THEO Y SUS HERMANOS:

THEO Y SUS HERMANOS:

Jean Honoré Fragonard, francés (1732-1806), y Chaim Soutine, lituano (1894- 1943), abren y cierran la muestra y sirven de paréntesis -uno con sus personajes ingenuos, pero de gran vitalidad, otro con su desbocado expresionismo- a una especie de sinfonía de formas y colores que nos permiten encontrarnos, ni más ni menos, con el señor Claude Monet, aquel que quería pintar como cantaban los pájaros; el señor Pierre Auguste Renoir con su paleta de arco iris ; el señor Henri Matisse, una de las más importantes figuras del siglo XX, quien soñaba con un arte de equilibrio, pureza y sosiego . Como en el cuento japonés de la casa de las mil ventanas, a través de cada una de las cuales se divisaban los elementos poéticos del universo.

02 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Eso no es todo, por supuesto. Aunque no muy conocidos entre nosotros, por esas arbitrarias limitaciones que impone la mala educación, hay encuentro con otros notables amigos como Jean Baptiste Debret, fundador de una Academia de Bellas Artes en Río de Janeiro (idea de Lebretón). Otros más, también importantes: Antoine Vestier, Henri Chamberlain, Henri-Nicolás Vinet, Nicola María Fachinetti, Ferdinand Hodler, Pierre Bonard, Edouard Vuillard, Paul Chabas, Maurice de Vlaminck ( Qué es el fauvismo? El fauvismo soy yo ), Marie Laurencin, Andre Lhote, Jacques Lipchitz...

La fiesta no termina: se vuelve más luminosa y más frenética. Hay invitados de las grandes ligas: el escrupuloso paisaje de Corot, precursor directo del impresionismo; el refinamiento de Utrillo. Y crece la bola de nieve: Pablo Picasso, Modigliani, don Auguste Rodin, Chagall y Vincent Van Gogh, el hermano de Theo, a quien damos las gracias porque sin parientes de este calibre no se podría perpetuar el juego de la inmortalidad.

Uno asiste a una exposición de esta categoría y olvida que afuera, en la calle, el mundo fue y será una porquería , como en el tango. Piensa, también, en la gran persuasión del arte frente al espíritu y en la necesidad de que la gente tenga posibilidad de este tipo de esparcimientos, para que sienta que Camus tenía razón cuando afirmó que el absurdo del mundo sólo puede justificarse estéticamente .

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