GAJES DEL HOMONIMATO

GAJES DEL HOMONIMATO

Nunca un homónimo fue soportado con tanta envidia (de la buena, como dicen). No me refiero a Gabriel Restrepo luminotécnico, que no sé si sea el mismo que ahora aparece como programador de televisión. Se trata del otro escritor Gabriel Restrepo que con más asiduidad que el suscrito publica en Lecturas Dominicales deliciosas columnas sobre los vinos, los quesos, el caviar y el whisky (las mías son de poesía, aunque vino y versos han rimado tantas veces). Muchos conocidos me han felicitado por una columna que sin decirlo expresa esa sabiduría del buen vivir que tanta falta nos hace. Salvo en algunas contadas ocasiones me he visto precisado a aclarar que no soy el autor, aunque me gustaría serlo. Confieso con alguna ironía que he aprendido una cierta lección sobre la humanidad al apreciar en los otros una deferencia especial que se me otorga por algo distinto a lo que siempre he hecho o escrito, que pese a mis empeños no ha valido al parecer tanto.

02 de octubre 1994 , 12:00 a. m.

Muchos otros que saben de mi arraigado espíritu de pacífica rebeldía y de mi vocación más permanente por la poesía que por las ciencias de las cuales sin embargo soy asiduo, no se han atrevido a enjuiciarme por la presunta debilidad burguesa , aunque he reparado que de un tiempo para acá cierta suspicacia rodea el saludo antes llano.

Acaso los dudosos se pregunten por ciertos rasgos a su ver excéntricos de mi personalidad: una afición por los placeres del paladar, ese tipo de gusto que ni linda con la gula, ni se avecina con la ostentación, pero que expresa todo el honor que un ser humano puede rendir a algunas tradiciones de la civilización y satisface el carpe diem que fuera tan caro el poeta.

Yo mismo descubro con alguna burla sobre mí mismo (pues el mayor caudal de ironía que uno posee proviene de examinar sus propias inconsecuencias) que tal proclividad por la buena vida me parecería verosímil, de no ser por cierta elección de una vida ascética y a veces hasta monacal (sin olvidar que los frailes gustaban del vino y de la buena mesa).

No sé lo que pensarán de mí los otros Gabrieles Restrepos, ni sé quién de ellos apele primero a usar el segundo apellido, una costumbre que estimo como un dejo anacrónico de la herencia hispana, ni sé si ellos apreciarán la poesía como yo el vino, las luces y la televisión, pero en todo caso yo he debido acudir primero a su paciencia no porque me moleste, repito, la confusión, sino porque he recibido una carta de Zaitter Gómez Ardila cuyas vueltas y revueltas bien merecen un comentario.

Zaitter Gómez, al parecer de Bucaramanga, se dirige al periódico Vanguardia Liberal en demanda de una respuesta a dos inquietudes sobre caviar, ecología de esturiones y precio. Como se ve, son preguntas muy específicas: Por qué si el esturión abunda en ríos de América del Norte, Europa, China y en el río Gironda de Francia no se consiguen ofertas de caviar de esos países? Por qué si en el articulo de Gabriel Restrepo se habla de un precio entre 10 y 20 dólares la onza se consigue sin embargo en el mercado caviar de Islandia o de Dinamarca a $4.000 los 100 gramos? Y concluye: Será que lo que compramos como caviar no son huevos de esturión sino de otros peces? .

Como no tengo respuesta a estas preguntas y en el entretanto me ha surgido una infinita curiosidad sobre la respuesta, la remito al destinatario real, no son sin antes indicar por qué vía llegó la misiva a mis manos La carta fue dirigida por Zaitter a la redacción de Vanguardia Liberal el 28 de marzo. Como al parecer no obtuvo respuesta; la envió a la musicóloga Elsa Gutiérrez, profesora de la Universidad Nacional, con el fin de que la dirigiera a mí, en el sobreentendido de que el Gabriel Restrepo de la Universidad Nacional era el mismo de los vinos, quizás por una regla de tres elemental: como he escrito en Lecturas Dominicales, Gabriel Restrepo debería ser Gabriel Restrepo.

Es en todo caso motivo de placer resolver de manera tan grata la confusión que provoca la existencia de un homónimo que escribe tan bien como al parecer degusta, por el cual levanto mi copa en señal de cómplice, salud.

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