EL ALTAR DE LA PATRIA PRECOLOMBINA

EL ALTAR DE LA PATRIA PRECOLOMBINA

La masa de agua permanece quieta, inamovible, mientras la neblina levanta su velo. Poco a poco se descubre su forma circular, y el perfil de su recipiente que más pareciera el cráter de un antiguo volcán apagado. Aparecen en la escena los verdes frailejones, las acolchonadas flores que les dan color, los musgos y quitches, los encenillos, los árboles enanos y retorcidos de frío y luego, el valle en su totalidad. El espejo de agua riega entonces su magia sobre los Andes Colombianos y el lugar es envuelto por una energía extraña, misteriosa que indudablemente surge del fondo de la legendaria laguna de Guatavita.

08 de octubre 1992 , 12:00 a. m.

Allí está, a setenta kilómetros de Bogotá, invitando a un reencuentro con nuestro pasado aborigen y reclamando su título de verdadero altar de la patria después de haber sido, entre el pueblo muisca, algo equivalente a lo que fueron las pirámides aztecas o el Machu Picchu incaico.

Si bien es cierto que las lagunas fueron el templo natural de los chibchas, puesto que para ellos tenían un sentido mitológico, también lo es que Guatavita se convirtió en su ciudad sagrada, centro de la cosmogonía aborigen y cumbre de las peregrinaciones religiosas del Imperio.

Es difícil saber por qué. Pero una leyenda que se mantuvo por tradición oral explicaría que allí un legendario cacique habría llorado su barbarie de tal forma, que un rito de arrepentimiento terminó convirtiéndose en la máxima ceremonia del pueblo aborigen.

Dicen que el cacique acusó de adulterio a su esposa preferida y la obligó en público a comer partes del cuerpo de su amado. La mujer, desesperada, se lanzó a las aguas de la laguna de Guatavita con su pequeña hija en los brazos. Arrepentido, el cacique lloró largas noches hasta que resolvió rendirle homenaje y creo el ritual en el cual el hombre navegaba sobre una balsa completamente cubierto de oro mientras su pueblo le rendía tributo y lanzaba piezas fabricadas en el precioso metal. Según el pueblo, la cacica habitaba en el fondo de las aguas en el Palacio de Guaihioque.

Lo cierto es que el pueblo de Guatavita surgió de las aguas mitológicas de Chibchacun y también, irónicamente, murió en ellas cuando en 1967 el antiguo poblado fue inundado para construir la represa de Tominé, después de haber comprado títulos a 917 propietarios.

Pero su espíritu flota aún en las misteriosas aguas de la laguna sagrada y, según el historiador Roberto Velandia, permanece en la conciencia ininteligible de lo inanimado.

Ese misterio, que ha inspirado historias de extraterrestres y de encuentros cercanos con el mundo celeste, inspiró interminables páginas a los cronistas de la Conquista y de la Colonia que aún siguen inquietando a quienes pretenden descifrarlo.

Pero la verdad de la historia se la llevó consigo el cacique Guatavita, cuando fue derrotado ante la arremetida de los conquistadores. Uno de los más poderosos hombres del zipazgo, por su estructura social y militar y la fuerza de su numerosa población, había sido vencido.

El mismo que en época prehispánica había tenido la plaza de armas mejor fortificada del imperio chibcha y había comandado a un pueblo considerado como el de mas hábiles orfebres de la nación. Con el oro fabricaban las imágenes de sus dioses, adornaban las mitras de los sacerdotes y las coronas de sus reyes. También otros objetos que les servían como moneda de cambio comercial y como ofrenda en sus sacrificios. Tejían además túnicas de algodón con brillantes colores que los hicieron famosos entre otros pueblos de la región.

Han pasado cerca de 500 años desde el momento en que se llevó a cabo la última ceremonia. Pero el misterio continúa sin descifrar. Sebastián de Belalcázar fue el primero en enterarse de la existencia del hombre dorado cuando estaba en Perú y atravesó selvas y desiertos, enterrando gran parte de sus hombres, para llegar a El Dorado.

Fábula, leyenda, fantasía americana, pero lo cierto es que el relato, tal como lo describe el historiador Velandia, recorrió oralmente como una Biblia los caminos del continente, deslumbró la mente del Viejo Mundo y obligó a aventureros voraces a recorrer selvas y desiertos nunca más caminados por el hombre.

Hasta allí llegaron a extraer los tesoros que jamás alcanzaron en su totalidad. Los primeros que intentaron desecarla fueron Hernán Pérez de Quesada y el legendario capitán Lázaro Fonte. El tercero, y más afortunado, fue Antonio Sepúlveda, mediante permiso del rey Felipe II (1562) por un concesión de ocho años que comprendía también el cerro sagrado de Montesillo. Alcanzó a construir desages y sacó bastantes piezas de oro.

El 16 de junio de 1820 se constituyó una sociedad con 16 accionistas, presidida por el general Francisco de Paula Santander; en 1826, Ignacio París, luego un señor Marto, y una compañía inglesa a principios de siglo.

Pero la laguna se reservó para sí el tesoro de El Dorado, en un fondo que jamás fue encontrado. Tanto que, cuando en 1856 se encontró en la laguna de Siecha una balsa de oro de 268 gramos, algunos historiadores llegaron a afirmar que la verdadera laguna sagrada era la de Siecha y quisieron desecarla también.

Pero en la de Guatavita se han encontrado impresionantes tesoros. Algunos aumentaron las arcas del reino de Castilla. Otros, como el pectoral de oro de 242.10 gramos de peso, que mide 22.5 centímetros de ancho por 21 de alto, o el collar de 67.54 gramos, se conservan en el Museo del Oro.

Por ello, la laguna, que nunca ha alcanzado el puesto que merece en los anales de la historia nacional, jamás perdió el orgullo que le dio su calidad de laguna más famosa del mundo. La laguna de El Dorado. La que propició la codicia de los conquistadores y consolidó con ello la verdadera colonia española. Porque ella fue, sin duda, el verdadero móvil de Castilla en América. Un móvil que, según los historiadores de hoy, se inventó Colón ese 12 de octubre que pisó tierra americana cuando de forma inmediata inició su carrera loca trás los tesoros descritos por Marco Polo. III Festival de El Dorado La laguna de Guatavita cobrara este fin de semana el valor que se merece. Las fuerzas vivas de esa población han organizado una ceremonia que pretende recordar la trascendencia del lugar en épocas precolombinas, precisamente ahora que se celebra el Quinto Centenario del Encuentro de Dos Mundos.

A partir de hoy y hasta el próximo lunes, la población se vestirá de tradición y folclor. El programa para hoy, por ejemplo, reúne una muestra de cuentos, mitos y leyendas de las diversas veredas de la población cuyos representantes, además, alternarán en coplas, música y danzas típicas. En la sede del Centro Artesanal habrá una importante muestra, a la vez que los artesanos explicarán los procedimientos de sus obras.

El viernes, los niños de Guatavita participarán en un certamen de pintura cuyo motivo será la Leyenda de El Dorado; y en la tarde habrá títeres y un concierto musical en el que se mezclarán trovas, coplas y salsa. El sábado, Guatavita será sede de un encuentro nacional de danza tradicional y de un espectáculo de cuenteros de diversas regiones del país. El domingo habrá una conferencia sobre la realidad actual de nuestras culturas indígenas y tendrá lugar un festival de música y copla regional.

Pese a que todas estas actividades han sido organizadas al detalle, será el lunes 12 de octubre el día más importante de la fiesta. En la mañana se desarrollará un programa especial que mostrará la variedad y riqueza de nuestra cultura ancestral y contemporánea. La banda municipal ofrecerá un concierto, y la tarde cerrará con la obra El Cacique Dorado, montada por el Grupo de Danza-Teatro de Guatavita que dirige César Monroy.

El Tercer Festival se hará realidad, gracias a la consolidación de una serie de fundaciones y organismos cívicos empeñados en que los habitantes de Guatavita dejen de ser espectadores de eventos foráneos y recuperen la capacidad artística de sus antepasados. Por ello se creó el Taller-Escuela de Cerámica que, dirigido por Olga Barahona, se inaugura este fin de semana; funciona desde hace tres años la Escuela de Danza Teatro y se capacita por estos días un grupo de jóvenes en la guía turística e histórica del poblado. Personajes como César Monroy, director artístico del festival, y una serie de jóvenes líderes, que como María Inés Cuervo han querido organizar a otros jóvenes, pretenden lograr que Guatavita recupere su importancia de antaño.

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