La guerra y la paz

La guerra y la paz

No sobrará repetir que siendo la guerra cosa ardua, es mucho más complicada la paz. En la guerra no se tasan costos ni se miden energías. Ese ‘parto de la historia’ compromete hasta la última de las reservas del hombre y de la sociedad. Pero la paz, pareciendo más sencilla, se juega muchas veces con las cartas erradas.

31 de agosto 2006 , 12:00 a. m.

Bien por las pasiones largamente contenidas, por las expectativas triunfalistas, o porque han quedado extenuadas las almas después de la fatiga de batirse, para la paz solo se destinan los restos del talento, las pocas reservas que aún almacena el corazón, los últimos testimonios del naufragio. Y eso parece que nos sucede ahora.

Para empezar la cadena de los desaciertos, no hemos comprendido cuál guerra hemos ganado y andamos negociando armisticios con los vencidos equivocados.

La evidente infiltración del narcotráfico en las autodefensas, que es la misma que en la guerrilla, no nos está dejando distinguir lo uno de lo otro.

Y esa mezcla es explosiva y degradante.

Nadie en el mundo comprenderá que les extendamos pasaporte hacia la impunidad a los empresarios de la droga y que sea para el Estado un mafioso igual que un combatiente. Hubiera bastado, para establecer las condignas distancias, leer las postreras declaraciones de Carlos Castaño, precisamente las que le costaron la vida y las que revelan que con los traficantes de la cocaína no hay armisticio posible. Si para preservar el negocio vale matar al hermano, se mata al hermano. Y con quienes trabajan dentro de ese código de conducta no hay trato posible.

Pero si era imprescindible contar con los macacos y los mellizos y los don bernas y otros de su laya y oficio, cuando menos se ha debido exigir, como condición de la tregua o de la paz final, la entrega del negocio que los alienta, mucho antes que los fusiles, harto sustituibles herramientas del oficio. Hacer la paz y dejar vivo el narcotráfico, como está ocurriendo, es pactar una guerra aún más peligrosa y descalificar moral y políticamente la victoria.

Los enemigos de esta asombrosa conquista del Gobierno han dicho que es un simulacro para cubrir la impunidad y garantizar, bajo ciertos rituales sin prestigio, la impunidad de los delitos más atroces y el goce de los bienes ganados al precio de la sangre de sus propietarios legítimos. Es una acusación que procede desmentir de inmediato y a gran escala. Y que no cabe contrariar con retórica sino con obras, siendo las únicas apropiadas las que conduzcan a una gigantesca operación de extinción de dominio.

Lo demás, como aquello de esperar indagatorias y confesiones para que la expropiación sea como merced de los dueños ilegítimos de tanta fortuna, es una claudicación ante el delito y una muestra de inconcebible debilidad ante los vencidos. En lugar de entregas voluntarias, lo que cabe, desde hace rato, es una acción combinada y fulminante de la Dirección de Estupefacientes y de la Fiscalía, para no dejar en todas las zonas de influencia de los reinsertados ni una pulgada de tierra con título dudoso.

Y para cerrar la lista de nuestras antiguas quejas, insistamos en la necesidad inmediata de reconstruir moral y económicamente los grupos humanos que sufrieron la guerra. Y esa tarea supone, a partir de las tierras recuperadas de los antiguos sediciosos, el desarrollo de ambiciosos programas agrícolas y de servicios. A quienes se acostumbraron a que la vida es recoger coca y vender cocaína, burlar las autoridades y convivir con quienes los esclavizan, hay que ofrecerles una nueva oportunidad sobre la tierra. Y hoy, cuando con TLC o sin él, al campo colombiano se le han abierto gigantescas oportunidades, no hay excusa para posponer o pretermitir esas campañas redentoras.

Estamos construyendo mal la paz. Dios nos libre de terminar sin grandeza la guerra que estamos ganando.

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