentra de repente con la historia de Manuela Beltrán y hace esa monumental figura en una talla de madera, los estudiantes se dan cuenta de lo que era la escultura. Es su revelación. A Barba siguieron Rodríguez con espléndidas tallas de piedra. Tuvimos la sensación de que lo mejor de nuestro movimiento lograba una resonancia en la Escuela de Bellas Artes.

Ramón era el español que se vuelve americano. A los dos meses de estar en Bogotá era parte esencial de nuestras tertulias, maestro en la interpretación de la revolución colombiana. Me ligó a él una amistad fundada en esa circunstancia. Siempre he hablado mucho de mi parte en las agitaciones estudiantiles como iniciador de huelgas y creador de asambleas universitarias. En realidad debo reivindicar lo de los comuneros, que fue bandera en la parte política.

Ibamos a revisar la historia de la independencia. Se había descartado esta contribución del pueblo en los programas rutinarios de las Academias. Como la había ignorado Don Camilo Torres en el Memorial de Agravios, se pasaba por alto en las escuelas. La figura de Galán, perdida con la interpretación de Berbeo a quien quiso glorificar una vez más su descendiente Cárdenas Acosta. Barba destacó las figuras de los campesinos cuyas toscas imágenes cobraron vida.

Se formó una nueva literatura, la de Castro Saavedra y una nueva generación de poetas y nuevos historiadores. El arte del madrileño vino a obrar como catalizador de todas las emociones. Su Manuela Beltrán pasó de levantar a los Ardilas y llevarlos a quemar hogueras de mazos de tabaco y a quebrar múcuras de aguardiente frente a la casa del estanco en el Socorro a ser la capitana del pueblo.

Nos dimos cuenta de lo que fue la marcha de 20.000 comuneros a través de los campos de Boyacá y Cundinamarca para llegar hasta las goteras de Zipaquirá en una correría como no se vio en la guerra de independencia. Volvió a arder la protesta por la burla y la traición. Barba resultaba con nosotros otro de los españoles insurrectos.

Tal vez esto de Barba completó mi programa juvenil. Yo pensé hacer una trilogía de libros de las fuerzas olvidadas en el surgir republicano. El estudiante, el campesino, la mujer. Dos libros quedaron. El Estudiante de la Mesa Redonda y Los Comuneros. El tercero, mi matrimonio. Gabriela. Barba tuvo un programa parecido, de comuneros y estudiantes que completó al unirse con su discípula, la escultora Josefina Albarracín.

Como se ve hubo cierto paralelismo en nuestras vidas y a lo menos el testimonio que dejó en la suya Barba, con estas esculturas y con el busto de Josefina explica el cariño que tengo por su obra. La verdad es que la maestría en la talla del juramento del comunero, de los campesinos o de Manuela Beltrán está en que el golpe para cortar la madera era maestro más que por el arte del escultor por la pasión con que siguió la gesta campesina...

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