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FISURAS EN LA HEGEMONÍA

FISURAS EN LA HEGEMONÍA

Ernesto Zedillo, el presidente electo de México, a pesar de que recién asumirá el gobierno en diciembre, desde ya enfrenta un panorama político confuso y en extremo difícil. Zedillo enfrenta tres retos: crear los espacios de negociación necesarios para un consenso político entre todos los actores, tanto con los partidos de oposición, como con las numerosas organizaciones de la sociedad civil que se han formado en los últimos años. Comprometerse a continuar el camino de democratización recién iniciado. Finalmente, deberá conseguir que los mexicanos crean en la seriedad de sus compromisos, lo que para un presidente del PRI no es cosa fácil. A pesar de haber logrado triunfar en las elecciones de agosto 21 pasado, Zedillo no llegará al gobierno con la fortaleza tradicional que gozaron los gobernantes anteriores a él. Esta situación se debe claramente a que, contrario a lo que se piensa, sí se produjeron cambios importantes en el sistema político mexicano.

El que nuevamente ganara el PRI, por decimatercera vez consecutiva, pareció confirmar la visión de los más pesimistas, de que en México no era posible un cambio democrático que acabara con el sistema de partido dominante del PRI, que por 65 años ha gobernado solo en el país. Pero resulta que una serie de transformaciones importantes se han producido y que estas muestran que las condiciones necesarias para una definitiva democratización de la política mexicana están comenzando a formarse. Esta es la verdadera sorpresa que produjeron las elecciones presidenciales.

Hace rato que diferentes sectores de la sociedad mexicana venían advirtiendo sobre la urgencia de un cambio político. Si bien las razones y las recetas variaban enormemente, todas tendían a coincidir en una idea central: que el sistema de dominación del PRI, que por muchos años fue un sistema eficiente para el país, hacía rato que había dejado de serlo. Al expresar la necesidad de cambio en el sistema político, los mexicanos se referían básicamente a dos cosas distintas y algo contradictorias. Por un lado, era la necesidad de tener un sistema democrático de verdad, pluralista, competitivo y transparente; por el otro, se escapaba el deseo de ver al PRI excluido del control del Estado.

El que en México se hayan llevado a cabo las elecciones más limpias, libres y competidas de su historia, constituye por sí mismo un hecho destacable. Por sus 65 años, cada seis años, se han realizado elecciones para elegir al próximo presidente. En la mayoría de estas sólo había un candidato, el del PRI. En las demás, es poco discutido el uso del fraude y otros vicios electorales por parte del PRI.

Este año, el gobierno de Salinas de Gortari, finalmente accedió a llevar a cabo una reforma a las normas electorales con algún grado de credibilidad. 1. La autonomía de la autoridad electoral acabó con el control del PRI sobre el conteo de los votos. 2. La presencia de dos candidatos de oposición hicieron competitiva la elección. 3. Al aceptar, por primera vez, la presencia de observadores electorales en todas las etapas de la jornada electoral, se reforzó el compromiso asumido por el gobierno de asegurar la transparencia de los comicios.

Evidentemente hay una cantidad de prácticas viciadas que perduran en la política mexicana; aún se mantiene un nexo fundamental entre las instituciones (y los dineros) del Estado y el PRI. Pero por primera vez en México se hicieron unos comicios que han sido aceptados por la casi totalidad de los observadores como legítimos.

Espacio para oposición Además, aunque suene paradójico, que el PRI lograra ganar unas elecciones limpias, es algo inesperadamente nuevo. Su capacidad para competir bajo condiciones donde no tuviera el control era uno de los interrogantes que surgían entre varios analistas. El desgaste provocado por tantos años en el gobierno, la pérdida del botín político que representaba la industria pesada que antes estaba en manos del Estado, que fue totalmente privatizada durante el gobierno de Salinas, y las reformas al sistema electoral, provocaron una profunda crisis en el partido. El grupo de sus viejos dirigentes se veía ahora privado de los elementos con los que se hacía la política tradicional. Sin los recursos económicos, perderían a su clientela tradicional, y sin control de la autoridad electoral, no podrían manipular los escrutinios.\ A pesar de todo esto, Ernesto Zedillo logró llegar a la presidencia. El PRI, sin embargo, ha perdido la capacidad de hegemonizar la política del país. Ahora, con algo menos del 50 por ciento de los votos, obtuvo la votación más baja obtenida desde 1929. La otra mitad de los votos quedó en manos de la oposición que se vio debilitada por estar dividida.\ Paradójicamente Zedillo se vio finalmente favorecido por la ola de violencia política desatada desde comienzos de este año. La aparición del Ejército Zapatista en el sur, el asesinato del candidato del PRI, Luis Donaldo Colosio, el auge de la violencia del narcotráfico y la ola de secuestros de grandes industriales fueron signos evidentes para los mexicanos de que, a pesar de las exitosas reformas de su presidente, en realidad enfrentaban una crisis de gobernabilidad, en que corrían el peligro de perder la estabilidad de la que han gozado durante muchos años. Esta situación explica también el porqué de la derrota electoral tanto del PRD como del PAN.

Otro cambio interesante que surge a partir de las últimas elecciones, es que la oposición no logró ganar, pero obtuvo un espacio de participación que nunca había logrado antes. En este sentido los partidos de oposición tendrán que enfrentar dos tareas fundamentales: 1. Para constituirse en verdaderas alternativas de cambio, necesitan generar credibilidad en su capacidad de gobernar pacíficamente. Fue el miedo de los votantes al caos y a la violencia, así como una actitud poco definida de Cuauhtémoc Cárdenas, lo que produjo una significativa pérdida de votos para el PRD. 2. Tanto los partidos como los movimientos de la oposición civil en México se verán obligados a desarrollar estrategias democráticas de negociación con el gobierno. Su tarea fundamental: la de forzar al nuevo gobierno a respetar su compromiso con el proceso de democratización.

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