NARCODESLENGUADOS... Y NARCOCINE

NARCODESLENGUADOS... Y NARCOCINE

Si no fuera por la rotunda desautorización del embajador de E.U., Myles Frechette, cuando advierte que deseo declarar de la manera más enérgica que los puntos de vista expuestos por el señor Joe Toft a QAP no representan de manera alguna la posición de los Estados Unidos. o la Administración Antinárcoticos de los Estados Unidos, la DEA , uno podría hilar delgado y suponer que tales declaraciones -las de Mr. Toft (o Sr. Rudo)- son una forma de represalia a las cosas que afirmó el presidente Samper en Naciones Unidas el lunes pasado, cuando señaló, a propósito de la responsabilidad que pretenden eludir los países consumidores en la lucha contra el narcotráfico, lo siguiente: Nos sentimos solos, muy solos, cuando vemos refrendados popularmente alcaldes declarados consumidores crónicos de drogas , en referencia a Marion Barry, quien está a punto de ganar las elecciones en Washington. Nos sentimos solos cuando, después de largos esfuerzos por erradicar cultivos (de estupefacientes), s

02 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Y es que el Gobierno norteamericano de alguna manera dejó entrever su insatisfacción por este discurso de Samper, a través del subsecretario de Estado para América Latina, Alexander Wattson. Lo cual está bien. Es legítimo que a ciertos funcionarios norteamericanos no todo lo que diga -o a su juicio omita- el principal vocero del Gobierno colombiano en un escenario de semejantes dimensiones internacionales, como es el Presidente de la República, sea de su gusto ideológico.

El problema del señor Toft no es sólo -como dice Myles Frechette en su declaración- que aquel decidiera atacar personalmente a Colombia después de seis años y medio de servicios en este país, cooperando de consumo con nuestras autoridades, en nombre de su gobierno, en la lucha contra el narcotráfico.

El problema son las inmensas exageraciones y mentiras de Toft. Aunque haya narcotráfico, Colombia no es una narcodemocracia, como tampoco lo son los Estados Unidos por el hecho de que elijan alcaldes cocainómanos. Pero es claro que sufrimos duramente este flagelo, que prácticamente tienen arruinada nuestra imagen en el exterior; y que por tratarse de un poder económico casi sobrenatural -generado por la evidencia y existencia de un gran mercado-, también es cierto que el narcotráfico está infiltrado, de manera individualizada, en no pocos estamentos de nuestra sociedad. Y que inclusive, como reconocía el propio ex presidente Carlos Lleras en su último editorial de Nueva Frontera, No tiene nada de raro, sino por el contrario es propio de los métodos de los hombres de la mafia, buscar vinculaciones con las fuerzas políticas, a través de personajes de poco brillo y baja moral . Pero la venalidad de esas personas aisladas en modo alguno puede comprometer el núcleo de la sociedad colombiana ni el conjunto de sus instituciones políticas. Sostener lo contrario es no solo calumnioso sino perverso. A menos, claro, que Toft saque pruebas.

Acabo de ver Clear and present danger , la anunciada película de Harrison Ford que supuestamente relata la vida de Pablo Escobar. Y aunque el personaje que interpreta el papel de Escobedo es, en algunos rasgos físicos, parecido a Escobar, no se trata de su biografía y ni siquiera del entorno de su funesta pero cruda realidad.

Desde el punto de vista histórico y testimonial, resulta claro que una película sobre todo lo malo que representó Escobar, daría para mucho. Pero aquí no hay ningún ceñimiento a la verdad. Se confunde a Escobedo con el cartel de Cali, y se habla de Cali y Bogotá como lugares neurálgicos, donde los narcos hacen y deshacen sus cuentas y negocios, mostrando otras imágenes, que no son las de Cali ni las de Bogotá, pero donde ocurren actos de violencia y muerte contra funcionarios norteamericanos que ni aun en los peores momentos de narcoterrorismo han ocurrido.

La película de Harrison Ford es, pues, tan excitante desde el ángulo cinematográfico como una porquería contra el nombre de Colombia y de sus nacionales. Y eso mismo es lo que sucede con las declaraciones de Toft. Que no solo nos deshonran, sino nos enlodan. Nos manchan a todos por sus generalizaciones. Si Samper recibió las millonadas de los capos de que habla Toft, que lo demuestre. O que diga, de una vez por todas, quiénes recibieron dádivas durante su campaña, si así fuera, para que públicamente merezcan el castigo correspondiente, y la sanción moral de la inmensa población no involucrada en esta nefanda actividad.

Pero que no se juegue más -en forma recurrente y sistemática- con el honor de nuestros gobernantes, pasados y presentes. Y en tal sentido me parece que el ex presidente Gaviria, en su nueva condición de secretario general de la OEA, y no solo el Gobierno colombiano actual, tiene que colocar sobre la mesa de discusiones con E.U. la necesidad de que, frente a la lucha contra la droga, la responsabilidad involucre a todas las partes, así como el respeto hacia las mismas.

No para que Gaviria lo haga en su calidad de colombiano, sino de secretario general de una Organización que representa los intereses del Continente en un tema más que político, tan inquietante como el del narcotráfico. En esa medida, Samper y Gaviria deben trabajar conjuntamente, por encima de provocaciones y parroquiales recriminaciones de sus vanidosos adláteres. Porque aquí lo que Toft ha dicho son dos cosas claras: que Colombia se volvió narcodemocracia a partir de la Constituyente; y que si el Cartel de Cali se somete a la Justicia, seremos una narcodemocracia aún mayor.

Como intromisión en los asuntos soberanos de una nación, qué tal ésto? Si el Cartel de Cali se entrega, también entonces estaremos estigmatizados, por condescendientes y no por verdugos?

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